sábado, 14 de junio de 2014

El frío del sur nos visita

Un viejo amigo ha vuelto a casa y se ha instalado entre nosotros. Se trata del invernal frío quien, poco a poco, ha ido espantando las suaves temperaturas, adueñándose sin misericordia de amaneceres, atardeceres y noches. Empujado por los vientos del sur, arrastrándose por las cimas nevadas, acariciando las heladas rocas andinas, el frío va llegando, lentamente, sin pausa. Y el paisaje se va transformando en una metamorfosis cíclica y necesaria. El verde veraniego, los campos floridos, la exuberancia vegetal van cediendo frente al empuje del ocre, desnudando troncos y ramas, descubriendo piedras y campos, sacando a la superficie los fondos de los ríos que, como venas abiertas y secas, atraviesan los campos con el agua sólo en la memoria.

El invierno nos va dominando, paralizando, arrugando, obligándonos a ocultar nuestra vida abajo de chompas, ch’ullu, ponchos, mantas y chalinas. La natural timidez andina se refuerza en estas fechas con las sucesivas capas de lana, en la tenaz tentativa de alejar el frío. 

El viento sur transforma climas, cambia paisajes, altera ritmos de vida, adorna de blanco las montañas, amenaza especies y cultivos, azota pueblos. En estas alturas australes se percibe el poder del viento sur con toda su crudeza y pasión. 

Y mientras me arropo y abrigo, animado con el pijcho de coca, comienzo a divagar sobre estos fenómenos. Hace mucho tiempo que todas las verdades, todos los saberes y todas las leyes nos han ido llegando del norte de este mundo asimétrico. Culturas, ejércitos, religiones, paradigmas… todo lo que se consideraba válido, moderno, civilizado, provenía del norte. Nada de lo que forma parte de la vida humana en el sur se juzgaba respetable. Todo en el sur debía ser superado, modernizado, purificado, en definitiva, occidentalizado.

Ahora, sintiendo el frío sur en mi rostro, pienso: ¿No habrá llegado ya el tiempo en que el sur del mundo (y también el sur del norte) como frío vendaval se levante, azote y haga temblar a esta humanidad adormecida? ¿Hasta cuándo habrá que seguir aguantando tanta humillación, desprecio y olvido, por parte de quienes siempre se creyeron el ombligo del mundo? 

En este Sur geográfico, sociológico y humano, está surgiendo un nuevo horizonte, comunitario, solidario, digno, universal, superando los modelos únicos generadores de exclusión, de miseria, de muerte. En este Sur ignorado hay un pueblo que sueña con una vida digna y ecológica. Un pueblo que trabaja y produce para vivir, no como esos otros que viven para trabajar y poder consumir lo que innecesariamente se produce. En este Sur explotado hay una esperanza sembrada en cada hijo/a, muchas veces reventada a golpes machistas, pero siempre creciendo en medio de la carencia. 

En este Sur subversivo hay un frío que lo invade todo, invitándonos al rebujo hogareño, compartiendo la sagrada coca, soñado con nuevos amaneceres y desde la cálida sencillez campesina, agradecer por cada fruto obtenido y rogar por cada semilla depositada con esfuerzo en el seno de la Pachamama. 

El frío del sur nos visita pero no nos vence. Hoy más que nunca, el chicote invernal nos espolea para que mantengamos viva la esperanza, reafirmando nuestras convicciones y construyendo con orgullo nuestro futuro.

jueves, 22 de mayo de 2014

Los dorados campos otoñales

 El sol ha estampado su rostro en el paisaje anzaldino. Cuando el verde comienza a perder su hegemonía, cediendo terreno frente al ocre invernal, los campos de trigo alcanzan su apogeo, engalanando el paisaje andino, mostrando en el esplendor de su brillo el cálido rostro de Tata Inti (Padre Sol).

Pasó ya la cosecha de la papa, el maíz también sucumbe al golpe de la mano campesina, surtiendo de choclo las despensas familiares y ofreciendo sus cañas para sustentar el ganado en la escasez invernal. Tunas, arvejas, habas, todas ya abandonaron sus plantas madres, recompensando el esfuerzo de quien sembró esperanzado. Ahora es el tiempo del trigo, alimento típico y básico del pueblo anzaldino. Las cargadas espigas se elevan vanidosas sobre hierbas y arbustos, dejándose mecer por el cada vez más frío viento. En su danza colectiva, se acuestan y levantan, se balancean y encrespan, se abrazan y empujan, un pequeño mar áureo agitándose armoniosamente en medio del polvo y las piedras.

Sin embargo, su presente dorado tiene los días contados. La mano que sembró y cuidó se prepara ya para la siega. Las hoces comienzan a despertar del letargo, afilando sus dientes para la dura jornada que se aproxima. Su esplendor es efímero, sus días de grandeza pasajeros, pero suficientes para alegrar la vista del viajero. 

El trigo es un maravilloso aliado del pueblo de la tierra. No es exigente con el suelo ni con el clima, no precisa de grandes cuidados, sabe retribuir con abundancia los esfuerzos invertidos. Humilde en su opulenta apariencia, se ofrece por entero en cada espiga, en cada grano. Y aunque la cosecha es dura, la recompensa siempre vale la pena. 

En esta ocasión no consigo asemejar el trigo a nuestra misión educativa, más bien al contrario. En la educación son necesarios los esfuerzos, los cuidados, prestando atención a cada detalle, al suelo en el que se educa, al clima que se crea, al cariño y la exigencia, al riego constante y a la vigilia protectora. Los escasos brillos que a veces se producen, no deben cegar los ojos educadores, pues es en la sombra y en la monotonía donde los corazones se transforman y los afectos se cimientan. Y si la expectativa es recoger una copiosa cosecha, recompensando desvelos y cansancios, la frustración será grande y el fracaso cierto. Quien se deja, cada día, la piel educando sabe que no existen cosechas, ni frutos, ni espigas, ni dorados galardones. La educación se alimenta a sí misma con cada encuentro, cada sonrisa, cada conflicto superado, cada conquista realizada, cada fracaso analizado, cada sueño vislumbrado. En educación se debe enfrentar la tentación de quedar fascinado por el brillo de la masa, por la danza uniforme de uniformados anónimos, por el dorado resplandor de la homogeneidad sincronizada. Para el educador de corazón, cada ser es único, cada espiga es un mundo, cada grano un misterio. ¡Que cada ser construya su propia danza, inspirado por lo que el corazón le dicta, sin entorpecer la danza de los otros, sin aprovecharse del esfuerzo ajeno, contribuyendo de forma única al tesoro de la complejidad, respetando la diferencia y procurando la armonía plural y diversa!

Los campos de trigo resplandecen en el horizonte, pero su pompa se extinguirá rápidamente. Mientras tanto, en la opaca y desapercibida cotidianidad, continuaremos educando, alimentando sueños, alentando esfuerzos, despertando conciencias, transformando vidas. 

El sol grabó su rostro en el paisaje anzaldino, temporalmente. Su fuego, sin embargo, lo sembró para siempre en el corazón humano.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Educando a todo vapor

Este año está siendo frenético. Infinidad de proyectos nuevos y ambiciosos. Una ley de educación en pleno proceso de implantación. Una serie de propuestas pedagógicas innovadoras. Un colegio semiderruido aguardando ansioso la nueva construcción. Un grupo significativo de nuevos/as educadores, joven e ilusionado. Una comunidad escolapia pequeña pero con una vida intensa compartida y disfrutada. Más internos/as que nunca, formando una familia llena de vida y, como no, también de conflictos que resolver y de necesidades que atender. Un grupo de educadores/as voluntarios/as en el internado colaborando, acompañando, compartiendo nuestros sueños y trabajos. Demasiadas cosas que terminaron por alejar, definitivamente, la tranquilidad…

Y en medio de este ritmo acelerado, la agradable sensación de estar reinventando la educación. En este mundo en permanente y acelerada transformación, la escuela debería ser la institución más innovadora, viviendo en constante evolución, inventando y reajustando constantemente sus propuestas y actividades, reflexionando de forma crítica y creativa su papel en el mundo actual y sus ofertas concretas para estudiantes y familias. El mundo se transforma aceleradamente y la escuela, sin embargo, se arrastra pesada, lenta, como un dinosaurio a punto de expirar. Es imposible que una escuela esclerotizada pueda ser agente de transformación de las personas y de la sociedad. 

