miércoles, 5 de agosto de 2015

El retorno

Con el frío en la piel, el sol en la mirada y la tierra en el corazón. Dejando atrás sus casas, sus campos, sus afectos y sus esfuerzos. Cansados por el trabajo compartido, por la colaboración espontánea en los quehaceres domésticos y agrarios. Cansados pero felices, con sus rostros resplandecientes, iluminados por una sonrisa llena de esperanza, de futuro, de vida. Ascendiendo por los cerros o descendiendo por las quebradas, recorriendo kilómetros de tierra y roca, cargando unas pocas cosas para enfrentar la semana. Así van llegando nuestros niños, niñas, adolescentes y jóvenes a su segundo hogar, al internado donde residen, donde juegan, estudian y crecen. Juntos aprendemos a construir una gran familia, enfrentando conflictos, compartiendo alegrías y fracasos, emociones y afectos, trabajos y conquistas.

Cada viernes es para ellos un retorno al trabajo duro, a la vida esforzada, al hogar humilde, al calor familiar. La cocina de leña, el humo en el alma, el jergón compartido, las ovejas amigas, el perro fiel y vigilante, unas pocas familias vecinas, un mundo pequeño y conocido que se lleva en la sangre, una comunidad que es referencia, raíz y savia en la vida de cada persona de esta tierra. Volver a casa es regresar a la tierra propia, a “mi lugar” como aquí le dicen, a la cuna de la identidad propia, al útero donde se forjaron los valores, las emociones, los sueños y las esperanzas. En su lugar cada persona encuentra a su gente, alimentando la memoria con historias y aventuras, con sufrimientos y luchas, con amores y cantos. En su lugar la gente se siente comunidad, pueblo, raza. 

Cada domingo llega el retorno al internado, a la vida organizada, a los horarios establecidos, a los hábitos obligados. Es el tiempo de reencontrarse con las amistades, con quienes no son tan cercanos, con quienes hay que aprender a convivir, con quienes surgirán conflictos, forjando las actitudes necesarias para la construcción del bien común. Volver al internado significa salir del pequeño mundo familiar y comunitario para abrirse a una enorme familia, con las grandezas y las miserias de cualquier familia, pero a lo grande. Aquí se descubren y educan las actitudes personales, el carácter de cada quien, los mejores y peores hábitos. Todo queda a la vista cuando tenemos que enfrentarnos a una convivencia tan intensa y multitudinaria. El internado es para muchos una segunda casa, sin la precariedad del hogar familiar, sin los contratiempos de quien vive al día, sin los sobresaltos de quien no tiene asegurado el sustento básico. Aquí no falta nada, ni alimentación, ni lo necesario para la higiene, para el estudio o, incluso, para el juego y el tiempo libre. Todo en su justa medida, sin excesos, sin derroches y sin carencias. Se trata de una sobriedad que educa, exigiendo el cuidado por parte de cada uno, el uso adecuado para que a nadie le falte.

La vida de nuestros niños, niñas y adolescentes es un constante retorno. También lo será, para ello trabajamos, su vida después de la escuela y del internado, cuando vuelen hacia nuevos destinos para continuar su formación. Cuando elijan volver a sus raíces para ofrecer lo que recibieron, lo que construyeron, lo que desarrollaron en otros lugares. Un retorno para vivir y trabajar en su tierra, con su gente y al servicio de su pueblo.

2 comentarios:

  1. El retorno es bello, sea hacia la raíz o hacia el horizonte... Es algo que marca nuestros caminos - salimos y volvemos - esta rítmica parece a la esencia misma de la vida...
    Saludos
    Ricardo

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  2. Omar A.S.9/25/2015

    Es constante en nuestras vidas, me recuerda al zorro de el principito, que esta ansioso al retorno de su amo cuando ha sido domesticado y a la reflexión de la película Patch Adams, en la que se menciona que: la vida es un constante al hogar

    y por cierto yo ahora mismo inicio el retorno a casa con mi familia.

    Saludos.

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