domingo, 9 de noviembre de 2014

El ciclo de la vida

En medio de estas poderosas cumbres, cada ser, pequeño o grande, se percibe como un insignificante eslabón de una infinita corriente de vida. Y en el corazón de este flujo eterno de vida hay un pueblo que ha aprendido a leer los signos, a interpretar las claves y armonizar las voces de un universo hermano y de una tierra madre.

En ningún otro lugar, de los muchos que he recorrido en esta mediana vida, he podido descubrir con tanta claridad esa corriente de vida que lo atraviesa todo, poniéndolo en comunicación íntima y profunda, como un eterno ciclo, no cerrado sobre sí mismo, sino abierto a la sorpresa, a la improvisación, a la creatividad. Lo identificaría con una espiral tridimensional, formada por una infinidad de pequeñas espirales, todas ellas reproduciendo la figura materna, pero cada una de manera original y única. Un infinito movimiento circular abierto, en avance continuo, en construcción constante. Un ciclo de vida donde todo vuelve a su origen, todo se repite, pero nunca de la misma forma.

Vuelven las estaciones y con ellas las prácticas agrícolas, pero cada año es una sorpresa inesperada. Vuelve la vida en cada nacimiento, pero indescifrable en cada ser. Vuelve la muerte inevitable, pero en formas y efectos impredecibles. Vuelven las fiestas, con sus ceremonias y ritos, pero siempre en un presente nuevo y para un futuro solamente deseable. Vuelven los fenómenos cósmicos y atmosféricos, pero exigiendo interpretaciones actualizadas.

También en la vida personal el ciclo se impone. Las experiencias que me configuraron parecen volver una y otra vez, pero siempre con aromas nuevos, con nuevas voces, con formas diferentes. Hasta la salud, tan enraizada en la vida emocional y social, parece retomar constantemente los antiguos males cuando ya parecían superados. Las emociones que me edificaron continúan ahí plantadas, nunca desaparecen, nunca se superan, solamente van transformando los acordes en los que se expresan. Los conflictos van cambiando, pero sus raíces son siempre las mismas; solamente que cada nuevo conflicto bebe de una determinada raíz y no de otras. Arrancarlas, sería desgarrar mi más profunda identidad. Aceptarlas, un difícil pero necesario paso para la paz interna.

Hasta el trabajo obedece a este tirano y, al mismo tiempo, tolerante ciclo de la vida. Nuevos proyectos, creativas soluciones a antiguos problemas, deseos eternos y esfuerzos intensos para construir un ambiente más solidario, más pacífico y fraterno. Toda esa novedad no es sino una lectura actualizada de lo que la vida nos enseñó a lo largo de esta “espirálica” historia. Cambian los contextos y los lenguajes, pero no hacemos sino repetir, de forma creativa, lo que nuestros ancestros y nuestra gran maestra la naturaleza llevan milenios realizando.

Llegó el tiempo de la siembra, después de haber empujado con esfuerzo e ilusión el arado, después de haber preparado con caricias y oraciones el seno fértil de la Pachamama. Las lluvias nos han bendecido en estas semanas. Nuestros difuntos nos han visitado para transmitirnos la fuerza de la vida y la sabiduría de la muerte. El ciclo se completa, pero no es el mismo ciclo de ayer. Mañana será como siempre, un nuevo desafío al que nos enfrentaremos con el corazón abierto y los puños cerrados, aprendiendo del pasado, agradeciendo por esta vida que nos inunda, dejándonos llevar, de forma creativa, por esta corriente infinita de comunión, amor y eternidad.

viernes, 22 de agosto de 2014

Herederos de San José de Calasanz

En unos pocos días, nuestro colegio se vestirá de fiesta para conmemorar un aniversario más de San José de Calasanz, fundador de las Escuelas Pías, Patrono Universal de la Escuela Popular Cristiana y quien da nombre a nuestra Unidad Educativa. Y en estos momentos surgen en mi mente y en mi corazón (cuando consigo dedicar un tiempo para que se encuentren y dialoguen) dos sentimientos que pueden parecer contradictorios: orgullo y temor. 

El primero nace al recordar una historia apasionante de entrega a favor de la educación, especialmente de la infancia más pobre y olvidada. Son muchas personas, en diversos lugares del mundo, que día a día y durante muchos años, se han dedicado a los más pequeños y necesitados, siguiendo la intuición y audacia de nuestro fundador. Calasanz descubrió que la educación es, con palabras prestadas de Gabriel Celaya, “un arma cargada de futuro”. Mirando cara a cara la exclusión existente en la Roma de su tiempo (siglo XVI y XVII), Calasanz no se deja llevar por la inmediatez, sino que apuesta por un futuro más digno, más justo y en paz, especialmente para las víctimas de la miseria y de las violencias que surgen por su causa. La caridad asistencialista, tan predominante en aquel tiempo, dará paso en Calasanz a la educación transformadora y liberadora. Aquellos que la sociedad usa y elimina, serán para nuestro fundador los protagonistas de un futuro prometedor para todas la humanidad. Los excluidos, ignorados, explotados y descartados, serán para Calasanz semilla de un mundo mejor, en el que no existan más estas injusticias, en el que todas las personas puedan vivir con la dignidad de quien se sabe hijo/a de Dios, con libertad para elegir y construir la vida que quieran, con igualdad para que a nadie le falte lo básico, con confianza para esperar lo mejor de sí mismo, de los demás y de la vida.

Siento orgullo por ser continuador de una historia surgida en un corazón revolucionario, en una mente visionaria, en un espíritu rebelde y una voluntad inquebrantable. Calasanz me llena de orgullo por atreverse a soñar, por romper estereotipos, por transformar sus palabras y deseos en proyectos eficaces y coherentes, por enfrentar oposiciones y calumnias con paciencia y firmeza en sus convicciones. 

Sin embargo, el orgullo no viene solo. Junto a él, de la mano, llega caminando el temor. No me refiero al miedo, muchas veces paralizante o provocador de reacciones insensatas, viscerales. Hablo del temor como respeto o precaución por el exceso de responsabilidad que conlleva esta misión. Siento temor al descubrir la actualidad y urgencia de aquella intuición primera. Siento temor al saber que la historia me preguntará qué he hecho por este mundo como escolapio, como heredero de Calasanz. Siento temor al saber que la vida presente y futura de cientos de niños, niñas y adolescentes depende, en gran medida, de mi audacia, de mi entrega, de mis decisiones y de mis indecisiones. 