Cada modelo educativo existente tiene sus fundamentos antropológicos, filosóficos, sociales, económicos, etc. Al mismo tiempo, cada uno tiene sus objetivos, sus resultados esperados, sus consecuencias. Sería ingenuo (o idiota) pensar que, juntando palitos de fósforos podremos construir una casa para habitar en ella. Sin embargo, una y otra vez, hacemos eso en el campo de la educación. Usamos términos y escribimos documentos con bonitas intenciones y mejores formulaciones, pero la práctica cotidiana continúa siendo la misma de siempre o, en el peor de los casos, radicalmente contraria a la teoría utilizada. Hablamos de educación "holística", ahora está de moda, pero ¿sabemos realmente lo que eso significa? Nuestras disciplinas académicas continúan siendo áreas independientes, cerradas sobre sí mismas, desconectadas de la vida, abstractas y nada significativas para el sentir y el pensar de los/as estudiantes. Usamos el término “integral” para definir nuestra propuesta educativa, pero a la hora de la verdad, lo que realmente nos interesa es el desempeño individual en pruebas estandarizadas, para las cuales se debe entrenar y dominar la técnica de la prueba, vomitando una serie de contenidos intelectuales engullidos anteriormente, sin reflexión, sin crítica, sin elaboración propia. Poco nos interesa el afecto, los significados que cada persona va dando a lo que vive, sus sueños, sus miedos… Nada de eso es importante para acceder a la universidad, para convertirse en un profesional, para garantizar el futuro (solamente desde el punto de vista laboral y económico, como si sólo en eso consistiese la vida). Repetimos expresiones sin contenido, como la tan bonita “educación personalizada”, pero nuestra práctica reduce las personas a números, a resultados cuantitativos, a comparaciones y clasificaciones unidireccionales (porque sólo tienen en cuenta un único criterio para evaluar a personas diferentes, multifacéticas, con capacidades diversas, con destrezas únicas). 

Al final, los rankings de “calidad educativa” son más importantes que la calidad y calidez de nuestras relaciones, de nuestras valoraciones de cada persona, del respeto y cuidado a lo que es propio de cada ser. Enseñamos a repetir, a competir, a examinar, a conquistar notas, pero nos olvidamos de enseñar a pensar, a aprender, a crear, a relacionarse con afecto y efecto humanizador, a quererse y cuidarse mutuamente, a sentir compasión y a ser solidarios. ¿Qué calidad estamos buscando? Desgraciadamente nos interesa más lo que los/as estudiantes dejan a la escuela (sus puntuaciones en pruebas comparativas con otras escuelas), que lo que nosotros dejamos en la vida de cada estudiante. Los/as alumnos/as dejaron de ser un fin en si mismo para convertirse en un medio a servicio del nombre, la fama, el éxito de la institución educativa.

“Holístico” significa, entre otras cosas, que no hay nada más sagrado ni más valioso que la conciencia y el corazón de cada persona, porque desde ahí nos conectamos con todo lo que existe, encontrando nuestro lugar propio, desde donde mejor podremos contribuir con la Vida de todo y de todos/as. “Integral” significa que afectamos todo, todas las dimensiones de la persona, sabiendo que el verdadero motor existencial es el “sentipensar” armónico, coherente, unificado. “Personalizado” significa que cada ser es único, con un mundo por explorar y un tesoro por descubrir, y por eso la educación se adapta a las necesidades, capacidades, posibilidades y potencialidades de cada ser. Y, por último, “educación transformadora” significa que por medio de la educación estamos transformando el presente, a través de la vida de quienes hoy ya son alguien, haciéndoles experimentar los valores, las actitudes y las relaciones que queremos sean la brújula de nuestra sociedad presente y futura. No transformaremos nada ni nadie haciendo lo que todos hacen, repitiendo modelos comprobadamente fracasados (porque sólo sirven para aumentar las diferencias, las distancias entre personas y pueblos, la exclusión y la violencia).

Podemos seguir usando esos términos y otros parecidos en nuestros documentos y discursos, pero no nos engañemos. Preguntémonos y respondamos con crítica sinceridad: ¿Qué propuestas nuevas hemos implantado en nuestras instituciones educativas y hacia dónde van orientadas, hacia un mayor protagonismo de los/as estudiantes, una mayor creatividad, una creciente autonomía en su proceso de crecimiento personal, unas relaciones más solidarias y fraternas, o hacia un camino radicalmente opuesto? ¿A qué damos más importancia, a la imagen pública de nuestra institución en la dura competencia comercial de los rankings de educación, o la felicidad de quienes conforman nuestra comunidad educativa; al recto y estricto cumplimiento de funciones y normativas cosificadoras o al amor real en cada encuentro, en cada reunión, en cada sonrisa de buenos días?

El ritmo frenético de este año en nuestra misión escolapia en Anzaldo me ha hecho desvariar, llevándome por caminos inesperados y por reflexiones imprevistas. Sin embargo, todas ellas habitan en mi corazón desde hace mucho tiempo, gestándose y fortaleciéndose a partir de las experiencias vividas en esta vocación y profesión educadora. Hoy, finalmente, brotaron espontánea y apasionadamente. 

¡Que no se detenga este ritmo frenético de inventar, crear y recrear, probar y corregir, analizar y responder, para que nuestra propuesta educativa no sea una más entre muchas iguales, sin novedad, sin alternativa, sin futuro! ¡Ay del día en que sienta que trabajar en un colegio es sólo repetir acciones, cumplir metas y elevar resultados de pruebas! Ese día habré matado el corazón de la educación.

jueves, 10 de abril de 2014

Mayoría de edad

En abril de 2013 inicié una nueva aventura personal por tierras bolivianas. Un año ha pasado desde entonces. Sin embargo, mis pasos en suelo latinoamericano comenzaron allá por el año 1993, cuando llegué a Venezuela. Desde entonces, exceptuando un breve paréntesis de dos años enviado de vuelta al País Vasco, son ya dieciocho años de vida en esta Patria Grande de Abya-Yala. 

En este mes cumplo una nueva mayoría de edad, ahora como latinoamericano, sin renunciar a mi herencia vasca y europea, pero sintiendo una profunda alegría y mucho orgullo por esta nueva identidad cultural e histórica que me ha ido configurando en estos dieciocho años.

Ya desde mi adolescencia Latinoamérica ha tenido una profunda significación en mi vida y vocación. Recuerdo con cariño mis primeras incursiones como estudiante en la realidad y cultura latinoamericana. La Revolución Sandinista en Nicaragua espantando las sombras del imperio; el conflicto salvadoreño y la inigualable figura de Monseñor Romero; el testimonio de fe, poético y militante de Dom Pedro Casaldáliga en un Brasil indígena y floreciente; las relecturas críticas de la historia latinoamericana en la incomparable pluma de Galeano; los versos proféticos y apasionados de Neruda, Benedetti o César Vallejo; la música, tan diversa y tan rica, folclórica y política, con nombres gravados en mi memoria como Víctor Jara, Inti Illimani, Quilapayún, Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui, Yolocamba Ita, Alí Primera, Silvio Rodríguez y tantos otros; la teología de la liberación, nueva, fresca, atrevida, situada junto a los inocentes sacrificados por el sistema, descubriéndome la imagen de un Jesús de Nazaret radicalmente humano y radicalmente hermano, hijo de un Dios Padre y Madre comprometido en nuestras luchas por la justicia, la paz y la libertad. Cuanto más recuerdo, más descubro lo presente que Latinoamérica ha estado en mi vida, mucho antes incluso de llegar físicamente a esta tierra.

Con veintitrés años y apenas despertando a la vida adulta, quise realizar mis estudios de teología en Venezuela y así lo solicité. Al final fueron diez años seguidos en aquella maravillosa y complicada tierra, en los que aprendí a ser sacerdote y educador, descubriendo a un Dios íntimo y radicalmente solidario desde su silenciosa compasión, transformándome personalmente a través del conflicto con una realidad dura y exigente, con una gente extraordinaria que desmontó mis armaduras y alumbró mi corazón al amor fraterno y al llanto solidario e impotente. 

Después de un breve periodo de dos años en suelo europeo, con un pequeño oasis de dos meses en Bolivia, de nuevo el sueño latinoamericano acechaba mi corazón. Esta vez la noticia desarmó mis expectativas. Un nuevo horizonte surgió en mi vida y un nombre que siempre provocó en mí respeto y admiración: Brasil. Con muchos miedos y sin saber una palabra de portugués inicié esta nueva aventura. De nuevo el carácter acogedor, cálido y afectuoso del pueblo espantó mis temores y me abrió a una nueva vida. El cambio de idioma fue más importante de lo que pensaba, pues exigía realmente renacer a una nueva cultura, a una nueva forma de entender y expresar la vida. Una misión bonita, amistades profundas, experiencias significativas (como las vividas en mi querido Alto Solimões, en pleno corazón amazónico) y, sobre todo, una fe viva, compartida, celebrada, bailada (como en las tan recordadas misas afro)… Es una historia demasiado reciente todavía, que continúa palpitando en mi corazón y en mi memoria. 

Y en medio de proyectos por iniciar y de otros por concluir, de flores por abrir, de frutos por madurar, de nuevo la noticia de un cambio, de un envío. Como las otras veces, el sentimiento de desarraigo, el miedo a tener que recomenzar la vida, el temor a la distancia y al tiempo que irremediablemente hieren las amistades y los afectos, el corazón se volvía un huracán. Nuevos paisajes se abrían en el mapa de mi vida, ahora con una realidad conocida y profundamente estimada para mí: Bolivia. Fue en 2004 cuando pisé por primera vez esta tierra altiplánica y fui cautivado por ella. Aunque consideraba que no era el mejor momento para iniciar esa nueva aventura, no podía negarme por el afecto y el significado que Bolivia tenía para mí. Hace un año llegué a estas alturas con el desafío de impulsar la misión escolapia en Anzaldo, desarrollando nuestro trabajo educativo en el colegio y el internado, junto con la Parroquia, las instituciones y organizaciones que aquí existen. 

