
En estos días una nube viajera decidió descansar un poco en la destacada cumbre del Tuti (montaña próxima que desde antiguo ha servido como servicio de meteorología para este pueblo que sabe leer como nadie las señales de la naturaleza). Un sombrero en la montaña más destacada de la región, una blanca cabellera sobre el milenario cerro, una buena señal para quien día y noche busca resolver los enigmas del clima, pues de él depende su vida.
Y, efectivamente, como si se tratase de la mejor y más esperada predicción meteorológica, el Tuti hizo renacer la esperanza del campesino, el vigor de la semilla, la vida de esta tierra dura y maltratada. Unos pocos días después comenzaron a caer las primeras gotas, dispersas, como asustadas. Poco a poco la lluvia se volvió pertinaz, constante, como quien empieza a gustar y ya no quiere parar más. Día y noche fuimos bendecidos por una cortina de agua, fina, cariñosa, besando el suelo al caer, acariciando las piedras, fecundando esta tierra sedienta, preñando su ardiente deseo de vida.
En estas alturas andinas estoy aprendiendo a leer y amar la literatura ancestral de la naturaleza. Hasta ahora mi vida dependía de tantas y tan complejas cosas, que había olvidado la sencilla y, al mismo tiempo, radical relación que el ser humano tiene con la tierra, con esta Madre que nos sustenta y soporta, que nos sufre y perdona. Somos de la tierra y de ella dependemos. El sol en su justa medida, el agua a tiempo, el frío sin exageraciones, el calor cuando sea necesario, todo en esta naturaleza todavía viva es importante. De cada pequeña cosa dependerá que haya alimento o no, que el año sea próspero o que nos toque apretar los puños, los dientes y el estómago.
Nunca como ahora descubrí con tanta claridad lo delicada y apasionante que es la vida cuando nada en ella está asegurado. Y en medio de esta incertidumbre, temida y rehuida por muchos, emerge con la misma claridad el verdadero sentido de la vida, el radical valor del día a día, la profunda emoción de la auténtica aventura humana.