Muchas veces usamos palabras aprendidas, convertidas en tópicos institucionales, sin meditar en su significado profundo y, sobre todo, en sus consecuencias para nuestra vida personal y comunitaria. “Educar es liberar”, “educamos para transformar el mundo”, “educando transformamos vidas”… y tantas otras que expresan el corazón de la misión escolapia. Las repetimos, escribimos, publicamos, pero ¿realmente tienen su reflejo en nuestra práctica diaria, en el desempeño de nuestras responsabilidades en la misión escolapia? ¿Efectivamente es eso lo que promovemos con nuestras decisiones, actitudes y palabras? 

Siento temor al percibir cuánto nos falta y qué lento caminamos para llegar al horizonte soñado por Calasanz. Desconfío cada vez más de proclamas, manifiestos, propagandas y declaraciones institucionales que, después, no se traducen en decisiones, en opciones claras y atrevidas, en proyectos coherentes, en relaciones transparentes y sinceras.

Orgullo y temor, dos sentimientos que caminan de la mano al acercarnos a la fiesta de San José de Calasanz. Dos sentimientos que no me dejan acomodarme ni perderme en la búsqueda de un prestigio superficial y falso. Dos sentimientos que me obligan a estar alerta delante de las tentaciones narcisistas y egocéntricas que tanto daño están causando a la Iglesia en estos tiempos de incertidumbre y transformación. Dos sentimientos que me ayudan a permanecer fiel a pesar de las muchas infidelidades institucionales y personales, porque nuestra vocación escolapia tiene hondas raíces y un hermosísimo horizonte por delante.

martes, 5 de agosto de 2014

Día de la patria

Estamos ya en las vísperas del día de Bolivia, la gran fiesta de un pueblo que son muchos, de un estado creado artificialmente (como los son la mayoría, por no decir todos), de un país nacido en medio de invasiones, esclavitudes, rebeliones, ejecuciones, explotaciones, guerras, dictaduras... Un estado “plurinacional” (paradigma político pionero en el mundo entero) bautizado, alimentado y madurado con sangre.

El día de la patria es una bonita oportunidad para recordar una historia sufrida, para traer a la memoria las hazañas libertadoras de quienes se rebelaron contra la dominación extranjera, de renovar el espíritu libertario que transformó esta tierra oprimida y explotada en un estado soberano, dueño de su proprio destino, responsable de su presente y constructor de su proprio futuro.

Sin embargo hoy, la celebración de este día me lleva a otras reflexiones de carácter mundial, internacional, histórico. Hablar del día de la patria me provoca un sentimiento ambiguo. Por un lado, como decía anteriormente, surge la memoria agradecida de quienes dieron la vida por conquistar la libertad y la autodeterminación, desterrando de sus tierras al invasor, opresor y explotador. Por otro lado, mirando la historia de nuestra humanidad, surge un sentimiento de rebeldía contra el concepto mismo de “patria”. La historia de los pueblos y naciones de la tierra es una historia de sometimientos, de invasiones, de opresiones, explotaciones. Los más fuertes siempre subyugaron a los más débiles, los más evolucionados militarmente impusieron su raza sobre las demás, los más ricos exterminaron a sus rivales para no perder sus privilegios, los más poderosos transformaron sus costumbres (culturales, religiosas, económicas…) en la única verdad.

Fueron muchos los argumentos, banderas, causas y justificaciones que auspiciaron guerras, invasiones, exterminios, esclavitudes… pero desde hace tiempo un concepto se impuso a los demás: la patria. En su nombre se han sacrificado generaciones, se han aniquilado pueblos y culturas, se ha destrozado la naturaleza y se han manipulado las conciencias. Debo reconocerlo, la sola palabra patria me da miedo, me provoca rechazo, me predispone negativamente.

¿Cuál es la patria de tantos pueblos divididos por fronteras artificiales? ¿Qué puede significar la patria para quienes son explotados o marginados por sus propias autoridades? ¿Qué color tiene la patria para quienes nunca fueron reconocidos como pueblo? ¿Qué decir de patrias creadas por la fuerza bruta y que hoy siguen exterminando pueblos enteros para evitar que construyan su propia patria? ¿Qué es la patria para las minorías ignoradas o para las mayorías invadidas?

Me resisto a conmemorar la patria, sea cual sea. No me identifico con ninguna patria y por ninguna de ellas daría la vida. En mi ya mediana vida me he sentido vasco, español por obligación, me hecho venezolano, brasileño, ahora boliviano y ¿mañana? Seguiré siendo del mundo, esa es mi patria, esas son mis fronteras, la humanidad toda es mi paisana. Sólo ella, la humanidad, merece el sacrificio de la propia vida. Únicamente ella y su derecho a vivir con dignidad, con justicia y en paz, merece que le entreguemos nuestros mejores talentos y esfuerzos. Solamente por la familia humana, pasada y futura, celebraré que un día, en un rincón de este maravilloso planeta, se desterró, al menos por un tiempo, la opresión…

miércoles, 23 de julio de 2014

Revolucionando la educación

Parecía un sueño, un proyecto ilusorio, distante, irreal. Sin embargo, hasta los sueños se hacen realidad cuando las voluntades se juntan y los esfuerzos se coordinan. 

El año pasado por estas fechas hablábamos de transformar Anzaldo en un referente nacional en materia educativa, organizando un Congreso Internacional de Educación en nuestro humilde, pequeño y desconocido pueblito. Soñábamos con un espacio de reflexión, para mostrar y compartir experiencias diversas, alternativas, algunas más locas, otras ya veteranas. Queríamos ofrecer unos días de aprendizaje, de diálogo, con la nueva ley de educación boliviana como desafío y con un horizonte claro: reinventar la educación.

