martes, 13 de agosto de 2013

Miradas

Desde la más profunda negritud de sus ojos, el pueblo de la tierra sabe expresar sus sentimientos. Esperanza, alegría, vergüenza, miedo, rabia, recelo, agradecimiento. Surgen del interior de un corazón enjaulado, acorazado, amurallado, que intenta revelarse contra tanta mordaza que la cultura y la sociedad le han puesto. Un corazón sensible, tímido, agitado por innumerables emociones anónimas, desconocidas, espontáneas. Las palabras no saben nombrarlas, no existen conceptos para explicarlas, ni adjetivos para definirlas. Llegan repentinamente y revolucionan el corazón escondido. La armadura lo intenta silenciar, ocultar, reprimir. Sin embargo, existe una ruta de fuga que nunca podrá ser controlada, que nadie podrá clausurar ni obstruir. Los ojos hablan lo que la boca calla. Son ventanas por las que el corazón respira, gime, canta, agradece, ama…

El pueblo de la tierra es austero en palabras y ponderado en expresiones afectivas, pero sus ojos no entienden de moderaciones ni reservas. Como minas que se adentran en la tierra, desapareciendo entre frías rocas y amenazadoras sombras, sus ojos te invitan a descubrir un mundo desconocido, que intuyes rico, apasionante, tierno. Su rostro, sus manos, su voz intentan proteger ese tesoro oculto, manteniendo al extraño lejos de sus entrañas. Pero sus ojos, como cobardes traidores, acaban entregándolo sin misericordia. Como su Madre, la Pachamama, este pueblo tiene color de tierra, sabor de vida y unas minas abiertas que, al mismo tiempo, lo desangra y lo alimenta.

Las vivencias y emociones más íntimas de este pueblo encuentran, en sus oscuros ojos, una oportunidad única para darse a conocer, para proclamar su existencia, para expresar que nada ni nadie podrán endurecer su corazón vivo y tierno. Y aunque todos se empeñen en silenciar su intimidad, los ojos continuarán mostrando lo que lo agita y conmueve. ¿Sabremos interpretar ese lenguaje silencioso, ese penetrante paisaje azabache? ¿Sabremos adentrarnos con sagrada delicadeza por esas ventanas eternamente abiertas e infinitamente profundas que, constantemente, nos invitan a aventurarnos en su universo íntimo?

viernes, 2 de agosto de 2013

Timidez

El andino es un pueblo tímido, reservado, expectante. Algunos dirán que es desconfiado. ¿Quién no sería desconfiado después de siglos como extraño en su propia tierra? Generación tras generación, esta raza de bronce ha sido humillada, despreciada, ignorada. Nunca se valoró su historia, su cultura milenaria, el legado de las grandes civilizaciones que aquí existieron. Sus antepasados dominaron la agricultura, en condiciones nada favorables; la astronomía, sin contar con medios técnicos; la conciencia ecológica, sin protocolos ni agendas modernas; el cooperativismo y la política asamblearia, sin precisar de conceptos como democracia participativa o autogestión popular. Con la llegada de los “civilizados”, los pueblos originarios fueron “extranjerizados”, excluidos de su tierra, de la posibilidad de construir su propio futuro, condenados a un presente infernal.

La timidez es un rasgo de personalidad, un talante, una forma de ser. Sin embargo, en condiciones perpetuamente adversas, la timidez puede transformarse en mecanismo de defensa, en herramienta de supervivencia, en sabiduría para garantizar la propia existencia.

La mirada baja, el rostro inclinado, la palabra escasa, el sentimiento oculto, la afectividad silenciada… Son síntomas de un carácter socialmente compartido por quienes conocen demasiado bien insultos, miradas amenazantes, gestos de desprecio. Una armadura de ilusoria frialdad, de supuesta indiferencia, de aparente desconfianza los protege. Pero la mirada no engaña y nada sabe de esas defensas artificiales. 

Cuando la miseria carcome la resistencia de la persona, cuando la tristeza invade su alma o la traición hiere su corazón, cuando la soledad se instala en su vida o el dolor levanta un templo en su tierra íntima, las lágrimas brotan, la palabra se interrumpe y las defensas se derrumban estrepitosamente. 

Es fácil juzgar desde fuera, sin conocer, sin haber escuchado de verdad, sin apretar la mano temblorosa con la propia mano, sin haber olido la miseria y el dolor, sin sentir en mi piel la vida ajena. 