Ahora celebro mi mayoría de edad latinoamericana en medio de un torbellino de proyectos, novedades y desafíos que están reencantando mi vocación escolapia y educadora, contando con el apoyo de las autoridades municipales y educativas, con la colaboración plena de mis hermanos/as de comunidad (una comunidad de la Fraternidad Escolapia formada por religiosos y laicos/as) y con la vida que transmiten a diario los más de 200 niños y niñas del internado.

Dieciocho años en Latinoamérica y ojalá que sean muchos más. Doy gracias a Dios por cada uno, por cada persona, por cada encuentro, por cada abrazo y por tanta transformación vivida a partir de todo ello.

martes, 25 de marzo de 2014

Pasó el carnaval

Foto: Alex Sousa
No creo exagerar si afirmo que en el mundo andino no existe otra fiesta tan querida, tan esperada y tan compartida como el Carnaval. Siendo una fiesta nacida con la llegada e imposición del catolicismo, el carácter “informal” y de contestación que poseía frente a la formalidad y las obligaciones católicas (todavía más fuertes en el tiempo de la cuaresma que el carnaval anticipa), caló rápidamente en los diversos pueblos que, sin desearlo, sufrían la prohibición y persecución de sus más profundas vivencias espirituales. El carnaval se transformó rápidamente en la fiesta de la resistencia, en el “desmadre” antes de la mortaja cuaresmal, en la expresión libre y sin censura de rabias y reivindicaciones. En el carnaval el pueblo era, nuevamente y por poco tiempo, dueño de sus prácticas, de sus celebraciones, de sus ritos, de sus vivencias. La música y las coplas irónicas suplantaban el sonido cruel y permanente del chicote, de la humillación, de la prohibición, de la condena. En esta fiesta, como en ninguna otra, la alegría se adueña del pueblo y suplanta, por unos días, la cotidianidad dura y dolorosa.

Además las fechas de carnaval, aunque cambiantes cada año, suelen coincidir con el tiempo de la cosecha de los productos más importantes de la alimentación, del sustento básico para todo el año. Es el tiempo de cavar papa, recoger choclo, cosechar arvejas y habas, duraznos y tunas. El carnaval es la expresión popular de la abundancia, de la dicha, de la prosperidad. Es el momento de agradecer a Pachamama por sus regalos, recompensando su benignidad con ritos ancestrales como la Q’uwa, cuando los hijos e hijas de la tierra, después de reconocer y perdonarse sus errores y faltas, agradecen a quien los sustenta con la sagrada coca, ofreciendo con ella sus mejores deseos y sus oraciones, todo ello purificado por el fuego, perfumado por el incienso y bendecido por la chicha.
Foto: Alex Sousa

En el carnaval se exagera todavía más la hospitalidad de este pueblo. Armados de acordeón, charango (cuando lo hay) y serpentinas, los diversos grupos van visitando las casas vecinas, cantando sus coplas y contagiando la alegría. La casa que los recibe les ofrece abundante chicha, la mejor del año, y comida para que continúen con ánimo la fiesta. Todos se visitan, todos comparten el canto, la danza, el alimento y la bebida. Todos se unen como una gran familia para celebrar la vida y fortalecer los lazos comunitarios.

Pero ya pasó el carnaval y volvió el tiempo de las rutinas. ¿Y la cuaresma? Bueno, a su modo también llegó, pero sin la fuerza y significación que a la institución eclesial le gustaría. Este pueblo no necesita de tiempos especiales para recordar la propia debilidad, la propia fragilidad. Vive ese sentimiento y esa convicción a diario y por eso, también diariamente, se encomienda a Tata Inti y a Pachamama para que aseguren sus pasos y hagan fructificar sus esfuerzos, para que lo ayuden a ofrecer lo mejor de sí mismo y lo sustenten cuando el desánimo lo acorrale.

El carnaval pasó y la vida vuelve a sus cauces normales, cotidianos, allí donde se libra la verdadera y más profunda danza de la existencia. Que la alegría compartida en carnaval mantenga firme el espíritu combativo de este pueblo. Que Pachamama nos continúe bendiciendo con abundantes cosechas y con un corazón solidario, hasta que la Vida triunfe definitivamente, cuando la cruz florida reine sobre las sombras de este mundo y se instaure el tiempo de gracia, de dicha y de armonía universal.

viernes, 28 de febrero de 2014

La vida lo penetra todo

Poco a poco voy descubriendo algunas claves antropológicas, espirituales y culturales que me ayudan a entender mejor y amar más esta tierra y este pueblo. Observaciones, diálogos y algunas lecturas acertadas, me están ayudando a navegar por las venas más profundas de este universo andino. Algunas de estas experiencias me están obligando a cambiar las claves de comprensión de la realidad. Para un occidental como yo, aunque adoptado hace bastantes años por esta tierra de Abya Yala (Patria Grande), es complicado cambiar la forma de ver y de entender el mundo, la vida, la naturaleza, todo. 

Hace poco tiempo me inicié en el apasionante mundo de la física cuántica, descubriendo que el universo no es ni como me lo enseñaron ni como lo imaginaba. Los nuevos paradigmas, nacidos de los últimos descubrimientos científicos, nos proponen una realidad dinámica, viva, en constante transformación y en permanente intercambio entre todo lo existente. Un flujo inimaginable de partículas, energía, información y átomos atraviesa toda la realidad, colocándonos en comunicación, creando una comunión universal, una identidad común de todos los seres. Esta percepción holística ha abierto mi conciencia a una nueva comprensión de mí mismo dentro de un universo del cual formo parte y el cual forma parte de mí. 

En el poco tiempo que llevo aquí, me ha sorprendido descubrir que todas estas “novedades” no son sino comprobaciones y formulaciones de lo que este pueblo vive desde hace milenios. La cosmovisión andina tiene como punto de partida la constatación de la unidad existencial y vital de todo lo que existe. La vida penetra y atraviesa toda la realidad y todos los seres que en ella existen, no sólo en el tiempo presente, sino en todos los tiempos, desde una concepción histórica de continuidad entre el pasado, el presente y el futuro. Esa vida está presente en el universo y en cada pequeña realidad donde ese universo se hace concreto. Cada ser que existe, sea animado o no, es una pequeña representación o concreción de todo el universo. Ese raudal de vida que penetra y atraviesa todo, nos mantiene en una comunión constante con todos los demás seres y objetos, con todos los tiempos y todas las dimensiones. Esa energía vital se empeña, una y otra vez, en conservar y restituir, cuando es alterado, el orden o equilibrio de todo lo que existe. Cuando este equilibrio es respetado y la vida cuidada en todas sus expresiones y manifestaciones, el universo y cada concreción suya encuentra la armonía y el sentido pleno de su existencia.

En esta realidad interconectada, todos los elementos son dependientes y complementarios, en una relación de reciprocidad: “saber criar la vida y saber dejarse criar por la vida”. Nada existe de forma aislada o independiente del resto. Nada ni nadie es indiferente frente al resto de la realidad. Este universo (ayllu) está conformado por diversas dimensiones y comunidades, interrelacionadas e intercomunicadas. Existen tres comunidades fundamentales: la de las divinidades, la de la naturaleza silvestre y la humana. Cada una de ellas está abierta a las otras dos, en una mutua relación de cariño, respeto y cuidado, en un equilibrio e intercambio recíproco. Lo mismo ocurre entre todos los seres al interior de cada una de esas comunidades. Este equilibrio e intercambio recíproco se establece o firma mediante los diversos rituales y celebraciones, tan importantes en la vida de este pueblo. 

En la cosmovisión andina es fundamental el concepto de Pacha, palabra primordial de los tiempos antiguos, orientación presente y proyección del futuro. Pacha es toda la existencia universal: mundo, espacio, tiempo, tierra, deidad, señor, piedra, edad, guerrero, creador, pacificador, número, viento, terremoto, mar, el que destruye, el que reforma, el que mueve y anima todo. Pacha es el misterio de la vida, el espíritu generador universal, la totalidad existencial y su potencialidad creadora. Pacha es la memoria y presencia de nuestros antepasados, de las divinidades que nos acompañan y protegen desde su morada en las montañas andinas. Pacha es nuestro mundo y todos los mundos, lo antiguo y lo nuevo a la vez. Sólo en el Pacha el ser y estar alcanza su plenitud, en la relación armónica y recíproca con todo lo que existe. El Pacha es tiempo, materia, espíritu y experiencia transcendental. Todo en el Pacha tiene su papel, su función y su destino existencial. En el Pacha habitan Pachakamaq (el Padre cuidador, amoroso y gratuito, quien ordena, equilibra y armoniza del universo) y Pachamama (la Madre que genera, recría y sustenta la vida de todos los seres). 

