martes, 31 de diciembre de 2024

Te tengo en mis ojos

Aprovechando la tranquilidad de estos días sin escuelas, sin niños en el internado, sin viajes y sin reuniones, con el único encargo de cuidar las celebraciones de la parroquia, puedo dedicar buenos tiempos a la lectura, tarea necesaria pero siempre pendiente durante el resto del año.
Siguiendo la recomendación de un gran y admirado amigo/hermano bilbaíno, me hice con el libro “La naturaleza que somos: una antropóloga en la luna”, escrito por Noemí Villaverde Maza. Es uno de esos libros que hay que leer despacio, volviendo, una y otra vez, sobre sus párrafos para que no se pierda ninguna de sus perlas reveladas.
Podría resaltar una infinidad de citas, referencias a diversos estudios y a otros autores, así como conclusiones espontáneas de la propia escritora (educadora social y antropóloga) que provocaron un parón reflexivo. Sin embargo, hoy quiero quedarme con un descubrimiento que no deja de rondar mi pensamiento y mi afecto.
Cuenta la autora: “La novelista nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie explicó en un potente discurso en un evento humanitario que en su idioma Igbo, la palabra amor es ifunanya y su traducción literal es ver («ifu», ver; «na», en; «anya», «ojos»). En igbo, para decir «te amo», dicen «afurum gi n’anya», que se traduce como «te tengo en mis ojos»”.
Quisiera darle contenido a esa expresión tan bonita y profunda. Te tengo en mis ojos porque te veo, te percibo y me interesas, despiertas en mí una atención especial, diferente. No se trata de un embobamiento, una enajenación momentánea o un simple encantamiento. Te veo con cariño, con la voluntad de atender tus necesidades, de celebrar tus triunfos y de llorar contigo tus tristezas. Te tengo en mis ojos porque quiero verte, porque quiero tenerte presente, porque deseo acompañar tus pasos y compartir tus sueños.
Pero hay otros significados en esa expresión. Te tengo en mis ojos porque quiero verte como tú te ves, porque quiero descubrir tu propia realidad, conocerte como tú te percibes. Te veo en tu realidad íntima, en tu autocomprensión, en tu misterio tan cercano como insondable. Nace en mí el deseo de entrar en tu ser, de comprender los entresijos de tu personalidad y de tu historia, no para juzgar, ni siquiera para tratar de explicar, sino para descubrir y contemplar en todo ello tu verdad, con sus luces y sombras, sus grandezas y miserias. Te tengo en mis ojos y voy construyendo una comunión íntima, profunda, incondicional.
Y todavía encuentro otro sentido a esas palabras que no salen de mi mente. Te tengo en mis ojos porque veo la realidad como tú la percibes, desde tus necesidades, tus aspiraciones, tus deseos y proyectos, tus sueños y esperanzas, tus miedos y dudas. Veo el mundo a través de ti, comprendiendo tus reacciones, tus afanes y sacrificios. Te tengo en mis ojos porque eres filtro que me ayuda a descubrir nuevos tonos en la realidad. Te tengo en mis ojos como una lente que multiplica mi sensibilidad y mi capacidad para observar, comprender y analizar todo lo que me rodea, aguzando y multiplicando mi limitada visión. A través de ti puedo contemplar nuevos horizontes y desentrañar desconocidos misterios. Veo con tus ojos, conozco con tu corazón y entiendo con tu misma percepción.
Decía la autora, citando a la novelista nigeriana, que “te veo en mis ojos” es la forma de decir “te amo”. Es difícil hablar del amor en el mundo actual. La cultura que se ofrece como hegemónica no cree en el amor, en el cuidado del otro, en la empatía, en el compromiso desinteresado por una causa mayor y, mucho menos, en la entrega gratuita por los demás. La sociedad del bienestar, fundamentada en el imperio del deseo, el consumo desmedido, el descarte y la obsolescencia programada, ni siquiera considera la posibilidad del amor como un “te tengo en mis ojos”.
Para el mercado, el amor es un producto más de consumo, reduciendo su profundo significado a un deseo inmediato a satisfacer, que nace de la pura atracción, arraigado en la propia insatisfacción, en el propio ego hambriento de felicidad. El deseo de amar y ser amado, vaciado ahora de significado, se satisface con experiencias sensoriales, con relaciones breves pero intensas, procurando la mayor cantidad posible de sensaciones placenteras. Y en todo ello, las otras personas, el tú, no son más que medios, objetos, meros productos de consumo.
Y no me refiero solo al amor de pareja. Toda experiencia amorosa auténtica, o que pretenda serlo, tiene que caminar, progresivamente, por esas tres dimensiones del “te tengo en mis ojos”. El amor centrado en uno mismo, en la propia felicidad y placer, en los propios deseos y necesidades, jamás podrá tener a nadie más en sus ojos, porque no hay voluntad, ni capacidad, ni espacio para alguien más.
Pienso ahora, por lo trágico, vergonzoso e inhumano, en el genocidio del pueblo palestino al que asistimos desde hace más de un año. Para quien solo sabe mirar la realidad con sus propios ojos, llenos de sí mismo, se trata de un conflicto más, como tantos otros. Estamos acostumbrados a las guerras y a la miseria que, como el reguero que sale de un glaciar, van reduciendo lentamente la humanidad. Pero sus víctimas, con rostros, historias y sueños, no están en mis ojos. Soy espectador, nada más. Mis ojos están llenos de otras cosas, de otros problemas más inmediatos, más cercanos, que afectan mi bienestar y que necesitan de mi atención y esfuerzos. ¿Y el amor? Si acaso, para los más cercanos. El resto de la humanidad es desconocida, lejana, no geográficamente, sino existencialmente. Hemos reducido nuestro campo visual según nuestras necesidades, para garantizar nuestra tranquilidad y bienestar. Hemos segmentado la humanidad y la realidad hasta el punto de crear micro sociedades, aisladas unas de otras, con relaciones de competitividad y desconfianza. Lo común no existe, excepto para garantizar o, si se puede, mejorar mi condición actual.
“Te tengo en mis ojos” es un desafío para la cultura dominante. Si pudiese tener en mis ojos al pueblo palestino y a tantos otros pueblos a quienes se les niega sistemáticamente su dignidad. Si pudiera tener en mis ojos a las personas más vulnerables de mi pequeño mundo vital. Si me atreviera a dejar entrar en mis ojos a otras personas, desconocidas, necesitadas, amenazadas. Si tuviera el valor para salir de mí mismo y me atreviese a ver la realidad de los demás, a ver en la realidad de los demás y a ver la realidad desde los ojos de los demás…