El pueblo de las alturas, esta raza con sabor a viento, lleva en su interior el fuego de Tata Inti (Padre Sol) y la moderación de Mama Quilla (Madre Luna), el ímpetu de la chicha y la paciencia de la tierra, la melodía de la quena y el retumbar del bombo, la mirada tímida y el corazón vibrante.

jueves, 25 de julio de 2013

La fiesta

Fiesta de Tata Santiago (Anzaldo).
En las alturas andinas, la monotonía del frío, del sol quemante, de la tierra ocre, del ganado aguardando para ser pastoreado, del ir y venir a los campos de cultivo, de la vida tranquila y rutinaria, parece imponer su lógica. Sin embargo, cada cierto tiempo, el poderío de la inercia es vencido por un acontecimiento especial y esperado: la fiesta.
Con mucha anticipación, el pueblo se prepara, arregla las casas y calles, ensaya las músicas y danzas, elabora la imprescindible chicha. La fiesta es ocasión de encuentro con los que ya no viven aquí, pero continúan habitando el corazón de familiares y amigos; con los que moran cerca, pero pocas veces llegan hasta el pueblo con tiempo para visitar y conversar con las amistades; con los que vienen sólo para conocer y disfrutar de la fiesta, siendo tratados con respeto y cariño; con los que ya se han ido y ahora nos acompañan desde el seno de la Pachamama, recordados y encomendados en misas y oraciones.

Fiesta de Tata Santiago (Anzaldo) 2013.
La fiesta es exceso, exageración, derroche. Para quien vive cotidianamente en la escasez, dependiendo de elementos tan inesperados como la lluvia, el sol, el granizo o la helada, la fiesta significa una ruptura, un paréntesis. En estos días está permitido abusar de todo, de gastos, comidas, ociosidad y, desgraciadamente, también de la bebida que nos descontrola y pierde. La música, la danza y la chicha forman ahora una trinidad omnipresente en cada momento y cada esquina, acompañando procesiones, guiando la entrada de las fraternidades (grupos con danzas folclóricas), reuniendo a las amistades en puertas y plazas. 

En los días de celebración las tradiciones se mezclan. Con la memoria del patrón (o patrona, o advocación de María) llegan las misas, oraciones, velas, procesiones, bendiciones. Y junto a ellas, en una única vivencia, como una única forma de experimentar lo sagrado, los ritos ancestrales, porque no es necesario cortar las propias raíces para dejarse florecer por la Buena Nueva de Jesús. 

Fiesta de Tata Santiago (Anzaldo) 2013.
En la fiesta entran en comunión pasado, presente y futuro. La memoria de lo que fuimos y que nunca debemos olvidar, la realidad que vivimos y que no podemos descuidar, el futuro que queremos y que precisamos construir. La fiesta es conmemoración por el pasado superado, por las victorias vividas y por las heridas que llevamos, porque todo eso nos configura y orienta. La fiesta es también exaltación exagerada de lo que todavía no disponemos, en un presente que, por unos días, se olvida del esfuerzo ingrato, de la carencia crónica, del sufrimiento callado. Y, finalmente, la fiesta es anticipo de la felicidad deseada, de una danza eterna, armónica, respetuosa, transcendente. La música, la danza y la chicha nos llevan al encuentro con nuestros ancestros, con nuestros actuales hermanos y hermanas, y con los renuevos que vendrán para completar nuestras luchas y levantar nuestras banderas, cansadas y roídas ahora por el tiempo y el desgaste de quienes ya entregamos lo que podíamos.

domingo, 21 de julio de 2013

El adobe

En medio del paisaje, al lado de una quebrada o en lo alto de un cerro, detrás de los álamos o junto a los campos sembrados, en cualquier lugar siempre aparece una casita de adobe. Como una prolongación de la tierra en la cual se asienta, como un elemento más de esta naturaleza ocre, bajita para no quebrar la armonía del entorno, pequeña para no violentar la humildad de este pueblo. A veces con las paredes blanqueadas, normalmente con el rostro descubierto, mostrando su origen terrenal, su corazón de paja, su sudor de barro.

El adobe levanta casas, corrales, despensas, muros. En cada adobe se abrazan la tierra que lo forma, la paja que lo hace consistente, el barro que lo unirá a sus hermanos, las manos expertas que le dan forma, sentido y destino. El adobe es un ejemplo bonito de comunión entre naturaleza y cultura, entre la tierra y el ser humano que la habita y transforma, aprovechando sus cualidades y oportunidades, respetando y cuidando de sus necesidades.

El pueblo de la tierra precisa un hogar caliente, humilde pero seguro, pequeño y acogedor. Y es la Pachamama que lo cuida y alimenta quien le proporciona los elementos necesarios. En el adobe se amasa barro y paja, sabiduría ancestral y carencias eternas, urgencias actuales y técnicas antiguas.

Ni el ladrillo, ni el cemento, ni los modernos materiales podrán reemplazar nunca al adobe. Su natural sencillez, su humilde eficacia para combatir el frío de la noche y el abrasador sol del día, su austera creación, su armoniosa apariencia. No son necesarios materiales prefabricados, ni costosos e ineficientes recursos, ni modernas y excéntricas técnicas. El adobe nos une a la tierra porque es su criatura, su hijo, su fruto. Nos une a la naturaleza que lo nutre con su paja, después de haber cumplido su ciclo vital, entregándose generosamente para un nuevo destino. Nos une al viento y al paisaje, como presencia silenciosa, armoniosa, desapercibida. 