Los pueblos andinos viven esa relación profunda y afectiva con el Pacha de forma cotidiana. Conversan con toda la realidad, con todos los seres, escuchan e interpretan las expresiones de cada ser. No necesitan de momentos especiales ni lugares sagrados para entrar en contacto con el Dios de la Vida, con el Padre y la Madre del universo, porque habitan, trabajan, sufren y cantan juntos, siempre. La naturaleza es su templo y su vida una constante liturgia. 

La vida atraviesa toda la realidad, lo penetra todo, porque la realidad es Vida. El desafío consiste en conectar nuestro corazón al corazón del Pacha y al corazón de cada ser que existe, del universo todo y, desde ahí, dialogar para descubrir la verdadera sabiduría de la vida, el saber para el Buen Vivir (Sumak Kawsay). 

Si sintiésemos en lo profundo de nuestro ser esa comunión profunda con todos los seres, con todos los tiempos y con todas las realidades, cuidaríamos mucho más de todo y de todos. Si desarrollásemos esa relación respetuosa y recíproca con todo lo existente, descubriríamos nuestro verdadero lugar y aprenderíamos a ofrecer lo mejor de nosotros para beneficio de todos y de todo. 

Tenemos mucho que aprender de estos pueblos.

viernes, 21 de febrero de 2014

¿Quién dijo que la cultura no tiene olor?

Pido permiso al grupo argentino Arbolito para usar las palabras de una canción suya para titular y vertebrar esta reflexión.

Muchas veces nos han presentado la cultura como neutral, aséptica, universal. Ciertos modelos culturales se han convertido y autonombrado “paradigmas” de la cultura más elevada y desarrollada. Y desde esos mismos modelos se ha juzgado y descalificado la cultura ancestral, popular, indígena, etc. En un mundo tan diverso como el que tenemos, es absurdo que nos creamos todavía que pueda existir un único criterio para definir y clasificar algo tan variado y dinámico como es la cultura. 

Mirando la historia con cierto sentido crítico descubrimos rápidamente que también en lo relativo a la cultura, quien domina, somete y vence, acaba imponiendo su paradigma y expresiones culturales como las únicas válidas. No sólo eso, el desarrollo cultural del poderoso se ha financiado siempre con la sangre, el sufrimiento y el folklore del sometido, porque como bien dice E. Galeano: “Los nadies (…) Que no practican cultura, sino folklore”. La vida indígena cambiada por oro y plata sufragó la naciente banca europea, siempre floreciente en medio de las guerras. La sangre esclava africana pagó la industrialización anglosajona. La agricultura devastadora y saqueadora alimentó una Europa famélica y enferma. La tortura y las desapariciones en tiempos de dictadores sostuvieron las multinacionales que los financiaban. Teatros, óperas, orquestas, cuadros y museos, edificios y palacios, industrias y tecnología, democracias y bienestar… todo lo que ha sustentado y caracterizado a la civilización occidental, se nutre por unas raíces sumergidas en la sangre, la miseria, la explotación y el silencio forzoso de millones y millones de anónimos.

Respondiendo a la pregunta que nos hace Arbolito, realmente la cultura tiene olor. La que nos han inyectado por todas partes huele a muerte, a abuso, a despilfarro, a exclusión, a indiferencia, a amargura, a privilegio, a depresión. Huele a carrera frenética sin rumbo ni razón. La cultura occidental, paradigma de desarrollo y civilización, transmite un aroma fétido de engaño y manipulación. Desde ella nos han mirado a los demás, a los diferentes, a las minorías irreductibles y a las masas explotadas como excepciones, como atrasados, como ejemplo de la humanidad defectuosa que debe ser extirpada.

La cultura del pueblo, del Sur, del excluido huele diferente. Los limpios y perfumados occidentales nos dirán que huelen mal, porque no saben percibir más allá de la superficie, no tienen ojos ni nariz para descubrir el corazón de la realidad. La cultura de este pueblo huele a sacrificio, a esfuerzo, a sudor derramado para construir una vida digna a pesar de los de siempre. Esta cultura huele a sobriedad, a trabajo comunitario y alimento compartido. Huele a alegría descontrolada cuando es fiesta y a solidaridad silenciosa cuando la muerte lo visita. Huele a sencillez y humildad, a inocencia ingenua y a rebeldía contenida. Huele a vida y huele a muerte. Huele al humo de la cocina de leña, donde siempre hay un plato listo para el cansado visitante, sea familiar o extraño. Huele al ser humano auténtico, en sus virtudes y en sus defectos, en sus certezas y en sus miedos. Huele a un mundo donde el pájaro, la piedra, la montaña y el río son de la misma familia. Huele a un universo hermano, donde todos los seres son necesarios y las generaciones presentes comparten el mismo espacio con las pasadas y las futuras.

La cultura tiene olor, ciertamente. Sólo espero que con la educación que ofrecemos no estemos extinguiendo los buenos olores de este pueblo y de su rica cultura, imponiendo ingenuamente los olores inmundos de la cultura dominante.

jueves, 13 de febrero de 2014

Se están ahogando nuestros sueños

Sinceramente, creo que exageramos nuestros pedidos para que viniese la lluvia. Tanto así que las fuerzas de la naturaleza nos han respondido con más de tres semanas de intensas y constantes lluvias, colocando en riesgo la vida y el futuro de muchas familias, comunidades y regiones enteras.

Hace más de veinte años que no llovía como lo hace ahora. Pareciese que toda el agua de Amazonas se hubiese puesto de acuerdo para ascender la cordillera, caminar por sus cumbres cubriéndolas con un blanco manto y llegar hasta estas tierras bolivianas, descargando aquí su equipaje. El Valle Alto y Bajo de Cochabamba, junto a su región tropical, los Departamentos del Beni, Pando y Santa Cruz, así como el norte de La Paz están transformándose en el tan soñado mar boliviano, sólo que con agua dulce y embarrada. Ríos que durante el año permanecen ocultos, arrastrándose sigilosamente por las profundidades de la tierra, afloran ahora con una fuerza irrefrenable, arrasando lo que encuentran a su paso, provocando terribles derrumbes, arrollando animales, personas, casas… El agua ha querido adueñarse de esta tierra y, de momento, lo está consiguiendo. 

La papa crecida, el trigo todavía wawa (bebé), el choclo (maíz) cuando estaba casi a punto, han tenido que aprender a sobrevivir en medio de una profunda crisis de identidad al descubrirse cada día en su nueva realidad de plantas acuáticas. El sueño de la llegada, a tiempo y en la cantidad precisa, de las lluvias se ha convertido ahora en una pesadilla que parece no querer terminar nunca. El agua anega los campos y ahoga las papas. En el llano, ahora transformado en un gigantesco pantano, los animales intentan sobrevivir agrupándose en las zonas más elevadas. En los valles dominan los ríos, incontrolables, impetuosos, arrancando de la roca todo lo que la cubría, arrastrando en su corriente todo lo que parecía inmóvil. 

Durante muchos milenios la humanidad ha intentado, con todos los medios posibles, dominar la tierra, la naturaleza, las condiciones ambientales. Sin embargo, la Pachamama tiene sus propias leyes que no acabamos de comprender. A lo largo de todo ese mismo tiempo, la naturaleza nos ha demostrado una y otra vez que no se deja dominar, que su destino está unido al nuestro, que cuando la destruimos, nos suicidamos. Ella no quiere ser sometida, sino respetada. No se dejará controlar nunca, porque su vida es la nuestra, su futuro es nuestro presente, su sufrimiento es nuestro dolor. La Pachamama sufre silenciosa, pero su afrenta no se olvida ni perdona. Antes o después su lamento se transforma en rebeldía, no para castigarnos, sino para que entendamos de una vez por todas, para que descubramos cuál es nuestro lugar y nuestro papel en este universo de vida y muerte, en esta tierra fértil pero delicada. Pachamama quiere vivir una historia de amor con todos sus hijos e hijas, por eso nunca permitirá que uno de ellos, la humanidad, someta, torture y extermine a sus propios hermanos y hermanas. 

Unos meses atrás fueron sembrados en esta tierra dura muchos sueños y esperanzas, el futuro de un pueblo, el alimento de una raza acostumbrada a sufrir. Hoy el agua ahoga sin compasión sus ahorros, sus proyectos, su sustento… Pero este es un pueblo que no se rinde nunca. En sus oraciones ruega a Pachamama que cese en su escarmiento, que nos dé una nueva oportunidad para construir un mañana mejor. Pero no todo se queda en plegarias. Este pueblo sabe que la palabra debe ir acompañada de la mano, que los pies deben encaminar los ruegos y el corazón debe alimentar los sueños. Este pueblo se levantará de nuevo, piqueta y azadón en mano, para acariciar la tierra, para moldear su torso duro, sabiendo que Pachamama es agradecida con quien la trata con cariño. Este pueblo se repondrá de las dificultades, como siempre ha hecho, y enarbolando su wiphala multicolor, donde están representadas todas las razas, todas las regiones, todas las dimensiones y todos los tiempos, gritará al mundo que somos de la tierra, que nos debemos a ella, que con ella debemos vivir o con ella moriremos. 