Después de mucho trabajo, desvelos, alegrías y frustraciones, conseguimos realizar nuestro sueño. El nombre de Anzaldo aparecía en radio, prensa escrita, en la red… este pequeño y maravilloso pueblo se transformaba en unos días en un laboratorio de educación. Educadores/as venidos de diferentes lugares del país compartían con nosotros sus inquietudes, sus esperanzas, sus miedos y sus aprendizajes. Invitados/as llegados de nuestro país y de países vecinos para los diversos talleres y conferencias nos mostraban su trabajo, sus vivencias y luchas, sus sueños y desafíos en esta aventura apasionante de la educación. Todo ello en un ambiente de serena complicidad, de miradas brillantes y emocionadas, de sana y motivadora envidia, de diálogos sinceros y espontáneos. La excesiva formalidad, tan acostumbrada entre autoridades y profesores/as, cedió al trato amigable, cercano, respetuoso por el afecto y no por los títulos, confiado por la sintonía mutua y no por el protocolo. Y no podemos olvidar la contribución humilde, silenciosa, sonriente y cariñosa de toda la población anzaldina, en las calles, en la cocina (haciéndonos degustar en abundancia los mejores platos de nuestra región) o en los diversos servicios, para que todo estuviese listo en el momento oportuno.

Gracias a todo esto, conseguimos hacer de este Congreso un momento especial, con una expresión que, poco a poco, fue invadiendo el ambiente: necesitamos urgentemente “revolucionar la educación”. Como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, esas palabras comenzaban a dominar el verbo en las conferencias y talleres, en momentos formales y en diálogos informales, en presentaciones y en conclusiones. No se trata de reformar, adaptar, mejorar o afinar. El mundo actual está pasando por una transformación profunda y rápida, y desconocemos todavía cuál será el destino de este veloz viaje, pero sí que vamos detectando algunas pistas que nos deben ayudar en el camino. 

Está claro que este mundo necesita un cuidado integral, de hombres y mujeres que se sientan parte de todo lo que existe, en comunión armónica y recíproca con la naturaleza, con el tiempo y el espacio que nos toca disfrutar. Este cuidado integral, de todos/as y de todo, debe llevarnos a reinventar los modelos de vida, personales y sociales, superando la visión consumista de la vida, de la economía, de la política y de la educación. Vivir para vender y comprar, para especular y lucrar, para tener más, para agotar, es garantía solamente de una cosa: la extinción definitiva y rápida de la humanidad y de la vida en este hermoso planeta.

Somos herederos de una historia de guerras y luchas intestinas para controlar los recursos naturales, las vías comerciales o los territorios, imponiendo el pensar o el creer de un pueblo sobre los demás, dominando la vida y el trabajo de las otras personas en beneficio propio. Y después de tantos siglos de derramamiento de sangre inocente, el mundo que contemplamos hoy no ha cambiado en casi nada. Debemos garantizar unas relaciones interpersonales, sociales e internacionales basadas en la paz, el diálogo y la solidaridad, de lo contrario simplemente sucumbiremos con la explosión de la última bomba. No basta con la creación de organismos internacionales, normalmente viciados por los intereses de quien más tiene y más puede. No basta con tratados, acuerdos, etc. que solamente sirven para garantizar los privilegios de élites inter e intranacionales. No es posible continuar diseñando un mundo, y cada país por su parte, sacrificando generaciones completas, presentes y futuras. 

Vivimos en un mundo dominado por una cultura comercial cínica, criminal, cruel e insensible. El beneficio monetario inmediato es sagrado y en su nombre se sacrifican personas, pueblos, recursos, seres vivos, paisajes y hasta el futuro mismo. No concebimos que sea posible vivir sin ese afán de lucro, de ganancia desmedida, de acúmulo innecesario, de competencia salvaje. Cada persona tiene que encajar en el rompecabezas del mercado, no importa si para ello deba renunciar a sus mejores capacidades y sueños, a su talento único e, incluso, a su felicidad profunda. Como borregos compramos el modelo de la clase media, de la sociedad del bienestar, del individualismo consumista y depredador. Y así lo único que conseguimos es colocar nuestro granito de arena (o nuestra roca de granito) en la destrucción de nuestro planeta y de nuestra humanidad. Los pueblos, las sociedades, las comunidades, las familias, todas las personas sucumben delante de este modelo único. 

¡Un nuevo mundo es posible, necesario y urgente! Y solamente con una nueva educación será factible. Nuestras leyes de educación (exceptuando casos como el de Bolivia), nuestros proyectos educativos, nuestras escuelas en su organización y gestión, nuestro quehacer diario en el aula, nuestros ambientes físicos y humanos, no son sino garantía de continuidad. Consciente o inconscientemente seguimos inmersos en la cultura comercial, individualista, competitiva, depredadora y consumidora. Enseñamos (no me atrevo a decir “educamos”) para ello, preparamos para salir bien en la lucha por la supervivencia, para estar entre los primeros, para ser los mejores entre los iguales. Para ello eliminamos las peculiaridades personales, homogeneizamos los ritmos, los planes, las capacidades y los resultados exigidos. Estamos reproduciendo el mundo que tenemos, estamos acelerando este suicidio planetario.

La educación para un mundo diferente tiene que surgir de una verdadera revolución, removiendo los fondos existenciales del tiempo presente, avivando las tenues llamas del Espíritu en cada ser, sembrando en el corazón y en la convivencia diaria los valores que nos garanticen el futuro: la solidaridad, la justicia y la paz.

¡Revolucionemos la educación! ¡Reinventemos la escuela! ¡Quebremos los paradigmas que fundamentan este modelo único! ¡Atrevámonos a soñar y comencemos a realizar nuestros sueños!

miércoles, 16 de julio de 2014

Se acerca la fiesta

Hace unos días comenzaron a retumbar los primeros cohetes en el, normalmente, tranquilo y silencioso ambiente anzaldino. Su estruendo anuncia algo que todos conocen y esperan, con la ansiedad del cumpleañero al abrir su regalo. ¡La chicha está saliendo! En estas fechas cada casa se transforma en una fábrica de chicha, elaborada con cariño, con cuidado, con la sabiduría ancestral transmitida en cada familia, con la responsabilidad heredada de ofrecer la mejor chicha posible a amistades y visitantes.