Pero no todo son ventajas en el adobe. Como en todo lo que existe, el bien y el mal, la vida y la muerte, la luz y la sombra, se mezclan y confunden. En medio de los adobes, entre sus venas de barro y su corazón de paja, habita la winchuca (vinchuca, chinche) con su mortal obsequio: el incurable mal de Chagas. 

lunes, 15 de julio de 2013

Aguayos

En Bolivia la vida se lleva cargada en un aguayo (tejido tradicional andino). Desde el nacimiento hasta los últimos días, el aguayo está presente en la vida de este pueblo, al principio portándola, después portando en él todo lo necesario para vivir. El aguayo es casa, cuna, cama, mochila, manta, mantel… Y cada región tiene su estilo propio, sus colores predominantes, sus combinaciones de tonalidades, sus diseños específicos. El aguayo es señal de identidad, de pertenencia. 

Desde pequeñita, la wawa (bebé) es transportada en el aguayo. Ahí duerme, viaja, conoce el mundo, acompañando siempre a su madre portadora, alimentadora, cuidadora. Desde ese pequeño universo colorido en el que habita, la wawa va descubriendo ese otro universo mayor, lleno de vida, de barullo, de formas, de movimiento, de rostros.

Con el paso de los primeros meses, el aguayo se transforma en parque de juegos, mientras su mamá trabaja, un pequeño espacio limitado sobre la tierra y, al mismo tiempo, abierto, pero que produce la sensación de protección, de seguridad, de control. Así crecerá la wawa, en medio de la tierra a la cual pertenece, confiando en esa otra Madre que la cuida, la arrulla, la carga y la alimentará hasta el final de su ciclo, cuando la abrace eternamente en su seno.

Al crecer, ella tendrá que cargar cada día con su propia vida. Pasaron los tiempos de ser llevada y comienza la aventura de tener que portar la propia realidad, apoderándose de ella, transformándola, humanizándola. El aguayo será el fiel amigo de caminatas y trabajos, siempre en la espalda, ayudándole a transportar su historia, las herramientas con las que construirá su futuro y el alimento para enfrentar el presente.

En esta tierra color de aguayo, la vida de mucha gente cabe entre sus cuatro puntas. En uno o dos aguayos pueden cargar todo lo que son, lo que poseen, lo que necesitan. El aguayo desafía a quienes viven (¿vivimos?) esclavos de sus propiedades, de sus bienes, y terminan dominados por cosas que nunca usarán, porque no son necesarias, porque no son esenciales. 

En medio de un mundo que tiene la opulencia y el consumo como banderas, el aguayo se transforma en blasón de una nueva cultura, basada en la austeridad (Ellacuría usaría el término “pobreza”), tan necesaria para la supervivencia de la humanidad, y en la solidaridad con quienes transportan su vida, su dignidad y su futuro en un aguayo.

sábado, 6 de julio de 2013

Sicureada

Recientemente acogimos en nuestro colegio a más de 1200 participantes del Encuentro de Catequistas de la Arquidiócesis de Cochabamba, con presencia también de otros Departamentos vecinos. Durante el encuentro pudimos disfrutar de la diversidad de expresiones culturales, de los diversos elementos de identidad (sombreros, ch’ullus, ponchos, aguayos, polleras…). Una infinidad de colores, figuras, diseños, combinaciones y adornos, alegraron nuestra vista en esos días. Y como es normal, no podía faltar la música y la danza, lenguaje omnipresente en las alturas andinas.

Sicureada en Anzaldo (Encuentro de catequistas).
De las diferentes expresiones musicales traídas por las comunidades participantes, quiero destacar hoy la sicureada. Se trata de un género musical y una danza de ancestrales raíces, interpretada por sikus y acompañada por bombos. En la sicureada cada músico de siku toca la mitad de la melodía en una perfecta combinación con otro músico que le completa, de forma alternada, con las notas que faltan. Las dos partes del siku, llamadas Arka e Ira, están en manos de diferentes músicos que, necesariamente, deben combinarse, armonizarse, coordinarse y entenderse para poder ejecutar la melodía completa. Y cuando el grupo es bueno, además de los dos intérpretes emparejados, existen otros dos que les acompañan con las notas bajas y altas respectivamente, conformando una polifonía perfecta. Y no olvidemos los imprescindibles bombos, marcando el ritmo de la música y de la danza. 

Los músicos y las bailarinas (normalmente las mujeres) usan sus mejores galas, coloridas, adornadas, brillantes. Juntos forman dos ruedas para dar vida a esta antigua danza. Con pasos cortos, cadenciosos, van forjando dos ruedas que giran lenta e incansablemente, con la mirada puesta en el centro, con los pies acariciando la madre tierra, despertándola, amándola. 