lunes, 5 de agosto de 2024

El imperio de la mentira

Con la globalización de la información y la difusión inmediata y a nivel mundial de mensajes que nos permiten las redes sociales, estamos asistiendo a un fenómeno que no es nuevo, pero que, quizás, nunca fue tan generalizado, tan presente en la realidad cotidiana y con consecuencias tan graves. Me refiero al uso sistemático de la mentira como estrategia política e ideológica.

Muchas veces se ha estudiado este uso de la mentira en el veloz crecimiento de la ideología nazi en la Alemania de Hitler, generando un movimiento social antisemita que terminó en el exterminio planificado y sistemático de millones de personas, no solo de origen judío. La famosa frase de Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del Tercer Reich: “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”, se ha convertido en la mejor o más usada estrategia de la lucha política actual.

Las mentiras difundidas en las redes, amplificadas artificial e intencionadamente por robots, han provocado ya manifestaciones, agresiones, denuncias y procesos judiciales, linchamientos, asesinatos y guerras. Algunos medios de comunicación, cada vez más en número y en influencia, viven de esas mentiras regadas en redes y programas de mensajería. Las famosas “pruebas irrefutables de posesión de armas de destrucción masiva” por parte de Irak, que nunca se encontraron ni se pudo demostrar su existencia, fueron la excusa para una de las más sangrientas guerras en tiempos recientes, desatando una cadena de conflictos armados que, después de más de 20 años, sigue azotando los países de la región.