En una semana las calles de Anzaldo se llenarán de gente, de vecinos del municipio y de extraños venidos de lejos, de anzaldinos residentes en otras ciudades y de personas devotas de Tata Santiago. En los días de la fiesta, Anzaldo se transforma en un pequeño zoológico humano. Todos los colores, todos los sombreros, todas las polleras, todos los peinados… Existen otras fiestas igualmente importantes o incluso más que la fiesta patronal, como los carnavales, el día de difuntos, etc. Sin embargo, Tata Santiago tiene un poder de atracción único. El Señor de las tormentas y poderoso protector del pueblo, congrega en estos días chunchus y diabladas, morenadas y caporales, tinkus y salays, con sus mejores galas y sus pasos milimétricamente ensayados, con sus bandas animando las diversas danzas y con la chicha bañando la Pachamama que los recibe y bendice.

Los excesos y despilfarros son parte inherente a la fiesta. Es necesario botar la casa por la ventana para que la fiesta sea grande y, así, poder retornar a la vida cotidiana con energía suficiente para completar el año.

Estamos todavía en los días de preparativos y ensayos. Los cohetes saludan a la chicha recién nacida. La música ya invade algunas casas y calles, donde las diversas fraternidades anzaldinas preparan sus danzas en homenaje a Tata Santiago. Las calles se han ido asfaltando, cumpliéndose así la promesa de la Alcaldía. El pueblo está cada vez más bonito y las familias más ansiosas. Tata Santiago lustra ya sus botas camperas y se adornan las crines de su blanco corcel. La fiesta grande se acerca y todo se transforma.

¿Y si consiguiésemos hacer de la vida una fiesta permanente? ¿Por qué no podemos vivir, trabajar, relacionarnos, jugar, amar cada día como si fuese un día de fiesta? ¿Por qué restringir a unos pocos días lo que tan bien nos hace: la carcajada, la fantasía, la generosidad, la danza, la oración devota y el abrazo fraterno?

Que Tata Santiago nos ayude a construir, en la gris rutina de cada día, una profunda y compartida felicidad, para que el pueblo de la tierra conquiste para siempre la alegría que no se borra, la justicia que no se extingue y la paz floreciendo en cada gesto.

jueves, 3 de julio de 2014

Enfrentando nuevos desafíos

Ni modo, nos encanta enfrentar desafíos. Creo que está en nuestra sangre escolapia, como bien nos recordaba en estos días nuestro Superior General, la audacia y la persistencia. Con ambas actitudes inscritas en nuestro código genético, no puedo imaginarme tranquilo en la monotonía, satisfecho en la rutina repetitiva, ni orgulloso de la estabilidad conquistada. Me quema por dentro, como a un viejo aventurero, el llamado de los nuevos horizontes, de las nuevas jornadas de marcha, sin saber qué paisajes encontraré y sin importar los esfuerzos que deberé realizar. 

Vivimos en un mundo en transformación, veloz y descontrolada, y muchas veces me pregunto si no será moda ese deseo irrefrenable de cambiar, de innovar, de transformar lo que somos y hacemos. Puede que sea moda o, simplemente, un dejarse llevar por la corriente dominante, sin embargo estoy convencido de que sólo desde esa dinámica podremos responder a los desafíos de este mundo, sin quedarnos relegados al pasado, congelados en un mundo imaginado que ya fue y no será más. 

Desde este pueblito pequeño, rural, pobre se observa el mundo como desde lejos, como el espectador de una carrera automovilística, viendo como cada acontecimiento se acerca y pasa, sin él darse cuenta, sin tomar conciencia, sin reparar en los detalles. La vida de ese espectador, por el contrario, es pausada, tranquila, monótona, sin acelerones ni virajes arriesgados. Instalado en su querida tierra deja que el mundo corra, vuele, se revuelque y se accidente, triunfe y celebre, como si nada de eso fuera con él. 

Esta actitud de vida tiene sus luces y sus sombras. Por un lado la vida es más saludable, sin los apretones del estrés de la vida moderna. Por otro lado, queda la sensación de estar siendo dejado de lado, de haber sido olvidado por el resto del mundo, de no ser tomado en cuenta. Ser ignorado es actualmente sinónimo de ser marginado. 

No me interesa la publicidad, ni la fama, ni el prestigio. En la tierra anónima del pueblo se vive mejor, lejos de las luchas crueles de vanidades, celos y orgullos narcisistas. Sin embargo, creo que ha llegado la hora de darle la vuelta al espectáculo, dejar de ser espectador y mostrar al mundo que este pueblo humilde, esta tierra desconocida, estos paisajes agrestes tienen voz y quieren vez en el futuro que entre todos/as construimos. No queremos ser más espectadores en un mundo dominado por intereses egoístas y manos manipuladoras. Queremos encontrar nuestro lugar y correr nuestra propia carrera, a nuestro ritmo, con nuestros valores, con nuestra gente. 

Como educadores/as tenemos la apasionante responsabilidad de recrear el mundo, en cada persona, en cada relación, en cada vida cuidada y acompañada. Tenemos la obligación de mirar siempre más allá de lo que somos y hacemos, insatisfechos y críticos. Sólo así podremos crecer, respondiendo a los desafíos del presente, diseñando un futuro mejor para todos/as, cuidando hasta que florezca la semilla existente en cada corazón. 

Quien tema los nuevos desafíos y renuncie a reinventar las prácticas y los hábitos, quien no quiera “perder” tiempo soñando y sembrando esos sueños, creo que no vale para la educación. Quien se sienta feliz en el silencio impuesto y en la disciplina despersonalizadora, quien busque uniformizar las almas y los deseos, queriendo transformar la escuela en cementerio o en cuartel o en fábrica, que abandone por favor los ambientes escolares y busque su espacio natural, porque ciertamente la educación no lo es. 

Quienes se sientan y deseen crecer cada día como educadores/as, no pueden perder una sola oportunidad para plantearse nuevos retos e iniciar nuevas aventuras. No por moda o esnobismo, sino por fidelidad vocacional de quien ha decidido dedicar su vida a cuidar de las otras y construir con ellas un mundo más humano y fraterno. 