Sicureada en Anzaldo (Encuentro de catequistas).
Los sikuris coordinadamente van dando y recibiendo, entregando y recogiendo, girando en el ciclo de la vida, de las estaciones, de las actividades agrícolas. El ritmo pausado y constante nos invita a la contemplación del universo, del cosmos al cual pertenecemos y en el que existimos de forma activa, moviéndonos en su seno, transformando lo que está a nuestro alcance, comprendiendo su lógica, respetando sus leyes y tiempos, entregando nuestro trabajo y recogiendo sus frutos. 

Música y danza de agradecimiento a la Pachamama por la vida que nos confía, por la vida que se regenera. Es la música de un universo vivo. Es el ciclo de la vida y del tiempo. Es la danza de la vida, la vida danzada, la vida compartida y celebrada con Aquél que es la Vida.

jueves, 27 de junio de 2013

Tejiendo la vida

Tenemos las herramientas necesarias: hilos de diferentes colores, un telar rudimentario pero suficiente, unas manos diestras y precisas, una historia y una tradición que alimenta e inspira el corazón artista, infinidad de imágenes grabadas en la imaginación, una finalidad para la obra creada, y tiempo, cariño y paciencia para entregar lo mejor de si.

Poco a poco, y guiados por manos expertas, los hilos se van encontrando, relacionando, armonizando, entrecruzando, respetando el momento de cada uno, dejando que el otro haga su parte, se abrazan, se ocultan, surgen de nuevo para dejar su huella y humildemente desaparecen, otros lo seguirán, transformando el diseño, completándolo. La urdimbre orienta, marca el ritmo, estableciendo las referencias básicas para que nadie se pierda en medio de la aparente confusión. 

Vuelta para acá, ahora para el otro lado, se cruza por aquí, se pasa por encima, después por debajo, ahora va, luego vuelve, deja pasar al otro, aquí entra de nuevo, por allí sale… Y así, lentamente, minuciosamente, combinando sabiamente precisión e improvisación, innovación y técnica milenaria, va surgiendo el tejido con sus colores y formas, con sus fondos y figuras. 

Y yo me pregunto ¿no pasa igual con la vida? Como si de hilos se tratase, personas diferentes nos topamos, relacionamos, combinamos, enriquecemos, complementamos, en un contexto que nos orienta y, al mismo tiempo, nos abre a un horizonte todavía sin definir, un destino que espera por nuestra contribución, única, irrepetible. A base de cruzamientos, encuentros, separaciones, avances, paradas, vamos tejiendo el mapa de nuestras vidas, formando las figuras y los colores que nos dan sentido, que nos realizan, que serán útiles para que otras personas las usen y disfruten. Unas manos ocultas, ágiles y amorosas nos guían, sin forzar el ritmo, sabedoras de nuestras capacidades, de nuestros talentos, también de nuestras limitaciones. Unas manos amorosas nos acompañan en la aventura de la vida, tejiéndonos junto a las demás personas, queriendo formar con todas un aguayo (tejido andino) bonito, resistente y delicado al mismo tiempo, con una combinación armónica y equilibrada de colores, con figuras sencillas, pero artísticas. 

El pueblo de la tierra, esta raza color de bronce sabe tejer su vida enfrentando dificultades y carencias. En silencio, humildemente, sin llamar la atención, van pasando por nuestra vida con sus coloridos tejidos, entretejiéndonos en sus preocupaciones, en sus alegrías, en sus dramas. Y así, poco a poco, sin casi percibir, nos descubrimos formando parte de un telar apasionante, tejiendo una nueva vida que, ojalá, sea mejor para todos/as.

miércoles, 19 de junio de 2013

La zampoña

Durante todo el día la tranquila atmósfera anzaldina es atravesada por los sonidos dulces, profundos y melancólicos de la zampoña. Instrumento polifacético, es la flauta ancestral de este pueblo, la flauta pedagógica de los alumnos y alumnas del colegio, la diversión de quien le gusta extraer sonidos sin necesidad de dominar los misterios de la música. Los escolares, practicando una y otra vez las notas de las melodías tradicionales enseñadas por el profesor, van llenando con sus sonidos el espacio silencioso de esta tierra.

La zampoña es lamento y jolgorio, evocación y sueño, canto y diálogo. Cada suspiro perfora la intimidad de las tímidas cañas, provocando en lo más hondo un eco agradable, agradecido. Un soplo de vida que encanta los sentidos, tranquilizando el espíritu, evocando montañas y valles, aproximando la voz de los ríos, de los vientos, despertando los murmullos y las confidencias. Como dos enamorados, cada fila de tubos se abraza y entrelaza en cada melodía, entregando al otro lo que le falta para ser plenamente armonioso, esperando su vez sin prisa ni envidia, vaciándose desinteresadamente para que el amor de su vida destaque y brille. Como sólo en el amor sucede, estos dos seres diferentes se unen de tal manera que forman un nuevo y único corazón, una nueva y única alma, una nueva y única melodía nacida del más íntimo, apasionado y radical encuentro.