Recientemente, vivimos en Bolivia los efectos de las mentiras lanzadas al aire sin ningún pudor y replicadas hasta la saciedad en las redes sociales. El lamentable “fraude escandaloso” de Carlos Mesa provocó un golpe de estado, planificado mucho tiempo antes, a la espera de que una mentira prendiera la mecha. El argumento del fraude electoral se ha convertido en una bandera de la ideología conservadora o, directamente, de extrema derecha en diversos países del mundo, desde los Estados Unidos, hasta Brasil, Bolivia, España o, recientemente, Venezuela. Cuando los resultados electorales no acompañan sus expectativas, siempre queda el argumento del fraude, antes incluso de cerrar la jornada electoral. Y no sé si realmente lo hubo o no, el caso es que nunca se pudo demostrar ninguno de esos supuestos fraudes cometidos. Pero la mentira ya fue lanzada y multiplicada. Con esto, no estoy defendiendo ningún gobierno, ni dando legitimidad a ningún régimen, simplemente describo el uso de la mentira como arma de lucha política y social que, siempre, termina generando violencia y muerte. En el caso venezolano, todavía estamos a la espera de que se demuestre la existencia o no del fraude electoral. Viví diez años en Venezuela, durante la conformación del movimiento bolivariano y su primera victoria electoral, jamás lo apoyé, así que no se me puede acusar de “chavista” (argumento especialmente usado por tanto chavista arrepentido y convertido en visceral enemigo), solo describo el uso de la mentira como arma política y social.

En 2019, aguijoneados por el “fraude escandaloso”, miles de personas salieron a las calles a bloquear las principales ciudades, quemando centros electorales (donde estaba la prueba de su supuesto fraude, curioso), agrediendo personas identificadas como “oficialistas”, cercando y secuestrando a familiares de cargos públicos, marchando para enfrentarse a quienes defendían al gobierno. La primera víctima mortal fue mostrada en todos los medios de comunicación y las redes bajo el titular “hordas masistas asesinan a golpes a un activista de la oposición”, lo que provocó una mayor y más violenta movilización de personas indignadas. La autopsia de la víctima fue simplemente ignorada, hasta que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en su investigación sobre los hechos, la sacó a la luz: había sido alcanzado, en la espalda, por una bazuca artesanal, lanzada por sus propios compañeros de marcha, y abandonado después debajo de un viaducto.

Ni el “espíritu olímpico” se libra del daño que las mentiras provocan. Hemos visto cómo una atleta argelina (donde está prohibido por ley el cambio de sexo) fue acusada de ser transgénero, cuando en realidad solo tiene un problema de salud. Las redes y los medios se hicieron eco de una mentira que pudo acabar con su carrera deportiva y con su dignidad.

En estos días, varias ciudades británicas se vieron sacudidas por graves disturbios contra grupos sociales racializados, tras el asesinato de varios niños a puñaladas por un menor de edad nacido en Gales. Un medio de comunicación y las redes (especialmente la red X, cuyo actual dueño es el primero en multiplicar las mentiras provenientes de la extrema derecha con sus millones de robots) denunciaron que el autor era un inmigrante. La extrema derecha salió a la calle a quemar refugios de inmigrantes, atacar mezquitas y expulsar a cualquiera que no encaje en su modelo “blanco occidental”.

Son solo alguno de los más recientes ejemplos, porque la lista, solo en las últimas décadas, sería interminable. Mentira tras mentira, va creciendo un germen de desconfianza, de rabia, de odio, de discriminación. La mentira alimenta la violencia y termina contaminando la conciencia de la gente y de la sociedad, volviéndola cada vez más acrítica, más ignorante, y más fácilmente manipulable.

En el mes de San José de Calasanz, recuerdo su voluntad de que fuésemos “Cooperadores de la verdad”, difícil tarea en los tiempos actuales. Nadie tiene la verdad, ninguna persona ni institución. Nosotros creemos que Jesús de Nazaret es la verdad sobre el ser humano y sobre Dios, pero se trata de una verdad que hay que seguir descubriendo, experimentando e internalizando. Todos estamos en un camino de constante búsqueda de la verdad. Pero eso no significa que podamos tolerar que la mentira gobierne nuestras vidas, manipule nuestras sociedades y domine el mundo con sus intereses clasistas, racistas, egoístas y autoritarios.

lunes, 10 de junio de 2024

Sombrío panorama mundial

Los recientes acontecimientos que vivimos y presenciamos, nos van situando en un escenario altamente peligroso e incierto.