Nosotros, mientras tanto, seguiremos enfrentado cada día un nuevo desafío, ni modo.

sábado, 14 de junio de 2014

El frío del sur nos visita

Un viejo amigo ha vuelto a casa y se ha instalado entre nosotros. Se trata del invernal frío quien, poco a poco, ha ido espantando las suaves temperaturas, adueñándose sin misericordia de amaneceres, atardeceres y noches. Empujado por los vientos del sur, arrastrándose por las cimas nevadas, acariciando las heladas rocas andinas, el frío va llegando, lentamente, sin pausa. Y el paisaje se va transformando en una metamorfosis cíclica y necesaria. El verde veraniego, los campos floridos, la exuberancia vegetal van cediendo frente al empuje del ocre, desnudando troncos y ramas, descubriendo piedras y campos, sacando a la superficie los fondos de los ríos que, como venas abiertas y secas, atraviesan los campos con el agua sólo en la memoria.

El invierno nos va dominando, paralizando, arrugando, obligándonos a ocultar nuestra vida abajo de chompas, ch’ullu, ponchos, mantas y chalinas. La natural timidez andina se refuerza en estas fechas con las sucesivas capas de lana, en la tenaz tentativa de alejar el frío. 

El viento sur transforma climas, cambia paisajes, altera ritmos de vida, adorna de blanco las montañas, amenaza especies y cultivos, azota pueblos. En estas alturas australes se percibe el poder del viento sur con toda su crudeza y pasión. 

Y mientras me arropo y abrigo, animado con el pijcho de coca, comienzo a divagar sobre estos fenómenos. Hace mucho tiempo que todas las verdades, todos los saberes y todas las leyes nos han ido llegando del norte de este mundo asimétrico. Culturas, ejércitos, religiones, paradigmas… todo lo que se consideraba válido, moderno, civilizado, provenía del norte. Nada de lo que forma parte de la vida humana en el sur se juzgaba respetable. Todo en el sur debía ser superado, modernizado, purificado, en definitiva, occidentalizado.

Ahora, sintiendo el frío sur en mi rostro, pienso: ¿No habrá llegado ya el tiempo en que el sur del mundo (y también el sur del norte) como frío vendaval se levante, azote y haga temblar a esta humanidad adormecida? ¿Hasta cuándo habrá que seguir aguantando tanta humillación, desprecio y olvido, por parte de quienes siempre se creyeron el ombligo del mundo? 

En este Sur geográfico, sociológico y humano, está surgiendo un nuevo horizonte, comunitario, solidario, digno, universal, superando los modelos únicos generadores de exclusión, de miseria, de muerte. En este Sur ignorado hay un pueblo que sueña con una vida digna y ecológica. Un pueblo que trabaja y produce para vivir, no como esos otros que viven para trabajar y poder consumir lo que innecesariamente se produce. En este Sur explotado hay una esperanza sembrada en cada hijo/a, muchas veces reventada a golpes machistas, pero siempre creciendo en medio de la carencia. 

En este Sur subversivo hay un frío que lo invade todo, invitándonos al rebujo hogareño, compartiendo la sagrada coca, soñado con nuevos amaneceres y desde la cálida sencillez campesina, agradecer por cada fruto obtenido y rogar por cada semilla depositada con esfuerzo en el seno de la Pachamama. 

El frío del sur nos visita pero no nos vence. Hoy más que nunca, el chicote invernal nos espolea para que mantengamos viva la esperanza, reafirmando nuestras convicciones y construyendo con orgullo nuestro futuro.

jueves, 22 de mayo de 2014

Los dorados campos otoñales

 El sol ha estampado su rostro en el paisaje anzaldino. Cuando el verde comienza a perder su hegemonía, cediendo terreno frente al ocre invernal, los campos de trigo alcanzan su apogeo, engalanando el paisaje andino, mostrando en el esplendor de su brillo el cálido rostro de Tata Inti (Padre Sol).

Pasó ya la cosecha de la papa, el maíz también sucumbe al golpe de la mano campesina, surtiendo de choclo las despensas familiares y ofreciendo sus cañas para sustentar el ganado en la escasez invernal. Tunas, arvejas, habas, todas ya abandonaron sus plantas madres, recompensando el esfuerzo de quien sembró esperanzado. Ahora es el tiempo del trigo, alimento típico y básico del pueblo anzaldino. Las cargadas espigas se elevan vanidosas sobre hierbas y arbustos, dejándose mecer por el cada vez más frío viento. En su danza colectiva, se acuestan y levantan, se balancean y encrespan, se abrazan y empujan, un pequeño mar áureo agitándose armoniosamente en medio del polvo y las piedras.

Sin embargo, su presente dorado tiene los días contados. La mano que sembró y cuidó se prepara ya para la siega. Las hoces comienzan a despertar del letargo, afilando sus dientes para la dura jornada que se aproxima. Su esplendor es efímero, sus días de grandeza pasajeros, pero suficientes para alegrar la vista del viajero. 

El trigo es un maravilloso aliado del pueblo de la tierra. No es exigente con el suelo ni con el clima, no precisa de grandes cuidados, sabe retribuir con abundancia los esfuerzos invertidos. Humilde en su opulenta apariencia, se ofrece por entero en cada espiga, en cada grano. Y aunque la cosecha es dura, la recompensa siempre vale la pena. 

En esta ocasión no consigo asemejar el trigo a nuestra misión educativa, más bien al contrario. En la educación son necesarios los esfuerzos, los cuidados, prestando atención a cada detalle, al suelo en el que se educa, al clima que se crea, al cariño y la exigencia, al riego constante y a la vigilia protectora. Los escasos brillos que a veces se producen, no deben cegar los ojos educadores, pues es en la sombra y en la monotonía donde los corazones se transforman y los afectos se cimientan. Y si la expectativa es recoger una copiosa cosecha, recompensando desvelos y cansancios, la frustración será grande y el fracaso cierto. Quien se deja, cada día, la piel educando sabe que no existen cosechas, ni frutos, ni espigas, ni dorados galardones. La educación se alimenta a sí misma con cada encuentro, cada sonrisa, cada conflicto superado, cada conquista realizada, cada fracaso analizado, cada sueño vislumbrado. En educación se debe enfrentar la tentación de quedar fascinado por el brillo de la masa, por la danza uniforme de uniformados anónimos, por el dorado resplandor de la homogeneidad sincronizada. Para el educador de corazón, cada ser es único, cada espiga es un mundo, cada grano un misterio. ¡Que cada ser construya su propia danza, inspirado por lo que el corazón le dicta, sin entorpecer la danza de los otros, sin aprovecharse del esfuerzo ajeno, contribuyendo de forma única al tesoro de la complejidad, respetando la diferencia y procurando la armonía plural y diversa!