Se están ahogando nuestros sueños con tanta lluvia, pero nunca conseguirá extinguir, ni ella ni nadie, la esperanza incrustada en las manos callosas, en los pies curtidos, en el rostro tallado del pueblo de la tierra.

domingo, 12 de enero de 2014

¡A cavar la papa!

Después de unas casi perfectas combinaciones de sol y lluvia, de calor y frío, las pampas y lomas que rodean nuestro pueblo se vistieron de color morado, con las pequeñas flores de la papa. También el choclo (maíz) ha crecido y se muestra ahora altivo, con su esperanzador verde intenso. Otras plantas también se suman a la fiesta del verano en esta tierra que, por estas fechas, celebra su particular carnaval de colores, pero ninguna destaca tanto como la papa en flor. Su tamaño reducido, su flor minúscula, su apariencia humilde y pobre, para nada manifiestan el gran tesoro que ocultan bajo sus raíces, en las entrañas de su madre, aguardando la mano hábil y agradecida del campesino.

En esta tierra fría y dura, donde la piedra invade todos los campos y rincones, donde el agua es un bien escaso, la mano encallecida y el pié curtido saben que su vida depende de ese fruto subterráneo tan simple, tan básico, tan común como es la papa. Si la lluvia se prolonga y encharca los campos, o si el granizo hace una visita inesperada cuando la planta está apenas brotando, o si el laqato (oruga enorme amante de la papa) se adueña de la cosecha antes de sacarla, o si llega cualquier otro elemento casual indeseado, el trabajo de semanas y la esperanza de los próximos meses serán como polvo arrastrado por el viento de la escasez.

Pero en estos días los campos están morados. El cansancio, el sudor, el esfuerzo de familias enteras comienza a transformarse en alegría. La esperanza de una cosecha abundante invade los cuerpos de grandes y chiquitos. Si la flor es señal de lo que se oculta bajo la tierra, este año será bueno. El paisaje teñido de lila nos anuncia que habrá para comer, para vender, para intercambiar, para vivir los próximos meses con un poco de tranquilidad.

Está llegando la hora de sacar la papa, de extraer del seno de la Madre Tierra el fruto de sus entrañas, la papa necesaria para el día a día. Podrá faltar el pan y la chicha, la carne y la verdura, pero que no falte la papa en el plato de este pueblo. El pueblo de las alturas es también el pueblo de la papa o, mejor dicho, de las papas, porque en realidad hay una infinidad de tipos de papas, con tamaños, colores, sabores y formas diversas, y cada una con su manera propia de cocinar y comer.

La papa es, en su sencillez y en su diversidad, un verdadero tesoro para este pueblo, todo un símbolo de ese otro mundo con el que soñamos y por el que trabajamos cada día. Un mundo en el que a nadie le falte lo necesario, la papa de cada día; en el que la diversidad sea respetada y valorizada; en el que los humildes sean privilegiados; en el que se reconozca la maternidad de la Tierra y sea tratada con el cariño propio de un hijo; en el que nadie viva del esfuerzo y sufrimiento de otros; en el que todos puedan reconocerse como hermanos y hermanas; en el que la vida de cada persona sea más importante que el mercado, el lucro y el consumo.

La papa está florida. No podemos descuidarnos y dejar que nuestros sueños se pudran en el olvido. ¡Es tiempo de sacar la papa! ¡Es tiempo de construir el futuro! ¡Es tiempo de transformar el presente!

miércoles, 18 de diciembre de 2013

¡Y llegaron las lluvias!

Después de diversos intentos frustrados, finalmente el cielo se abrió derramando mares de bendición y vida. Por muchas semanas los rostros campesinos recorrían la distancia que hay entre la resquebrajada tierra seca y el inmenso cielo azul, como buscando en el infinito, como suplicando. Las semillas depositadas con cariño en la tierra, apenas humedecida por unas tormentas pasajeras, dormitaban en medio de la incertidumbre. ¿Será que no va a llover más? ¿Habremos perdido la cosecha por apresurar la siembra? De nuevo violentas tormentas nos visitaron, con chaparrones de esos que lavan la tierra en lugar de fecundarla. Incluso el granizo nos azotó sin piedad, arrasando los primeros brotes que se erguían en las tierras más prósperas. Pero el tiempo iba pasando y el sol continuaba firme, orgulloso, adueñándose del cielo y de la tierra.

En estos días una nube viajera decidió descansar un poco en la destacada cumbre del Tuti (montaña próxima que desde antiguo ha servido como servicio de meteorología para este pueblo que sabe leer como nadie las señales de la naturaleza). Un sombrero en la montaña más destacada de la región, una blanca cabellera sobre el milenario cerro, una buena señal para quien día y noche busca resolver los enigmas del clima, pues de él depende su vida. 

Y, efectivamente, como si se tratase de la mejor y más esperada predicción meteorológica, el Tuti hizo renacer la esperanza del campesino, el vigor de la semilla, la vida de esta tierra dura y maltratada. Unos pocos días después comenzaron a caer las primeras gotas, dispersas, como asustadas. Poco a poco la lluvia se volvió pertinaz, constante, como quien empieza a gustar y ya no quiere parar más. Día y noche fuimos bendecidos por una cortina de agua, fina, cariñosa, besando el suelo al caer, acariciando las piedras, fecundando esta tierra sedienta, preñando su ardiente deseo de vida. 

En estas alturas andinas estoy aprendiendo a leer y amar la literatura ancestral de la naturaleza. Hasta ahora mi vida dependía de tantas y tan complejas cosas, que había olvidado la sencilla y, al mismo tiempo, radical relación que el ser humano tiene con la tierra, con esta Madre que nos sustenta y soporta, que nos sufre y perdona. Somos de la tierra y de ella dependemos. El sol en su justa medida, el agua a tiempo, el frío sin exageraciones, el calor cuando sea necesario, todo en esta naturaleza todavía viva es importante. De cada pequeña cosa dependerá que haya alimento o no, que el año sea próspero o que nos toque apretar los puños, los dientes y el estómago. 

Nunca como ahora descubrí con tanta claridad lo delicada y apasionante que es la vida cuando nada en ella está asegurado. Y en medio de esta incertidumbre, temida y rehuida por muchos, emerge con la misma claridad el verdadero sentido de la vida, el radical valor del día a día, la profunda emoción de la auténtica aventura humana.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Vos eres mujer y me entiendes

Homenaje a la Madre Tierra y a la mujer boliviana.
Madre Tierra, mamita nuestra
Vos eres mujer y me entiendes
Yo sé que me entiendes

En nuestras entrañas
Como una insignificante semilla
Descansa la energía vital
Que renovará el mundo
De nuestra sangre
Tantas veces derramada
Por la violencia machista
Nacerá la ternura
Que, como suave caricia
Transformará la vida

Mamita, Tierra nuestra
Vos eres mujer y me entiendes
Sí, yo sé que me entiendes

Como yo
Tú sabes lo que es el desprecio
Expoliadas
Explotadas
Humilladas
Por la mano de quien no sabe amar
Por el odio de quien se cree superior
Por la codicia de quien adora el oro
¡Nos han violado tantas veces!

En tu silencio sufriente
Escucho el eco de mi dolor
Abandonadas
Insultadas
Maltratadas
Nuestras heridas abiertas
Transpiran tanta rabia acumulada
En siglos de sumisión y ofensa

Mamá, Tierra nuestra
Vos eres mujer y me entiendes
Seguro que me entiendes

Nos han extraído la vida
Llenándonos de vergüenza
Nos han transformado en basura
Ocultando nuestra belleza
Nos han usado hasta agotarnos
Para que no pensemos
Para que no sintamos
¡Para que no nos rebelemos!

Madre Tierra, mamita nuestra
Vos eres mujer y me entiendes

En cada surco abierto con esfuerzo
Mis lágrimas bautizaban las semillas
Y en cada flor sonriendo en la mañana
Vos alimentabas mi esperanza
Con el amor de quien me conoce
Acogías siempre mis dolores
Y en tu regazo eterno
Arrullabas con paciencia mis lamentos

Tierra Madre, mamita mía
Juntas hemos construido la historia
Y juntas levantaremos el futuro
Con el amor de los hijos 
Cuando su corazón se ablande
Con la rebeldía de las hijas
Cuando su dignidad descubran

Madre, Tierra nuestra
Vos eres mujer y me entiendes
Estoy segura de que me entiendes
Y estoy segura también
Que algún día nos entenderán
Quienes lloran su feminidad en silencio
Las madres despreciadas
Las mujeres maltratadas 
Las hijas violadas
Por monstruos salvajes

Madre Tierra, mamita nuestra
No soportemos más este oprobio
Que nuestro dolor se levante 
Y como huracán indetenible
Arranque para siempre
La mano que golpea
El insulto que ofende
La ambición que explota
La inconsciencia que contamina
La injusticia que nos domina

Madre Tierra, mamita querida
Vos eres mujer y me entiendes
Sí, yo sé que me entiendes.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Aquí se está fraguando una revolución

Está terminando el año escolar. Eso significa enormes sonrisas en los rostros estudiantiles, aprietos de última hora de quienes no fueron previsores, trabajo acumulado de docentes y administrativos, expectativa ante las vacaciones, planes para aprovechar ese largo tiempo trabajando para colaborar con la familia… Para la mayoría de los estudiantes, las vacaciones escolares son única y exclusivamente eso, escolares.