Es propio del ser humano acostumbrarse a todo, incluso a las condiciones más inhumanas y a las desgracias más trágicas o escandalosas. Nos acostumbramos a la miseria global, a la hambruna que mata unas 10 personas por minuto (según cifras de organizaciones especializadas). Nos acostumbramos a las guerras, lejanas y cercanas. Nos acostumbramos a la explotación y destrucción del medio ambiente. Nos acostumbramos a la violencia en la calle, en el deporte, en las relaciones familiares, en los medios de comunicación, en las redes sociales. Nos acostumbramos a la corrupción de políticos y funcionarios públicos. Nos acostumbramos al racismo, al desprecio del diferente, a la segregación y discriminación del otro por motivos estúpidos. Nos acostumbramos al consumismo que arrasa con la naturaleza, llenándola de basura, que transforma las relaciones en puro comercio y la vida en simple producto. Nos acostumbramos al abuso del más fuerte. Nos acostumbramos a la mentira, al engaño, a la manipulación de la verdad, a los bulos y las noticias falsas. Nos acostumbramos, en definitiva, a todo lo que nos disminuye y denigra como humanos.

En Latinoamérica conocemos muy bien la violencia y la opresión por parte de las élites, usando las estructuras y órganos del estado para dominar, someter, enriquecerse y acallar a quien proteste. Han sido varios siglos de colonialismo, de explotación por las élites criollas, de dictaduras militares, de pseudodemocracias encubridoras del saqueo económico por empresas y organismos internacionales. Y a todo ello nos hemos acostumbrado también. Incluso los intentos de transformación, liderados o empujados por el pueblo (trabajadores, campesinos, indígenas…), han sucumbido o están en grave riesgo de perecer debido a la presión de las clases medias emergentes (gracias a esas mismas transformaciones) que ya no se identifican con el pueblo, sino con las clases altas, y que están dispuestas a lo que sea para no perder los escasos privilegios alcanzados (de nuevo, gracias a las transformaciones políticas y económicas).

Mientras algunos países del sur se desangran en guerras infinitas, alimentadas por intereses económicos y geopolíticos del norte, el mundo mira para otro lado. Mientras miles de personas, huyendo de conflictos armados, de la intolerancia religiosa o de la simple y asesina miseria, son abusadas, violentadas, esclavizadas en el camino para, finalmente, ahogarse en el Mediterráneo, el mundo mira para otro lado. Mientras el narcotráfico se adueña de regiones enteras, de barrios, de órganos de gobierno, sembrando su epidemia de terror, de secuestros y de muerte, el mundo mira a otro lado. Mientras crece, en los países supuestamente desarrollados, la precariedad laboral, sanitaria, educativa, que, como siempre, afecta a las clases más desprotegidas, el mundo mira para otro lado.

Y ni siquiera ahora, cuando la guerra toca la puerta de Europa y, al mismo tiempo, asistimos en vivo a un genocidio sinigual como el palestino, se nos ocurre hacer una revisión profunda de lo que está sucediendo, a fin de buscar caminos hacia una mejor humanidad. Al contrario, la respuesta es alentar la escalada armamentística y prepararse para la guerra. Las mismas potencias que defienden a Ucrania frente a la invasión rusa, arman y justifican a Israel en su invasión y exterminio palestino. Los mismos que combatieron el islamismo radical, bombardean sin descanso a la población de Yemen, enemigos históricos del islamismo radical. Quienes crearon, adiestraron y armaron a Hamas, para quebrar a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), hoy persiguen a Hamas y justifican las atrocidades de las fuerzas armadas de Israel. La supuesta liberación de países como Libia, Irak, Afganistán… por parte de la OTAN, sumió a estos países en un caos de violencia y guerra civil que no termina.