Los campos de trigo resplandecen en el horizonte, pero su pompa se extinguirá rápidamente. Mientras tanto, en la opaca y desapercibida cotidianidad, continuaremos educando, alimentando sueños, alentando esfuerzos, despertando conciencias, transformando vidas. 

El sol grabó su rostro en el paisaje anzaldino, temporalmente. Su fuego, sin embargo, lo sembró para siempre en el corazón humano.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Educando a todo vapor

Este año está siendo frenético. Infinidad de proyectos nuevos y ambiciosos. Una ley de educación en pleno proceso de implantación. Una serie de propuestas pedagógicas innovadoras. Un colegio semiderruido aguardando ansioso la nueva construcción. Un grupo significativo de nuevos/as educadores, joven e ilusionado. Una comunidad escolapia pequeña pero con una vida intensa compartida y disfrutada. Más internos/as que nunca, formando una familia llena de vida y, como no, también de conflictos que resolver y de necesidades que atender. Un grupo de educadores/as voluntarios/as en el internado colaborando, acompañando, compartiendo nuestros sueños y trabajos. Demasiadas cosas que terminaron por alejar, definitivamente, la tranquilidad…

Y en medio de este ritmo acelerado, la agradable sensación de estar reinventando la educación. En este mundo en permanente y acelerada transformación, la escuela debería ser la institución más innovadora, viviendo en constante evolución, inventando y reajustando constantemente sus propuestas y actividades, reflexionando de forma crítica y creativa su papel en el mundo actual y sus ofertas concretas para estudiantes y familias. El mundo se transforma aceleradamente y la escuela, sin embargo, se arrastra pesada, lenta, como un dinosaurio a punto de expirar. Es imposible que una escuela esclerotizada pueda ser agente de transformación de las personas y de la sociedad. 

Cada modelo educativo existente tiene sus fundamentos antropológicos, filosóficos, sociales, económicos, etc. Al mismo tiempo, cada uno tiene sus objetivos, sus resultados esperados, sus consecuencias. Sería ingenuo (o idiota) pensar que, juntando palitos de fósforos podremos construir una casa para habitar en ella. Sin embargo, una y otra vez, hacemos eso en el campo de la educación. Usamos términos y escribimos documentos con bonitas intenciones y mejores formulaciones, pero la práctica cotidiana continúa siendo la misma de siempre o, en el peor de los casos, radicalmente contraria a la teoría utilizada. Hablamos de educación "holística", ahora está de moda, pero ¿sabemos realmente lo que eso significa? Nuestras disciplinas académicas continúan siendo áreas independientes, cerradas sobre sí mismas, desconectadas de la vida, abstractas y nada significativas para el sentir y el pensar de los/as estudiantes. Usamos el término “integral” para definir nuestra propuesta educativa, pero a la hora de la verdad, lo que realmente nos interesa es el desempeño individual en pruebas estandarizadas, para las cuales se debe entrenar y dominar la técnica de la prueba, vomitando una serie de contenidos intelectuales engullidos anteriormente, sin reflexión, sin crítica, sin elaboración propia. Poco nos interesa el afecto, los significados que cada persona va dando a lo que vive, sus sueños, sus miedos… Nada de eso es importante para acceder a la universidad, para convertirse en un profesional, para garantizar el futuro (solamente desde el punto de vista laboral y económico, como si sólo en eso consistiese la vida). Repetimos expresiones sin contenido, como la tan bonita “educación personalizada”, pero nuestra práctica reduce las personas a números, a resultados cuantitativos, a comparaciones y clasificaciones unidireccionales (porque sólo tienen en cuenta un único criterio para evaluar a personas diferentes, multifacéticas, con capacidades diversas, con destrezas únicas). 

Al final, los rankings de “calidad educativa” son más importantes que la calidad y calidez de nuestras relaciones, de nuestras valoraciones de cada persona, del respeto y cuidado a lo que es propio de cada ser. Enseñamos a repetir, a competir, a examinar, a conquistar notas, pero nos olvidamos de enseñar a pensar, a aprender, a crear, a relacionarse con afecto y efecto humanizador, a quererse y cuidarse mutuamente, a sentir compasión y a ser solidarios. ¿Qué calidad estamos buscando? Desgraciadamente nos interesa más lo que los/as estudiantes dejan a la escuela (sus puntuaciones en pruebas comparativas con otras escuelas), que lo que nosotros dejamos en la vida de cada estudiante. Los/as alumnos/as dejaron de ser un fin en si mismo para convertirse en un medio a servicio del nombre, la fama, el éxito de la institución educativa.

“Holístico” significa, entre otras cosas, que no hay nada más sagrado ni más valioso que la conciencia y el corazón de cada persona, porque desde ahí nos conectamos con todo lo que existe, encontrando nuestro lugar propio, desde donde mejor podremos contribuir con la Vida de todo y de todos/as. “Integral” significa que afectamos todo, todas las dimensiones de la persona, sabiendo que el verdadero motor existencial es el “sentipensar” armónico, coherente, unificado. “Personalizado” significa que cada ser es único, con un mundo por explorar y un tesoro por descubrir, y por eso la educación se adapta a las necesidades, capacidades, posibilidades y potencialidades de cada ser. Y, por último, “educación transformadora” significa que por medio de la educación estamos transformando el presente, a través de la vida de quienes hoy ya son alguien, haciéndoles experimentar los valores, las actitudes y las relaciones que queremos sean la brújula de nuestra sociedad presente y futura. No transformaremos nada ni nadie haciendo lo que todos hacen, repitiendo modelos comprobadamente fracasados (porque sólo sirven para aumentar las diferencias, las distancias entre personas y pueblos, la exclusión y la violencia).