Para quienes vivimos para la educación, estas fechas suelen ser un tiempo de preparación, de programación, de elaboración de materiales, de sistematización… No es precisamente tiempo de descanso, aunque sólo el hecho de cambiar la rutina ya ayuda a desconectar un poco. 

Las vacaciones escolares de este año serán muy especiales para todos nosotros. El 2014 será un año de transformaciones radicales y, esperemos, definitivas para la educación boliviana. La nueva ley de educación que venía gestándose lentamente, será definitivamente implantada en todas las etapas educativas. Los desafíos son impresionantes. No se trata de nuevas metodologías, nuevas didácticas o nuevos contenidos, sino de una verdadera transformación de la educación. Una nueva educación para un nuevo país y, como consecuencia, para un nuevo mundo. El cambio debería afectar a toda la realidad educativa, a todos los agentes, todas las instituciones y todos los proyectos. 

El punto de partida de la nueva ley de educación es la decisión de abandonar definitivamente el paradigma del desarrollismo, de la sociedad del bienestar, del consumismo como motor económico, de la riqueza como horizonte de felicidad. Bolivia ha decidido aceptar lo innegable: el modelo económico neoliberal, con sus conquistas de bienestar y consumo, no puede y no podrá ser nunca universal. Para que unos pocos países, o unos pocos sectores de la población dentro de cada país, disfruten de los beneficios de la riqueza, se necesitan muchos, muchísimos pobres, excluidos, explotados o, simplemente, ignorados en su miseria y dolor. Nadie con un mínimo de inteligencia pueda hoy negar esta evidencia. Y no sólo desde el punto de vista humano, también desde una visión planetaria. El paradigma de vida y consumo de los países ricos está llevando la Tierra a un irremediable colapso, colocando en riesgo hasta la supervivencia misma en este planeta.

Delante de este panorama, sólo existen dos opciones: seguir por la senda de la autodestrucción o emprender nuevos caminos que nos conduzcan a nuevos destinos, más felices, mas universales, más dignos y más duraderos.

Bolivia ha decidido emprender un camino diferente. No se trata de un camino completamente nuevo, puesto que mirando para atrás en la historia y para abajo en la escala social, ha descubierto que en las raíces de esa realidad invisible y por tanto tiempo ignorada en este país, en las culturas más antiguas, en los verdaderos hijos (que no dueños) de esta tierra, ya existían las claves de ese nuevo paradigma. Los pueblos originarios persistieron durante siglos y siglos en perfecta armonía con la naturaleza, garantizando una vida digna para todas las personas y para todas las generaciones, sin hipotecar el futuro, sin infernar el presente, sin esclavizarse al deseo irrefrenable de poseer, sin negociar con la dignidad de las personas. En las raíces más antiguas de esta tierra existe una semilla de profunda y radical transformación, una auténtica revolución del modelo dominante que, hasta ahora, nos habían presentado como único.

latinoamericana.org
Un nuevo paradigma (denominado “Sumak Kawsay” o “Sumak Kawsay” y que se puede traducir como “Buen Vivir”) antropológico, social, económico y ecológico, exige la transformación profunda de mentalidades, de conciencias, de voluntades y de horizontes. Una nueva forma de vivir para la construcción de un mundo diferente, que sólo será posible con personas nuevas. Por eso la actual reforma educativa es tan necesaria y los cambios que propone tan radicales. Una nueva educación, que provoque una nueva ciudadanía, protagonista de un nuevo modelo político (Democracia participativa) y constructora de un nuevo paradigma existencial (el Buen vivir para que toda la humanidad pueda ser feliz en armonía con la Madre Tierra). Una educación libertadora, holística, integral, transdisciplinar, socioproductiva (para lograr la seguridad y soberanía alimentaria), vocacional, transformando las escuelas en comunidades de aprendizaje, rescatando y garantizando la cultura de cada pueblo y nación. Un nuevo modelo educativo, combinando perfectamente los nuevos paradigmas científicos y las cosmovisiones de los pueblos originarios, superando completamente la visión materialista, utilitarista, mercantilista, mecanicista y consumista del ser humano y del mundo que la cultura occidental nos ha impuesto hasta ahora. Se trata pues, de una profunda transformación de las estructuras, de las conciencias, de los corazones, de las voluntades, de las sociedades, de las cosmovisiones, de la existencia. 

¡En Bolivia se está fraguando una verdadera revolución!

miércoles, 20 de noviembre de 2013

La sagrada hoja de coca

Uno de los descubrimientos más importantes desde que estoy en esta tierra andina es la hoja de coca. La planta de la coca fue considerada, desde la antigüedad, la hoja sagrada de los dioses, de los sabios, de los sacerdotes, etc. La coca era un elemento indispensable en los rituales religiosos, en las oraciones, en las bendiciones, para pedir un clima favorable, para rogar a la Pachamama buenas cosechas, para despedir a los difuntos y comunicarse con los antepasados, para interpretar la realidad, para conmemorar las fechas más importantes del calendario Inka, para encontrar las respuestas a los problemas de la vida… 

Curiosamente, la hoja de coca que era exclusiva de las élites religiosas y políticas, con la llegada de los invasores españoles y después de un corto periodo de prohibición (por su relación con rituales considerados “paganos”), su uso y consumo se extendió por toda la población. El motivo es triste y contradictorio con la esencia de esta planta sagrada. La hoja que servía para comunicarse con los dioses, era también fuente de energía y paliativo para el hambre. Los colonizadores descubrieron rápidamente que sus esclavos, indígenas originarios, trabajaban más, necesitaban menos comida y enfermaban menos consumiendo la hoja sagrada. A partir de ese momento la hoja de coca se transformó en instrumento de explotación. La única consecuencia positiva de todo eso fue la generalización del consumo de la coca entre la población originaria. Ahora ya no era la hoja de la élite, sino la hoja del campesino, del minero, del pastor, del pueblo de la tierra, de esta raza de bronce que hizo del pijcheo (masticar la hoja) una costumbre, un ritual, una forma de vivir. Junto con la llujkta (pasta hecha con cenizas de vegetales que aumenta los efectos de los componentes de la coca), la hoja se transforma en combustible para el cuerpo, alimento, compañía, abrigo y entretenimiento durante las horas de trabajo o en los momentos de descanso.

De su empleo en rituales religiosos me gusta mucho el uso de la hoja de coca como comunicadora, como vehículo para elevas las oraciones, deseos, peticiones, preguntas, etc. a la divinidad. En el imperio Inka no existía la escritura (aunque sí había un sistema de registro contable y comercial muy complejo y rico llamado Kipus, que eran nudos amarrados en cuerdas de lana de llama de diferentes colores), por eso, en las oraciones, la gente colocaba la hoja de coca en su frente, en sus labios y en su corazón, y en la hoja depositava todos sus deseos, peticiones, agradecimientos, todo cuanto deseaba decir a Dios. El sacerdote después recogía las hojas “cargadas” de oraciones y las quemaba, transformándose en humo que se elevaba hasta los oídos de Dios y en ceniza que después volvería a su Madre, la Tierra, de donde había nacido la hoja sagrada, mensajera y portadora de vida.

Siendo más práctico, la hoja de coca se ha transformado para mí en un excelento remedio para mis problemas intestinales crónicos. Desde que transformé el consumo de coca en un hábito diario, el colon sensible y fastidioso que tantos problemas me ha dado en mi vida, se ha calmado y, prácticamente, normalizado. 

Lástima que mentes enfermas y crueles transformaron la coca en negocio, extrayendo su esencia para, de forma artificial, transformarla en droga que enriquece a unos pocos a costa de la vida de millones. Por culpa de ellos se ha demonizado la hoja sagrada. Y por culpa de la ignorancia se prohibe y persigue a quien la porta y consume, de forma natural, fuera de nuestras fronteras. También es verdad que si se popularizase el consumo de la hoja de coca como remedio natural, rápidamente aparecería alguna empresa farmacéutica del “norte” diciendo que ellos ya habían registrado la patente… Desgraciadamente, ése es el mundo que tenemos…

Mientras tanto continuaré pijchando coca, agradeciendo por este maravilloso descubrimiento y elevando a Dios, por medio de la hoja sagrada, mis oraciones por este pueblo que trabaja, sufre, celebra y ama, siempre con el pijcho (bola) de coca en la boca.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Sembrando la vida

Estamos en época de siembra. Aprovechando las primeras lluvias de la temporada, que dulcemente han ido aflojando la tierra, es el momento de empuñar el arado, encordar los toros y levantar la piel de la Madre Tierra para despertar su vitalidad. Los arados han ido poblando los terrenos que parecían abandonados. Las familias se reúnen para colaborar en la preparación de la tierra, en la construcción del futuro. Una vez que los toros y los arados hagan su trabajo, vendrá el tiempo del guano (abono natural y orgánico), fertilizando una tierra herida por el frío y la sequía, una tierra ansiosa por engendrar vida, una tierra que conoce bien su papel en la historia de este pueblo, una tierra que espera paciente a que llamen a su puerta, para desplegar amorosa y fielmente toda su fuerza vital. 