Y en el colmo del sinsentido, en medio de tan sombrío presente, los movimientos políticos más pujantes son aquellos que promueven el racismo, el liberalismo económico radical, la privatización de los derechos convirtiéndolos en privilegios, el fusilamiento de la justicia social, la violencia como medida de control social, el cierre de fronteras y la condena al olvido de los pueblos y regiones más empobrecidas y saqueadas, así como de las mayorías populares en sus respectivos países. Al mismo tiempo, asistimos incrédulos a la banalización de la política, entendida como negocio y no como servicio, aupando a líderes autoritarios, sembradores y defensores de la violencia, con rasgos de personalidad que manifiestan una clara insanidad psicológica, vividores del cuento, aprovechadores de lo público que tanto critican y persiguen, personas absolutamente indiferentes ante el sufrimiento del prójimo.

No vivimos un tiempo de esperanza, pero tampoco es momento para el derrotismo. Personalmente, y aunque muchas veces se equivoquen, sigo creyendo en las masas populares, en los excluidos, en los que no cuentan para los medios de comunicación (excepto para negociar con sus miserias), en las minorías rechazadas por la razón que sea, en quienes luchan por perpetuar sus modos tradicionales de vida, sus culturas y sus creencias. Creo en quienes resisten, en quienes no se entregan ni se venden, en quienes sueñan con un mundo más humano, en quienes madrugan cada día para conquistar un poco más de dignidad para sus familias y comunidades, en quienes siembran, por medio de la educación, un mundo nuevo en el corazón de los niños, niñas y adolescentes. Hoy más que nunca, es tiempo de reafirmarnos en nuestras opciones de justicia, paz e igualdad para toda la humanidad.

En unos días celebraremos el Willkakuti o Inti Raymi, el nuevo año andino. Que este nuevo nacimiento del sol sea el inicio de un nuevo ciclo de reconstrucción de las relaciones de fraternidad en la humanidad y de la humanidad con la naturaleza.

viernes, 29 de marzo de 2024

¡Ya están haciendo wathya!

