En octubre de 2021 publiqué una reflexión titulada “La maldición criolla”. En aquel momento vivíamos las consecuencias de un golpe de Estado contra el primer gobierno indígena de la historia de Bolivia. Fue un golpe promovido por el empresariado, altos mandos militares, terratenientes y descendientes de nazis y pronazis llegados tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial. Todos ellos, representantes de la clase criolla, acompañados por una clase media manipulada y engañada. ¡Qué rápido olvida la clase media que su bienestar actual es fruto de las políticas sociales de los gobiernos que ahora denigra y ataca! ¡Qué fácilmente renuncia a sus raíces culturales y de clase, instalándose en el discurso racista y en el odio hacia los pobres!
Hoy, en 2026, volvemos a sufrir un gobierno criollo: mentiroso, manipulador, traidor a su propia patria y generador de violencia racista y clasista.
El actual presidente, Rodrigo Paz, ganó las elecciones con un discurso reconciliador y moderado en lo económico. Prometía “capitalismo para todos”, en oposición —o al menos como superación— del socialismo de los gobiernos de Evo Morales. No hablo de los gobiernos del MAS (Movimiento al Socialismo), porque el mandato anterior, presidido por Luis Arce, aunque perteneciente al MAS, supuso una ruptura total con la tradición socialista, disparando la corrupción, la ineficacia política y el caos económico. Sin embargo, no toda la responsabilidad fue de Arce: la crisis que no supo enfrentar fue provocada, entre otras causas, por los empresarios exportadores que, en una decisión absolutamente antipatriótica, trasladaron el cobro de sus exportaciones a cuentas en el extranjero. Con ello cortaron de golpe la entrada de dólares al país, paralizaron la economía interna, generaron un dólar paralelo al oficial, dispararon los precios y hundieron en la miseria una moneda que hasta entonces había sido estable.
Rodrigo Paz se presentó como alternativa a los extremos: al socialismo evista y al neoliberalismo de Tuto Quiroga o Doria Medina. Visitó territorios y comunidades indígenas, ofreció soluciones prácticas y no ideológicas a los problemas económicos del pueblo. Compartió tiempo, preocupaciones y sueños con campesinos, mineros y obreros. En un movimiento político acertado, ofreció la vicepresidencia a Edman Lara, expolicía dado de baja por denunciar corrupción dentro de la institución. Lara, de origen humilde y quechua, representaba al pueblo sencillo y la lucha contra la corrupción que corroe las instituciones, especialmente la policía. Se convirtió en el candidato del occidente boliviano, una vez que el MAS había sido dinamitado desde dentro por criollos y k’aras (término despectivo para los blancos y criollos que desprecian a los pueblos originarios). Paz y Lara lograron ganarse el voto campesino, obrero, minero e indígena como alternativa a quienes, por décadas, aspiraron al poder para vender el país a intereses extranjeros y engrosar sus fortunas.
Sin embargo, los criollos demostraron una vez más que no son de fiar: siempre que pueden traicionan al pueblo humilde, al mismo pueblo que los llevó al gobierno. Una de las primeras decisiones del nuevo presidente fue convertir al vicepresidente en figura decorativa, quitándole todas sus funciones constitucionales. Acto seguido, eliminó la subvención a los combustibles, mientras perdonaba impuestos y deudas a empresarios y grandes fortunas. La derecha aplaudió. Luego determinó gobernar mediante decretos, denigrando las funciones de la Asamblea Legislativa Plurinacional. Se rodeó de viejos representantes de la derecha tradicional, nombró como asesor personal a Fernando Cerimedo —argentino de extrema derecha y promotor de millones de bots y trolls que inundan las redes con mentiras—, abrió las puertas a la injerencia estadounidense con el regreso de la DEA y restableció relaciones diplomáticas y comerciales con Israel. En definitiva, una traición tras otra a las organizaciones sociales.
Cuando éstas comenzaron a protestar, el presidente adoptó el discurso más repugnante de los criollos, utilizando términos racistas contra el pueblo movilizado. El mismo pueblo que lo eligió ahora era “evista”, “indio”, “narcoterrorista”, “maleante”, “parásito de prebendas y cargos”, entre otras descalificaciones.
Una de las primeras leyes aprobadas fue la de tierras, impulsada por el agronegocio del oriente boliviano, que abría las puertas a la concentración y ocupación de tierras indígenas y comunitarias. Gracias a la presión de pueblos indígenas y campesinos, la Asamblea Legislativa aprobó su abrogación. La última ley sancionada deroga la norma que regulaba el establecimiento del estado de sitio, lo que inevitablemente suena a represión y violencia.
Mientras tanto, el pueblo sigue movilizado en marchas, bloqueos y huelgas, con heridos y muertos por la represión policial. En los principales núcleos urbanos se reactivan los colectivos paramilitares que se hicieron tristemente famosos en el golpe de 2019 por sus acciones violentas de carácter racista y clasista.
Los pueblos originarios no son violentos por naturaleza, pero han soportado demasiados siglos de dominación, desprecio y humillación. Cuando por fin lograron llegar al poder y gobernar para el bien de todos, Bolivia se transformó en poco tiempo. Sin embargo, la amenaza criolla y la injerencia extranjera nunca desaparecieron. Hoy las sufrimos nuevamente, y cuando llegan al poder, los primeros en ser despreciados, excluidos y denigrados son, otra vez, los pueblos originarios.
Parece que nunca nos libraremos de la maldición criolla, pero no por ello dejaremos de trabajar para que nuestros sueños de paz, justicia e igualdad se hagan realidad.