La zampoña propaga por los aires los sentimientos, las historias, los lamentos y los amores del pueblo de la tierra, de estos corazones sembrados, de estas vidas florecidas. 

miércoles, 12 de junio de 2013

Colorida esperanza

Alumnos/as del Colegio Calasanz homenajeando a las madres
Los más pequeños no tienen todavía motivos para la desconfianza. Sin conocer, sin entender, sin esperar nada, sin causa aparente, llegan, abrazan y sonríen. Y su sonrisa atraviesa el alma más gélida. Con muchos o pocos dientes, con el frío goteando de sus rostros, con las mejillas quemadas y heridas, con los ojos llenos de vida e historia, llegan corriendo y se abrazan a mis piernas deteniendo el tiempo.

Nacieron con la mirada clara, el afecto espontáneo, el corazón abierto. Ni el frío, ni el sol, ni la tierra, ni la dureza de la vida andina han herido aún su confianza infante. Sin palabras, sin explicaciones ni expectativas, la necesidad del abrazo parece comandar sus vidas y no hay nada que los detenga. 

A pesar del frío, que bien podría justificarlos, no es esta una tierra pródiga en abrazos. Sin embargo, los más chiquitos no entienden de formalismos, ni de costumbres, ni de pareceres. Viven espontáneamente lo que a nosotros, adultos, tanto nos cuesta elaborar. La confianza, el cariño ingenuo, el sentimiento franco, el contacto cálido son el pan diario de su afectividad inexperta. Los que cargamos un corazón curtido por fracasos y vergüenzas, no nos permitimos el lujo de dejarle hablar libre, sin censuras. 

El abrazo infantil desarma los miedos y prejuicios adultos. Como una bocanada de esperanza para nuestro asfixiado espíritu, nos anima a continuar educando en la confianza, en el cariño sincero, en el abrazo profundo, en el amor fraterno.

domingo, 2 de junio de 2013

Señor Silencio

El señor Silencio domina la atmósfera andina. Queda lejos todavía el estruendo del tráfico, de los carros derramando músicas infernales, los gritos de transeúntes estresados o de vendedores estresantes. No importa la hora del día o de la noche, aquí quien manda es la sinfonía de una naturaleza vecina, amiga, viva y vibrante. La música que domina en estos aires es la que surge de la vida, contagiando paz, tranquilidad, profundidad.

Es un ambiente habitado por una multitud de seres que cantan, ladran, balan, mugen, gorjean, sin por ello, perturbar a este señor llamado Silencio. Su presencia inadvertida y constante no se altera cuando los perros salen corriendo y ladrando atrás de un poncho agitado en las sombras. O cuando el rebaño de ovejas atraviesa las calles guiados por una mano niña y una voz bajita. Ni en las primeras horas del día, cuando los toros abandonan la ciudad para su servicio diario acompañados por su experimentado y callado patrón. Tampoco cuando el gallo anuncia que Tata Sol está haciendo nacer el día, siendo recibido por innumerables pajaritos, díscolos y juguetones. Incluso, el nada disimulado burro, fiel compañero de cargas y viajes, adorna sin perturbar este sosegado escenario con sus rebuznos lejanos. Sonidos naturales que acentúan todavía más el poderío del silencio reinante.

El Silencio está en su casa, mientras que nosotros somos los invitados y, a veces, los invasores. Como forasteros que somos debemos aprender a hablar bajito, a caminar flotando, a trabajar callados, a convivir despacio, a vivir desapercibidos. ¿Quién soy yo para alterar sin motivo ni necesidad la vida de este pueblo silencioso, de esta tierra callada, de esta naturaleza armónica y serena?

domingo, 26 de mayo de 2013

Un mundo bajo el sombrero

El sol andino obliga a protegerse, está claro, pero no es sólo por eso. El pueblo de la tierra, esta raza de bronce forjada en el surco, en la piedra, en el viento, vive debajo de un sombrero. 

Es el sombrero protector, es la sensación de llevar la casa siempre consigo, es la necesidad de hacer más manejable el universo que lo acoge, el mundo en el que habita.

Es el sombrero como identidad del pueblo al que se pertenece, al género, al trabajo, al clima… cada sombrero es una historia.  

Y debajo del sombrero, un mundo… Rostros sufridos, con aventuras apasionantes que brotan de cada arruga, de cada mirada. Rostros callados, que se comunican con la pausa y la sonrisa, con el silencio y la mirada tímida. Rostros endurecidos, curtidos, arados como la tierra que trabajan, quemados por el sol del que se protegen. Rostros esculpidos por el tiempo, por el frío, por el hambre, por el olvido. 