En estas tierras vallunas, donde cada vez el clima es más cálido y seco, las lluvias del verano son no solo necesarias, sino absolutamente imprescindibles para que mi pueblo tenga alimento y vida el resto del año. En esta ocasión, las lluvias demoraron en llegar, por eso la siembra se retrasó mucho más de lo habitual. No se trata solo de un problema de calendario, sino de cuánto dura la estación lluviosa, pues una temporada corta significa la ausencia, para todo el año, de los frutos de la tierra. La papa, en todas sus variedades, tiene su ritmo, tranquilo y poco exigente, conformándose con regulares riegos para crecer y formar su escondido tesoro. El maíz es lento, por eso, quienes sembraron con las primeras lloviznas, perdieron todo con el retraso de la verdadera lluvia. Quienes desconfiaron y aguardaron, ahora tienen poderosos y altos tallos verdes que embellecen esta tierra sin bosques. Sin embargo, el choclo no aparece todavía. El trigo ya comienza a tomar altura y las espigas se agitan con los vientos de la luna llena de estos días. Los cereales no necesitan de mucha agua, cualquier humedad superficial es suficiente para que crezcan y comiencen a florecer. Solo las lluvias tardías pueden acabar con una buena cosecha, haciendo aparecer los temidos hongos.
Como decía, este año las lluvias tardaron, pero llegaron, con fuerza y con un ritmo irregular, pero suficiente para detonar la esperanza y la actividad agrícola de este pueblo. Y cuando parecía que todo iba bien, a pesar de que el durazno se tomó un año de descanso, privándonos de sus dulces frutos, la lluvia dijo adiós y desapareció. Su repentina y anticipada marcha ha puesto nervioso a todo el mundo por estos lares. Las conversaciones se centran en ello, que si el maíz se secará sin producir el codiciado choclo, que la papa está pequeña todavía, que la arveja apenas está formando sus vainas. Y junto a los lamentos solidarios con las plantas y sus frutos esperados, va surgiendo otro tema, en el intento de encontrar una causa de esta tragedia que se vislumbra.
Recientemente, se celebró a nivel nacional el censo de población. Como es costumbre, cada pueblo llama a todas las familias que, con el tiempo, se habían ido trasladando a otras ciudades y municipios, para regresar y así ayudar con la conservación de la población local, de lo que depende las cuotas presupuestarias que se asignan cada año a cada municipio.
Anzaldo, pueblito tranquilo por su poca población, especialmente cuando no hay actividad escolar, se vio inundada de residentes. Muchas familias volvieron a ocupar sus, habitualmente, casas vacías. Fue una buena noticia para el pueblo, pero, para el pobre, las alegrías son siempre efímeras y suelen venir acompañadas de peores consecuencias. Aprovechando estas reuniones familiares, en muchas casas se tuvo la brillante, en realidad pésima, idea de hacer wathya. Ya conté en este mismo blog en qué consiste esta bonita tradición de la wathya, forma ancestral y sencilla de cocinar (bajo tierra y con el calor de las piedras ardientes), que suele acompañar la actividad de la cosecha, saboreando las papas, arvejas, habas nuevas, recién extraídas de la tierra. Todavía no hay cosecha, todavía estamos a la espera de que culminen los ciclos agrarios, todavía necesitamos la lluvia, sin embargo, los urbanitas que llegaron, desconocedores de sus raíces campesinas, se adelantaron e hicieron wathya, y las lluvias se fueron.
Pudiera parecer que no hay relación entre la realización de la wathya y el fin de las lluvias, pero no es así. En esta tierra el equilibrio de la naturaleza es fundamental, así como los rituales que establecen la relación con la Pachamama. El carnaval inaugura el tiempo de la abundancia y, por eso mismo, se prolonga hasta la fiesta de la Santa Vera Cruz en los primeros días de mayo (cristianización de la fiesta de la Chakana, Cruz del Sur, y de Tatala, la divinidad de la fertilidad), agradeciendo a la Pachamama los frutos recibidos o por recibir, devolviendo la vida y la alegría que ella nos ofrece, construyendo comunidad, compartiendo la vida. Es un tiempo de celebración y espera de la cosecha, la cual se irá dando paulatinamente. Solo en las últimas semanas, cuando comience el tiempo de cavar la papa, se iniciará también el tiempo de hacer wathya, recordando a la Pachamama que ya es momento de frenar las lluvias y, agradeciendo los productos de la tierra, dejarla descansar.
Pero no, quienes dejaron su pueblo y sus comunidades para engrosar las masas de la ciudad, olvidando sus raíces y la cultura de la tierra, creen que nada importa, que se puede hacer cualquier cosa en cualquier momento. Y no es así. El universo tiene su ritmo, su equilibrio, y nosotros debemos conocerlo, respetarlo y formar parte de él. No se puede tocar la zampoña o los sikuris en esta época, porque estimulan la fertilidad de la Pachamama, necesario a partir del mes de agosto, pero no ahora. No se le puede decir a la Pachamama que comienza su descanso, cuando todavía no están formados los frutos de la tierra. No se puede hacer wathya mientras no tengamos la cosecha asegurada.
Los urbanitas se fueron después del censo, felices de haber pasado un fin de semana en la casa de sus padres, disfrutando de la rica wathya. Y aquí nos dejaron el problema, la preocupación, la angustia porque las lluvias se despidieron, debido a su ignorancia y, en el fondo, a su desprecio por lo que aquí se cree, lo que aquí es vital, lo que aquí no se cuestiona, sino que se respeta. Seguramente, muchas personas seguirán pensando que no tiene que ver una cosa con otra. No lo sé y tampoco voy a perder tiempo intentando demostrarlo. Lo que sé es que no llueve más y eso significa frustración, tristeza y, en definitiva, miseria para el resto del año. Lo que sé es que, algunos que desprecian la sabiduría ancestral de mi pueblo, hicieron lo que no debían y ahora pagamos sus consecuencias. Lo que sé es que quiero continuar profundizando en la espiritualidad de mi gente, en sus rituales y creencias, porque me ayudan a sentirme uno con este pueblo en medio de este universo tan rico.