Podemos seguir usando esos términos y otros parecidos en nuestros documentos y discursos, pero no nos engañemos. Preguntémonos y respondamos con crítica sinceridad: ¿Qué propuestas nuevas hemos implantado en nuestras instituciones educativas y hacia dónde van orientadas, hacia un mayor protagonismo de los/as estudiantes, una mayor creatividad, una creciente autonomía en su proceso de crecimiento personal, unas relaciones más solidarias y fraternas, o hacia un camino radicalmente opuesto? ¿A qué damos más importancia, a la imagen pública de nuestra institución en la dura competencia comercial de los rankings de educación, o la felicidad de quienes conforman nuestra comunidad educativa; al recto y estricto cumplimiento de funciones y normativas cosificadoras o al amor real en cada encuentro, en cada reunión, en cada sonrisa de buenos días?

El ritmo frenético de este año en nuestra misión escolapia en Anzaldo me ha hecho desvariar, llevándome por caminos inesperados y por reflexiones imprevistas. Sin embargo, todas ellas habitan en mi corazón desde hace mucho tiempo, gestándose y fortaleciéndose a partir de las experiencias vividas en esta vocación y profesión educadora. Hoy, finalmente, brotaron espontánea y apasionadamente. 

¡Que no se detenga este ritmo frenético de inventar, crear y recrear, probar y corregir, analizar y responder, para que nuestra propuesta educativa no sea una más entre muchas iguales, sin novedad, sin alternativa, sin futuro! ¡Ay del día en que sienta que trabajar en un colegio es sólo repetir acciones, cumplir metas y elevar resultados de pruebas! Ese día habré matado el corazón de la educación.

jueves, 10 de abril de 2014

Mayoría de edad

En abril de 2013 inicié una nueva aventura personal por tierras bolivianas. Un año ha pasado desde entonces. Sin embargo, mis pasos en suelo latinoamericano comenzaron allá por el año 1993, cuando llegué a Venezuela. Desde entonces, exceptuando un breve paréntesis de dos años enviado de vuelta al País Vasco, son ya dieciocho años de vida en esta Patria Grande de Abya-Yala. 

En este mes cumplo una nueva mayoría de edad, ahora como latinoamericano, sin renunciar a mi herencia vasca y europea, pero sintiendo una profunda alegría y mucho orgullo por esta nueva identidad cultural e histórica que me ha ido configurando en estos dieciocho años.

Ya desde mi adolescencia Latinoamérica ha tenido una profunda significación en mi vida y vocación. Recuerdo con cariño mis primeras incursiones como estudiante en la realidad y cultura latinoamericana. La Revolución Sandinista en Nicaragua espantando las sombras del imperio; el conflicto salvadoreño y la inigualable figura de Monseñor Romero; el testimonio de fe, poético y militante de Dom Pedro Casaldáliga en un Brasil indígena y floreciente; las relecturas críticas de la historia latinoamericana en la incomparable pluma de Galeano; los versos proféticos y apasionados de Neruda, Benedetti o César Vallejo; la música, tan diversa y tan rica, folclórica y política, con nombres gravados en mi memoria como Víctor Jara, Inti Illimani, Quilapayún, Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui, Yolocamba Ita, Alí Primera, Silvio Rodríguez y tantos otros; la teología de la liberación, nueva, fresca, atrevida, situada junto a los inocentes sacrificados por el sistema, descubriéndome la imagen de un Jesús de Nazaret radicalmente humano y radicalmente hermano, hijo de un Dios Padre y Madre comprometido en nuestras luchas por la justicia, la paz y la libertad. Cuanto más recuerdo, más descubro lo presente que Latinoamérica ha estado en mi vida, mucho antes incluso de llegar físicamente a esta tierra.

Con veintitrés años y apenas despertando a la vida adulta, quise realizar mis estudios de teología en Venezuela y así lo solicité. Al final fueron diez años seguidos en aquella maravillosa y complicada tierra, en los que aprendí a ser sacerdote y educador, descubriendo a un Dios íntimo y radicalmente solidario desde su silenciosa compasión, transformándome personalmente a través del conflicto con una realidad dura y exigente, con una gente extraordinaria que desmontó mis armaduras y alumbró mi corazón al amor fraterno y al llanto solidario e impotente. 

Después de un breve periodo de dos años en suelo europeo, con un pequeño oasis de dos meses en Bolivia, de nuevo el sueño latinoamericano acechaba mi corazón. Esta vez la noticia desarmó mis expectativas. Un nuevo horizonte surgió en mi vida y un nombre que siempre provocó en mí respeto y admiración: Brasil. Con muchos miedos y sin saber una palabra de portugués inicié esta nueva aventura. De nuevo el carácter acogedor, cálido y afectuoso del pueblo espantó mis temores y me abrió a una nueva vida. El cambio de idioma fue más importante de lo que pensaba, pues exigía realmente renacer a una nueva cultura, a una nueva forma de entender y expresar la vida. Una misión bonita, amistades profundas, experiencias significativas (como las vividas en mi querido Alto Solimões, en pleno corazón amazónico) y, sobre todo, una fe viva, compartida, celebrada, bailada (como en las tan recordadas misas afro)… Es una historia demasiado reciente todavía, que continúa palpitando en mi corazón y en mi memoria. 

Y en medio de proyectos por iniciar y de otros por concluir, de flores por abrir, de frutos por madurar, de nuevo la noticia de un cambio, de un envío. Como las otras veces, el sentimiento de desarraigo, el miedo a tener que recomenzar la vida, el temor a la distancia y al tiempo que irremediablemente hieren las amistades y los afectos, el corazón se volvía un huracán. Nuevos paisajes se abrían en el mapa de mi vida, ahora con una realidad conocida y profundamente estimada para mí: Bolivia. Fue en 2004 cuando pisé por primera vez esta tierra altiplánica y fui cautivado por ella. Aunque consideraba que no era el mejor momento para iniciar esa nueva aventura, no podía negarme por el afecto y el significado que Bolivia tenía para mí. Hace un año llegué a estas alturas con el desafío de impulsar la misión escolapia en Anzaldo, desarrollando nuestro trabajo educativo en el colegio y el internado, junto con la Parroquia, las instituciones y organizaciones que aquí existen. 