Y en cada rostro una memoria viva. Infinidad de recuerdos, agradecidos unos, arrepentidos otros. El peso de los años y el paso de la vida. Nombres y hazañas, sudores y frutos, conquistas y pérdidas. En cada rostro un mapa, un cielo estrellado, una peligrosa tormenta y una brisa calma. En cada rostro el universo entero dibujado, gravado, sembrado.

Debajo de cada sombrero se amontona un mundo de vivencias: traiciones, victorias, agradecimientos, dolores, esperanzas, muertes, celebraciones, mentiras, amores… El sombrero las protege, las alimenta, las cobija. 

El sombrero me recuerda que cada persona es un misterio, deseando darse a conocer, pero exigiendo, a la vez, un respeto sagrado a su intimidad, a su historia, a su tiempo, a su dignidad. 

miércoles, 22 de mayo de 2013

El pequeño adulto

Termina el horario de clases y comienza el tiempo de… trabajar. Aquí es complicado imaginar los niños y niñas jugando, descansando, perdiendo sanamente el tiempo. Las horas sin escuela no son propiedad del niño o de la chica, pertenecen a la familia, a la casa, a la tierra, a las ovejas. Pertenecen a la necesidad de colaborar con lo que sustenta a todos. Pertenecen al adulto que se va forjando dentro de tan tiernos cuerpos.

El trabajo, como fiel perrito, aguarda cada día al estudiante después de sus clases. Y el niño y la niña lo abrazan con su inocencia, con su creatividad ilimitada, la misma que muchas veces es frustrada y abortada en la escuela. Después de agotadoras tablas de multiplicar, de letras y sílabas que nada dicen, de conceptos venidos de otro mundo y que de forma alguna seducen la curiosidad innata de los niños, llega el momento de jugar a ser adulto o de ser adulto jugando, sin perder lo mejor de la infancia. 

La sabiduría del niño excede completamente las expectativas adultas. Ahí donde la persona hecha experimenta cansancio, rutina, obligación, frustración, el niño descubre una diversión. Entonces la escoba se transforma en arma para eliminar polvorientos enemigos, el rebaño de ovejas es una manada de esbeltos corceles cabalgando por las montañas, la tierra se ofrece como un campo abierto a la experimentación, a imaginarias aventuras, a conquistas y batallas para levantar castillos de cebollas, papas y maíz. 

El pequeño estudiante se transforma ahora en pequeña pastora, en pequeño campesino, en pequeña ama de casa o en pequeña cuidadora de los hermanitos menores. Sin dejar de ser niño ya conoce lo que significa cuidar del rebaño que garantizará el sustento de todos. Sin dejar de ser pequeño, comienza a experimentar la dureza de ser grande. Sin dejar de ser niña comienza a sudar el esfuerzo adulto. 

Y aunque sus pies y manos, diminutos todavía, ya estén curtidos por el frío y la tierra, oro cada día para que no se endurezca su corazón tierno. Que no se pierda la infancia de estos niños pastores, de estas niñas campesinas, de estos tiernos brotes obligados a madurar corriendo.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Desfile de toros

Fiesta de San Isidro, el labrador, el que protege y bendice a los campesinos. Cada día, hombres y mujeres (y muchas veces también niños), abandonan sus casas antes de que el sol los salude. En la oscuridad silenciosa comienza su jornada. Un duro desafío les aguarda: arrancar de la tierra, su madre, los frutos que le garanticen la subsistencia. No hay ánimo de lucro (es difícil enriquecerse con la pobreza) ni deseo de acumular, la tierra sabe lo que sus hijos necesitan, aunque a veces las condiciones no le permiten cuidar de ellos como le gustaría. El sudor de sus frentes riega la tierra, devolviendo la savia que sus manos usurpan. Los animales ayudan en la faena. Son compañeros de camino, de esfuerzos, de necesidades, de oraciones y de fiestas. Los animales son para el trabajo, como sus dueños, como todos. El trabajo nos hace fuertes, nos torna sabios, nos vuelve creativos, nos humaniza. Los animales colaboran desde su obediencia noble, en un intercambio justo con quien de ellos se ocupa, pagando con trabajo los cuidados recibidos. Y de entre todos ellos destaca el más bravo, el más fuerte, el más orgulloso, el toro (que no buey). 
En el día del santo campesino, el protagonista es el toro. No para ser sacrificado, como en otras latitudes. Seguro que allí, desde su desarrollismo hipócrita y cínico, reirán al ver nuestros toros coloridos, engalanados, desfilando por la ciudad como héroes, siendo bendecidos a través del agua, fuente de vida y de fuerza. Seguro que el espectáculo del sacrificio cobarde les parecerá más “civilizado” que este desfile de toros adornados con mimo, con cariño, con agradecimiento. La mano que los guía sabe cuánto les debe. Por eso tienen que ser bendecidos, porque seguro que el Dios de los pobres también quiere que esos toros estén sanos y fuertes, para que puedan colaborar con sus dueños en el trabajo por una vida mejor, pobre, pero digna, en armonía con la naturaleza de la cual somos parte y a la cual nos debemos. La mano de Dios hoy actúa a través de San Isidro, el labrador, el protector de los campesinos, los hombres y mujeres de la tierra. Ah, y de sus tan grandes y nobles aliados, los toros. 