Ha llegado, entonces, el momento de la siembra. De nuevo la familia se reúne y como una sola mano, irán depositando en cada surco las semillas de sus sueños, de su futuro, de su alimentación, de su dignidad. En cada semilla hay un potencial único, gigante y, al mismo tiempo, delicado. Bastará un poco de agua y de sol para que su corazón germine y la vida renazca. Pero bastará también una granizada, o un exceso de sol abrasador, o un retraso en la necesaria lluvia, para que su vitalidad se extinga y, con ella, el sueño de un mañana mejor. 

Coincide la siembra con el final del año lectivo. Mientras nuestros estudiantes siembran con sus familias, en pocos días cosecharán los frutos del esfuerzo realizado durante el año. Serán frutos dulces o amargos, como la vida misma. ¿Habremos sabido cuidar de cada semilla, de cada estudiante, para que ahora pueda germinar y florecer, apuntando para un futuro lleno de posibilidades? ¿Habremos sido capaces de descubrir el tesoro oculto en cada corazón o habremos ignorado su riqueza peculiar y única? ¿Habremos preparado bien la tierra y colocado el abono necesario para que ahora, cada estudiante, pueda descubrir la vida que se despierta dentro de su ser y, como loco enamorado, mire hacia el futuro lleno de esperanza y optimismo? 

No tengo respuestas todavía, sólo la esperanza de no haber cometido muchos errores. Sólo espero que no hayamos dejado los campos más necesitados abandonados a su suerte, por cuidar de quien menos precisaba. Espero que no hayamos ignorado los gritos de angustia, de soledad, de tristeza de nuestros adolescentes. Espero que no hayamos forzado el ritmo de cada semilla, acelerando sus pasos vitales para cumplir nuestros plazos mentales. Espero que no hayamos tratado a las personas como si fuesen vacas. Espero que no hayamos frustrado la felicidad y el futuro de estas semillas que, como tesoros, fueron confiadas a nuestras manos.

Es el tiempo de la siembra. Sin embargo, en la escuela, todos los días son tiempo de siembra, de abonar, de regar, de cosechar. Todo los días son tiempo de compartir esfuerzos y sueños, haciendo lo que sea necesario para que, lentamente, vayan germinando en la vida de nuestros estudiantes.

sábado, 2 de noviembre de 2013

¡Aquí hay un pueblo que trabaja!

No deja de sorprenderme la impresionante capacidad de trabajo de nuestros chicos y chicas. Algunas cabezas estrechas y llenas de prejuicios insisten, siempre que pueden, en que este pueblo es flojo. Debemos habitar países diferentes. Sólo puedo hablar de lo que veo a diario, de las personas con las que convivo.

El camión llega cargado de alimentos y tocando la bocina para solicitar ayuda. Una tropa de “hormiguitas” surge del comedor, de las salas de estudio, de los cuartos, de donde estén, abalanzándose sobre el camión para agarrar y llevar las diferentes cargas. Podemos imaginar la escena: un montón de niños y niñas, preadolescentes y adolescentes, teniendo que descargar un camión lleno de cajas y sacos pesados, con papas, latas de sardina, y toda clase de verduras y hortalizas, además de productos de limpieza. En cualquier otro lugar habría que llamar una y otra vez, pedir por favor que ayuden, exigir que vengan rápido, insistir para que no se hagan los despistados. Todo eso aquí es innecesario. Basta escuchar la bocina del camión para que salgan corriendo a su encuentro y, lo que podría parecer más increíble, todos empujándose para agarrar las cargas más… ¿pensó que iba a decir “más ligeras”? ¡Pues no! Todos empujándose para agarrar el saco más grande, la caja más pesada. Y como locos salen corriendo para dejar en su lugar la mercancía y volver lo más rápido posible para que no le quiten la siguiente carga. 

En sus espaldas y hombros han viajado toneladas de papas, cientos de adobes, enormes bultos de paja y otras hierbas. Sus músculos parecen no caber en cuerpos tan pequeños. A veces hasta en las condiciones más adversas, con lluvia, con frío, no importa. Con las alpargatas hechas de neumáticos en sus pies desnudos, con la bermuda de dormir, sin la camisa para no mancharla (cada una, de las pocas que tienen, es un tesoro), sin reclamar, sin rehuir, sin perder la sonrisa. 

Y no pensemos que es porque les hemos acostumbrado, ellos son los que me están enseñando a descubrir lo divertido de cargar pesos, de abrir agujeros en la tierra, de levantar piedras, de pelar papas, de limpiar cuartos y baños, de cortar paja, de limpiar las calles, en definitiva, lo divertido de trabajar.

Nuestros chicos y chicas viven trabajando, ayudando a sus padres en el campo, en la casa, con los animales. Antes de que salga el sol ya están en pie, dispuestos, preparados para lo que venga. Juegan trabajando, sufren trabajando, crecen trabajando, aprenden trabajando, aman trabajando y vivirán trabajando, porque en eso consiste su destino. 

Cuando llega el final de semana, en vez de pensar en descansar, en ir a sus casas con sus familias para no hacer nada, nuestros chicos y chicas van a trabajar: al campo con su familia, a pastorear ovejas y toros, a la ciudad para vender alimentos hechos en la madrugada, para ganar unos pesitos ayudando en obras y construcciones… su vida es trabajar. Y el domingo vuelven al internado cansados, quemados por el sol, con las manos abiertas, con el rostro curtido por la dureza de la vida, pero sin perder nunca la sonrisa.

Niños, niñas, adolescentes, jóvenes, adultos, hasta los más ancianos, me dan, una y otra vez, lecciones de sacrificio, de esfuerzo generoso, de sufrimiento silencioso para conseguir el fin perseguido.
Aquí hay un pueblo que trabaja. ¡Y trabaja harto!

domingo, 20 de octubre de 2013

Por las calles de la dignidad

Hoy, 20 de octubre, hemos celebrado los 107 años de la fundación del Municipio de Anzaldo. Como en todas las fiestas importantes, no faltaron los actos oficiales, discursos y desfiles. Con presencia de diversas autoridades del Valle Alto, del Departamento de Cochabamba y del Estado Plurinacional de Bolivia. Y junto a los actos elegantes, la fiesta en la calle, la serenata hasta el amanecer, las chicherías llenas y la ciudad repleta de gente proveniente de todas las comunidades que conforman este esforzado Municipio.

No soy amigo de desfiles, quien me conoce sabe que me aplico perfectamente el verso del poeta: “En la fiesta nacional, yo me quedo en la cama igual, que la música militar nunca me supo levantar”. Sin embargo, hoy quiero hablar del desfile cívico-militar realizado en Anzaldo, como símbolo de un desfile mayor, nuevo, diferente, profético.

Hoy, por la calle y plaza de la ciudad, en presencia del pueblo y de las autoridades municipales, departamentales y nacionales, de las autoridades políticas, educativas y militares, marchó con orgullo la verdadera Autoridad, el pueblo más sencillo y trabajador, el pueblo que sostiene día a día el país. Para quien está acostumbrado a mirar sólo hacia arriba, imagino que este desfile le parecerá ridículo: grupos de campesinos, hombres y mujeres con sus con ropas que parecen andrajos (y seguro que muchos se colocaron sus mejores galas) de forma desordenada y sin elegancia, sin protocolo ni paso marcial, enarbolando la bandera tricolor boliviana y la wiphala (que es mucho más que una bandera). No era un desfile de gente elegante, bien bañada y perfumada, sino que era la marcha del pueblo de la tierra, que venía acompañándolos en sus abarcas, en sus ropas y en su piel curtida por el trabajo diario. 

Hasta hace unos pocos años esta gente era sólo una masa anónima, ignorada, olvidada, excluida de todas las mesas donde se negociaba e hipotecaba este país. Hoy el campesino, el pueblo de la tierra, ha recuperado su dignidad robada. Hoy son tratados como pueblo boliviano, como sujeto de derecho, como ciudadanos libres y soberanos, como Autoridad máxima de este Estado Plurinacional, donde cada pueblo es reconocido como una verdadera Nación. 

Alguno pensará que estoy haciendo apología del Estado o de sus gobernantes, ¿para qué haría eso, si los hechos hablan por si solos? No hago apología ni discurso ideológico, estoy hablando de la felicidad en los rostros, de las sonrisas amplias con escasos dientes teñidos de verde por la sagrada coca que nos sustenta y anima, de los ojos brillando al ser aplaudidos por alcaldes y coroneles, del paso desordenado de quienes viven empujando arados y aventando el trigo, del brazo en alto de quienes siempre fueron obligados a llevar la cabeza gacha. Hablo de hombres y mujeres, ancianos muchos de ellos, que disfrutan por primera vez de un trato digno y respetuoso, en la misma ciudad que muchas veces los humilló y maltrató. Hablo de mujeres organizadas y capacitadas para defender sus derechos, aunque todavía la lucha sea larga. Hablo de campesinos organizados, atendidos en sus demandas, auxiliados en su ingrata forma de vida. Hablo, en definitiva, de un pueblo que ayer no era pueblo y hoy desfila con orgullo y respeto, aplaudido por sus vecinos y autoridades, abrazado por la Madre Tierra que lo alimenta y cuida, bendecidos por Tata Inti (Padre Sol) que siempre los acompañó en su eterno peregrinar.