martes, 19 de marzo de 2024

Maldita tierra santa

"Lágrimas de sangre"
(O. Guayasamín, 1973).
la bomba sin alma
la bala sin mapa
el misil sin nombre
y la tropa sin conciencia

nadie se siente responsable
todos miran para otro lado
mientras la sangre riega el suelo
y el clamor palestino
se desvanece bajo los escombros

la tierra de las promesas
de los éxodos y alianzas
del mestizaje y la esperanza
una tierra ensangrentada
una historia desgarradora
un monumento a la brutalidad humana

¿cómo es posible tanto horror
y tan vergonzoso silencio?
¿cómo no explotamos de rabia
frente a quienes alimentan semejante barbarie?

queda lejos Palestina y a la vez tan cerca
porque no hay sufrimiento extraño
ni injusticia ignorada
para quien todavía guarda
un corazón humano

lunes, 4 de marzo de 2024

El resurgir de las sotanas

Gracias a Dios, vivo en un entorno de gente humilde, campesinos quechuas que aman su tierra, la cuidan y la trabajan. El barro de estos días de lluvias, dichosa bendición, se infiltra en los pies, en las manos, bajo las uñas. Mi gente lleva su tierra incrustada en su piel. En este entorno duro, sobrio y esforzado, lo que menos importa son las banalidades que, en otros contextos y geografías, tanto cuidado merecen.
Y la Iglesia, aquí, es el pueblo, con su forma de vivir la fe cristiana al estilo andino. No huimos del barro en las abarcas, de los ponchos con olor a humo, del sombrero lleno de polvo. No podemos ni queremos entendernos diferentes. No podemos ni queremos destacar por lo superficial, ni por lo superfluo. Quien solo ve y valora lo externo, será incapaz de observar y apreciar la ancestral profundidad de este pueblo, de sus valores, de sus tradiciones, de sus temores y sus esperanzas, de sus luchas y sus sueños.
Cuando veo, sin embargo, otras realidades eclesiales, algunas muy cercanas y familiares, donde parece imprescindible destacar, mostrarse diferente, distinguirse del resto, me pregunto: ¿qué debería distinguirnos a quienes tenemos un ministerio eclesial y a quienes hemos optado por una vocación religiosa en una institución? Y no puedo evitar recordar las palabras de Jesús: «…todo lo hacen para que la gente los vea. Usan filacterias más anchas y flecos más largos que ningún otro; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes, sentarse en los lugares preferentes en las sinagogas, ser saludados en público y que la gente los llame “maestros”. Ustedes, en cambio, no se hagan llamar “maestro”» (Mt.25). Evidentemente, no creo que sea por las ropas que tengamos que distinguirnos de las demás personas. Esas distinciones externas, exageradamente visibles solo sirven para separarnos, para llamar la atención para “ser vistos” y nada más. Quizás a algunas personas les haga pensar en lo meritorio de las opciones de quien viste así. Otras, en cambio, sentirán un profundo rechazo a lo que esos ropajes representan. En cualquier caso, no hemos tomado nuestras opciones para que los demás las aplaudan, ni tiene sentido provocar rechazo en quienes, seguramente, han vivido una experiencia negativa con la Iglesia. La imagen no es importante, pero sí es determinante cuando nos empeñamos en diferenciarnos a primera vista.
Si queremos llamar la atención, ser diferentes e, incluso, ir contracorriente, que sea por actitudes y opciones realmente significativas, que sirvan para cambiar la realidad y que hagan la diferencia en este mundo de indiferentes. Llamemos la atención por nuestra sencillez, por nuestra apertura y comprensión hacia todas las personas, por nuestra cercanía con los más humildes, con los rechazados y excluidos. Que se nos conozca por la palabra verdadera, misericordiosa y acogedora. Distingámonos por nuestra irreductible promoción de la justicia y la paz, por la defensa de las víctimas de este sistema caníbal, por la sensibilidad ante toda miseria humana.
En esta tierra curtida por el sol, el viento y el frío, elevo una oración al Dios de la vida para que nos ayude a entender la profundidad de nuestra propia vida, del amor y de la felicidad, que, estoy seguro, no pasan por la distinción o la segregación, sino por la comunión fraterna con este pueblo que, como nosotros, también busca los caminos del Reino.