sábado, 11 de mayo de 2013

La heladora sombra

El sol andino quema la piel forastera, secando las huellas de una historia forjada en el bienestar y la comodidad frívola. La tentación llega con el nombre de “sombra”, encaminando mis pies y mis energías hacia la oscuridad protectora y placentera. Sin embargo, la naturaleza es sabia en estas altitudes y no tolera huidas ni mediocridades. Cuando el pequeño burgués que hay en mí busca el agradable frescor de la sombra, es recibido por un helador abrazo, un beso congelado que repele y asusta. En la sombra andina no hay espacio para uno, quizás sí para el encuentro cariñoso y fraterno de muchos, pero no para el cobarde ni para el egoísta que, huyendo del trabajo y del roce humano, busca donde refugiar su vanidad.

Es bajo el sol ardiente donde acontece la vida. Su amor quemante despierta nuestros mejores sueños y esfuerzos, nuestras esperanzas y afectos, nuestra humanidad más tierna. El sol nos quema y al mismo tiempo nos curte, ayudándonos a resistir en medio de tanta miseria, de tanta semilla maltratada, de tantas luchas frustradas. El sol que seca nuestra piel es el sol que nos iguala, nos asemeja, hermanándonos en el dolor, en el trabajo, en las marcas de la vida.

Quienes conocen el sabor de la tierra y han bebido por siglos el sudor ingrato del trabajo estéril, saben que el sol, Tata Inti, es vida y fuerza, padre protector y compañero fiel en la lucha por su dignidad ultrajada.

La sombra cautiva en la distancia, invitándonos a abandonar el esfuerzo, a renunciar a las causas comunes y dedicarse sólo al bienestar propio. Quienes conocemos de su poder seductor y alienante no dejaremos que su hielo nos paralice, que su egoísmo nos secuestre, que sus redes individualistas nos atrapen.

lunes, 6 de mayo de 2013

El viento

El viento nos trae noticias de otros paisajes; arenas y olores de historias lejanas. Él es quien mejor conoce los rostros y las voces, las luchas y los besos, los sufrimientos y las alegrías, las necesidades y las conquistas del pueblo de la tierra.
Sin haber sido invitado, el viento escudriña los más íntimos rincones de cada hogar, de cada miseria, de cada pasión. Él sabe mejor que nadie de motivos y consecuencias, de sueños y fracasos, de traiciones y pasiones, de verdades y excusas, de las más ocultas tragedias y de cada grito de vida que llega al mundo.
Con sus estremecedores aullidos nos recuerda que a historia transcurre, que el tiempo pasa, que la vida continúa. Con las nubes de polvo que lo acompañan nos informa de realidades distantes, de geografías desconocidas, pero hermanadas por la tierra que nos envuelve.
A veces el viento nos avisa que un manto de vida está llegando, una bendición del cielo que hará surgir el verde, perfumando los sentidos y garantizando el sustento.
Nuestro anciano y siempre nuevo amigo insiste hoy en hacerse presente, anunciando un frío que ya llega, informándonos de que ya está llamando a la puerta de las montañas y los páramos. Hoy el viento se volvió helado. Mañana será duro, tendremos que trabajar mucho para que el invierno no destruya nuestros mejores sueños. No permitiremos que un eterno frío, instalado en el corazón acomodado, extinga para siempre al pueblo de la tierra.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Inmensa e inocente

Su mirada inmensa e inocente
Como si el universo por completo
Estuviese concentrado dentro de ella
Como si un océano profundo
Inundase cada una de sus pupilas
Como si toda la historia
Pudiese ser comprendida desde su luz
Y en su silencio interpelante
Un interrogante imperioso:
- Cuáles son tus intenciones?

En su mirada
Inmensa e inocente
Una eternidad de frustración
Promesas incumplidas
Y sueños abandonados

A través de su mirada
Inmensa e inocente
Una esperanza que no muere
Un futuro que nos aguijonea
Una tierra que nos suplica

jueves, 25 de abril de 2013

A vista de cóndor

Desierto de Atacama
Desde las alturas infinitas, con la mirada del majestuoso cóndor, dominador de los vientos y las montañas, la tierra se descubre virgen, inmaculada. Desde el azul inmenso no se percibe el dolor anónimo, la carencia básica, el esfuerzo ingrato, el olvido eterno.
Desde la lejanía no se sienten los dramas ni las penas, no se escuchan los llantos ni las risas, no se conocen las historias ni los sueños. Desde la distancia es difícil mancharse con el polvo, la sangre y el sudor que moldea a mi gente. A kilómetros de indiferencia no es posible sentirse hermano, sentirse humano.
El observador distante aprecia los paisajes y las formas, los colores y texturas, indiferente ante la guerra que se debate en sus entrañas: la lucha por la vida, por la dignidad, por la conquista del presente para asegurar el futuro.
Desiertos, montañas, quebradas, volcanes, nieves, arenas, ríos, dunas… una linda fotografía que no refleja lo que sólo la tierra conoce.
Bájate de tu cielo, cóndor ausente, espectador indiferente, turista de la vida. Bájate de tu nube y adéntrate en las venas, las lágrimas, las risas y los cantos de este pueblo que te espera, de este mundo que te necesita, de esta historia que te llama.