¿Cuántos desfiles como éste necesitaríamos realizar en el mundo para demostrar que sólo cuando los últimos se sientan y sean tratados como “gente”, el mañana de paz y justicia dejará de ser un sueño, convirtiéndose en una bonita realidad?

sábado, 5 de octubre de 2013

¡Que comiencen las lluvias!

El invierno seco y frío de estos meses ha herido la tierra, resquebrajando su piel y desecando sus venas. Sus manos gélidas fueron arrasando con hojas y flores, desnudando árboles y pintando de monotonía el paisaje. Pero sus últimos días están llegando, aunque como borrachito obstinado se resista a marcharse, agarrándose con fuerza a los últimos vientos y a las cada vez más frecuentes nubes. Y en esta interminable despedida, un deseo, una necesidad y una urgencia se filtran en todas las conversaciones: ¡que comiencen las lluvias!

Los duraznos en flor nos anunciaron que la vida está retoñando. Los jacarandás ya cubren su desnudez con una infinidad de flores moradas, rompiendo la monocromía andina. También los tacaños chillijchis (ceibo, árbol que florece cada dos o tres años) vestidos de rojo parecen pendones de chichería, anunciando que la cosecha está lista. En pocos días una infinidad de manos infantiles los despojarán de su roja cubierta, llenando ollas con agua hirviendo para preparar un nutritivo acompañante de carnes y verduras.

Y cuando el frío se aleja, la atención de todo el pueblo se concentra en las señales: unas nubes cubriendo la cabeza de una meteoróloga montaña (y que nunca falla en su predicción), un viento fuerte que surge repentino al atardecer, un pájaro cantando en lo mas alto de un pino. Cualquier signo sirve para alimentar la esperanza de que la lluvia está llegando. La bendita agua que hará germinar las semillas. La lluvia suave y pertinaz que traerá de vuelta torrentes y quebradas, ahora ocultas bajo el peso de las piedras. Los temporales repentinos que someterán y humillarán la polvareda de los caminos, hasta ahora dueña de la atmósfera invernal.

Mientras esperamos la lluvia, las manos andinas van preparando la tierra que recibirá la semilla de sus esperanzas y el agua que las transformará en frutos. Es el momento en que los toros muestran todo su valor, su fuerza y su habilidad para arrastrar los pesados arados, guiados por la mano y la voz de sus dueños, con firmeza respetuosa, con la energía de quien sabe que su vida depende de cada surco, de cada terruño levantado. La coca ayudará, como siempre, a enfrentar el calor del día, el peso del sol, el agujero eterno en el estómago, el cansancio acumulado.

¡Que llegue el agua anunciando la siembra y que haga fructificar nuestros esfuerzos, para que nunca más en esta tierra se trabaje para otro! ¡Que vengan las lluvias lavando nuestros corazones secos e ingratos! ¡Que comiencen las lluvias y se lleven la tristeza y el hambre, la miseria y la soledad! ¡Que caigan mares del cielo, transformando en vergel esta tierra maltratada, este suelo áspero, esta vida pesada y dura que, muchas veces, arrastramos sin destino!

sábado, 21 de septiembre de 2013

El viento de la luna llena (Puri Killa)


Foto de Andrés Figueroa Z; Tomada de: Fotografía de Naturaleza.
Cuentan las bocas de este pueblo que cuando Mama Killa (la Madre Luna) se muestra plena, orgullosa, resplandeciente, la tierra responde a tan maravilloso espectáculo con impetuosos vientos, que corren aullando entre las piedras y levantando el polvo de los caminos. 

No sé si será por causa de la envidia de Pachamama (Madre Tierra) al contemplar como su rival se roba el protagonismo de la noche, espléndida y hermosa, seductora y mágica. Delante de tamaño derroche de presuntuosidad y exhibicionismo, la Madre Tierra, experimentada y sabia, sopla día y noche para levantar nubes de polvo, eclipsando el cielo, cegando los ojos curiosos y obligando a cubrir el rostro. La envidia es como un virus que no perdona a quien lo acoge. Mediante una vertiginosa reproducción va invadiendo nuestros afectos y controlando nuestros sentidos, hasta que terminamos percibiendo el mundo como un cruel enemigo que nos odia y maldice.

Cordillera del Tunari (Cochabamba - Bolivia).
Yo prefiero pensar que el motivo es otro. Me gusta más imaginar que en los días de luna llena, Pachamama sopla durante el día para empujar a Tata Inti (Padre Sol) y acelerar el espectáculo nocturno. Después soplará durante la noche para recordarnos con sus silbidos que, caminando o acostados, despiertos o dormidos, una hermosa y luminosa presencia nos acompaña, velando nuestros sueños, cuidando nuestros rebaños, encantando a la tierra que, al amanecer, recibirá sus esfuerzos y producirá su sustento. Prefiero imaginar a Pachamama preparando el cielo para recibir a Mama Killa en su máximo esplendor, apartando nubes, arrastrando humos y polvaredas, abrillantando el palco nocturno de su compañera y hermana.

Delante de la belleza y florecimiento de los otros debemos escoger entre dos caminos opuestos. Carcomernos por la envidia y hacer lo imposible por eclipsar su brillo o alegrarnos con su esplendor, dejando que su luz nos ilumine, que su alegría nos inunde y el amor nos hermane. Delante de la luna llena algunos prefieren, estúpida decisión, apartar la vista y enterrarla en el polvo. Demasiada belleza para quien todo lo ve desde su fealdad disimulada.

Que el viento de la luna llena nos recuerde que la felicidad y conquistas de los otros serán también nuestras cuando los veamos con ojos amorosos, con empatía fraterna, con corazón generoso.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Y los duraznos florecieron

Autor: Agustín Medina.Foto tomada de fotocommunity.es
Después de meses sufriendo la dictadura del ocre, invasor de campos y plantas, cerros y horizontes, una tímida y pequeñita flor de color rosa comenzó a revolucionar el paisaje, anunciando que el duro invierno está llegando a su fin. Aunque todavía la sequía domina, algunas tormentas nos anuncian que la bendita, deseada y necesaria agua está llamando a la puerta. El intenso frío va siendo confinado, poco a poco, a las horas del amanecer, empujado por el calor del día y las noches cada vez más templadas. Y en los campos, junto a las casas u ocupando extensiones donde la tierra lo permite, el durazno se viste de rosa.

No es esta un tierra de vivos colores ni de estallidos cromáticos. Solamente la retama, con su perenne amarillo y como guerrillero sorpresivo, quebranta el dominio del ocre. Con la llegada de las lluvias el verde se crece, orgulloso y presumido, sabedor de que tiene apenas unos pocos meses para mostrar todo su esplendor. Y en medio del verde naciente, los duraznos se adornan con una infinidad de reflejos rosas.

No importa que el árbol no tenga todavía ni una hoja, ni que sus ramas desnudas continúen expuestas a fríos e insectos. Esta flor, diminuta, insignificante, consigue adueñarse por completo de su padre vegetal, transformando el espectro invernal que era en un maravilloso ramo rosa, adornando, embelleciendo y alegrando nuestra tierra dura y austera. 

Esta flor nos recuerda que no hay invierno eterno ni frío capaz de matar la vida, que no hace falta ser grande, ni poderoso, ni llamar mucho la atención para vencer las inclemencias y hacer florecer la primavera. Con su paciencia infinita, su intrascendente apariencia y su resistencia silenciosa, el durazno va trabajando ocultamente, tejiendo sueños en su interior, alimentando la vida en lo oculto. Hasta que llega el día en que todo lo que estaba escondido sale a la luz y lo que parecía sin valor se revela con toda su fuerza revolucionaria. Y ese día, lo que era simple fachada caerá por tierra como un fantasma, incapaz de sostener su discurso vacío por falta de hechos y de frutos. 

Desde el silencio, desde el anonimato, desde la insignificancia, este pueblo continúa enfrentando inviernos, soportando penurias y resistiendo miserias. Pero en su interior más oculto una fuerza vital va emergiendo, una esperanza viva y real se forja disimuladamente. Llegará el día en que este pueblo florezca en todo su esplendor, ganándose el respeto y la dignidad que por siglos le fue robada. Ese día el horizonte se volverá rosa como la flor del durazno, anunciando que mañana será diferente. Ese día nuestro Padre, Tata Inti, y nuestra Madre, Pachamama, transformarán el agradecimiento constante de sus hijos e hijas, del pueblo de la tierra, en una fiesta eterna, la fiesta de la vida, la paz y la justicia.