domingo, 21 de abril de 2013

Más allá de la historia

Morocomarca (Norte de Potosí, Bolivia).
Oculto entre milenarias montañas, cerquita del cielo y del sol que, como buen padre los protege y cuida, se encuentra un pueblo ancestral. Es el pueblo de la tierra, de los vientos y las rocas. Un pueblo que camina a contramano de la historia, conservando sus tradiciones y arrastrando sus históricos fardos. Un pueblo que sufre la seducción de un supuesto progreso que secuestra a sus hijos, condenándolos a la miseria de la periferias urbanas, a la guerra de las drogas y la delincuencia. Un pueblo que ama su tierra, pero que todavía la baña con sangre cuando la violencia se torna juez para dirimir los problemas. Un pueblo que necesita crecer en dignidad, para ser respetado por todos, para que exista respeto entre ellos. 
Más allá de los cerros, atravesando ríos y barrancos, hay un pueblo que clama, un pueblo que calla, un pueblo que resiste, un pueblo que soporta. Enraizado en la tierra que los sustenta, hay un pueblo que danza al ritmo del arado, con la melodía de los vientos y la fuerza de las rocas. Un pueblo que observa impotente como la minería se come las entrañas de su madre. Sangriento sacrificio para la obtención de riquezas que nunca verán ni disfrutarán. Para ellos siempre la exclusión. Para ellos el olvido. Para ellos la tentación de una vida más fácil y cómoda. De ellos la mano de obra que enriquecerá a otros.
Más allá de las montañas, cerquita del cielo y del tata sol que los protege, hay un pueblo que todavía cree que, con educación, mañana todo podrá ser mejor.

domingo, 14 de abril de 2013

May llajtamanta canqui? (¿De qué país vienes?)

Primer día completo en esta tierra boliviana y una pregunta resuena dentro de mí: May llajtamanta canqui? (¿de qué país vienes?).

Soy de España, pero vengo de Brasil, aunque ya viví mucho tiempo en Venezuela... soy... país... palabras cada vez más confusas en mi identidad personal.

Los documentos y papeles oficiales dejan todo muy claro, demasiado, en un mundo donde todos somos de alguna forma mestizos. Somos fruto de la mezcla, del encuentro, del intercambio, de la comunión.

Soy... del mundo. Quiero ser del mundo. Quiero mirar el rostro próximo y reconocer un hermano, no un extraño o un extranjero. Quiero responder con una sonrisa a quien me sonríe, sin importar el color, el origen, el idioma o la apariencia. Quiero que todas las banderas nos unan y arropen, no que nos dividan y enfrenten. Tal vez por eso me guste tanto la Wiphala, la bandera de los pueblos andinos, expresión de unidad e complementariedad universales (del hombre y la mujer, de las diferentes regiones y sus pueblos, de los sistemas económicos y sociales, de las estaciones, de los elementos...). 

Ahora yo también pertenezco a este universo de la Wiphala, como un hijo adoptado, acogido desde la inocencia de quien, sin conocerme, confía en que no venga como colonizador, como quien todo lo sabe, como "desarrollado", sino como hermano, para aprender del pueblo, de la tierra, de las montañas ancestrales, del Inti Tata (padre sol) y de la Mama Quilla (madre luna). Quiero pertenecer a este mundo colorido, diverso, mestizo, que respeta, conoce y valora cada raíz, cada origen, pero que mira con esperanza y compromiso a un futuro de justicia y comunión fraterna, universal.

May llajtamanta canqui? No vengo de ningún país. Vengo del mundo. Porque soy de quien me acoge. Soy de quien, conmigo, quiera construir un nuevo mañana. Soy de quien se sienta hermano y hermana de la humanidad toda, hijo e hija de la tierra, padre y madre de la justicia y la paz.

sábado, 19 de enero de 2013

Presentación

Este blog cobrará vida en unas pocas semanas, tal vez desde tierras europeas, si no, seguro que desde tierras bolivianas. En esta nueva etapa de mi vida, un nuevo blog para compartir poesía, reflexiones, experiencias... Nace el hermano de Utopias, el blog que por varios años fue una ventana de mi vida al mundo. 
Illariy (amanecer, resplandeciente, fulgurante en quechua) expresa el deseo y la esperanza de que esta nueva jornada me acerque a horizontes desconocidos y me conduzca por parajes apasionantes.