Ahora celebro mi mayoría de edad latinoamericana en medio de un torbellino de proyectos, novedades y desafíos que están reencantando mi vocación escolapia y educadora, contando con el apoyo de las autoridades municipales y educativas, con la colaboración plena de mis hermanos/as de comunidad (una comunidad de la Fraternidad Escolapia formada por religiosos y laicos/as) y con la vida que transmiten a diario los más de 200 niños y niñas del internado.

Dieciocho años en Latinoamérica y ojalá que sean muchos más. Doy gracias a Dios por cada uno, por cada persona, por cada encuentro, por cada abrazo y por tanta transformación vivida a partir de todo ello.

martes, 25 de marzo de 2014

Pasó el carnaval

Foto: Alex Sousa
No creo exagerar si afirmo que en el mundo andino no existe otra fiesta tan querida, tan esperada y tan compartida como el Carnaval. Siendo una fiesta nacida con la llegada e imposición del catolicismo, el carácter “informal” y de contestación que poseía frente a la formalidad y las obligaciones católicas (todavía más fuertes en el tiempo de la cuaresma que el carnaval anticipa), caló rápidamente en los diversos pueblos que, sin desearlo, sufrían la prohibición y persecución de sus más profundas vivencias espirituales. El carnaval se transformó rápidamente en la fiesta de la resistencia, en el “desmadre” antes de la mortaja cuaresmal, en la expresión libre y sin censura de rabias y reivindicaciones. En el carnaval el pueblo era, nuevamente y por poco tiempo, dueño de sus prácticas, de sus celebraciones, de sus ritos, de sus vivencias. La música y las coplas irónicas suplantaban el sonido cruel y permanente del chicote, de la humillación, de la prohibición, de la condena. En esta fiesta, como en ninguna otra, la alegría se adueña del pueblo y suplanta, por unos días, la cotidianidad dura y dolorosa.

Además las fechas de carnaval, aunque cambiantes cada año, suelen coincidir con el tiempo de la cosecha de los productos más importantes de la alimentación, del sustento básico para todo el año. Es el tiempo de cavar papa, recoger choclo, cosechar arvejas y habas, duraznos y tunas. El carnaval es la expresión popular de la abundancia, de la dicha, de la prosperidad. Es el momento de agradecer a Pachamama por sus regalos, recompensando su benignidad con ritos ancestrales como la Q’uwa, cuando los hijos e hijas de la tierra, después de reconocer y perdonarse sus errores y faltas, agradecen a quien los sustenta con la sagrada coca, ofreciendo con ella sus mejores deseos y sus oraciones, todo ello purificado por el fuego, perfumado por el incienso y bendecido por la chicha.
Foto: Alex Sousa

En el carnaval se exagera todavía más la hospitalidad de este pueblo. Armados de acordeón, charango (cuando lo hay) y serpentinas, los diversos grupos van visitando las casas vecinas, cantando sus coplas y contagiando la alegría. La casa que los recibe les ofrece abundante chicha, la mejor del año, y comida para que continúen con ánimo la fiesta. Todos se visitan, todos comparten el canto, la danza, el alimento y la bebida. Todos se unen como una gran familia para celebrar la vida y fortalecer los lazos comunitarios.

Pero ya pasó el carnaval y volvió el tiempo de las rutinas. ¿Y la cuaresma? Bueno, a su modo también llegó, pero sin la fuerza y significación que a la institución eclesial le gustaría. Este pueblo no necesita de tiempos especiales para recordar la propia debilidad, la propia fragilidad. Vive ese sentimiento y esa convicción a diario y por eso, también diariamente, se encomienda a Tata Inti y a Pachamama para que aseguren sus pasos y hagan fructificar sus esfuerzos, para que lo ayuden a ofrecer lo mejor de sí mismo y lo sustenten cuando el desánimo lo acorrale.

El carnaval pasó y la vida vuelve a sus cauces normales, cotidianos, allí donde se libra la verdadera y más profunda danza de la existencia. Que la alegría compartida en carnaval mantenga firme el espíritu combativo de este pueblo. Que Pachamama nos continúe bendiciendo con abundantes cosechas y con un corazón solidario, hasta que la Vida triunfe definitivamente, cuando la cruz florida reine sobre las sombras de este mundo y se instaure el tiempo de gracia, de dicha y de armonía universal.

viernes, 28 de febrero de 2014

La vida lo penetra todo

Poco a poco voy descubriendo algunas claves antropológicas, espirituales y culturales que me ayudan a entender mejor y amar más esta tierra y este pueblo. Observaciones, diálogos y algunas lecturas acertadas, me están ayudando a navegar por las venas más profundas de este universo andino. Algunas de estas experiencias me están obligando a cambiar las claves de comprensión de la realidad. Para un occidental como yo, aunque adoptado hace bastantes años por esta tierra de Abya Yala (Patria Grande), es complicado cambiar la forma de ver y de entender el mundo, la vida, la naturaleza, todo. 

Hace poco tiempo me inicié en el apasionante mundo de la física cuántica, descubriendo que el universo no es ni como me lo enseñaron ni como lo imaginaba. Los nuevos paradigmas, nacidos de los últimos descubrimientos científicos, nos proponen una realidad dinámica, viva, en constante transformación y en permanente intercambio entre todo lo existente. Un flujo inimaginable de partículas, energía, información y átomos atraviesa toda la realidad, colocándonos en comunicación, creando una comunión universal, una identidad común de todos los seres. Esta percepción holística ha abierto mi conciencia a una nueva comprensión de mí mismo dentro de un universo del cual formo parte y el cual forma parte de mí. 

En el poco tiempo que llevo aquí, me ha sorprendido descubrir que todas estas “novedades” no son sino comprobaciones y formulaciones de lo que este pueblo vive desde hace milenios. La cosmovisión andina tiene como punto de partida la constatación de la unidad existencial y vital de todo lo que existe. La vida penetra y atraviesa toda la realidad y todos los seres que en ella existen, no sólo en el tiempo presente, sino en todos los tiempos, desde una concepción histórica de continuidad entre el pasado, el presente y el futuro. Esa vida está presente en el universo y en cada pequeña realidad donde ese universo se hace concreto. Cada ser que existe, sea animado o no, es una pequeña representación o concreción de todo el universo. Ese raudal de vida que penetra y atraviesa todo, nos mantiene en una comunión constante con todos los demás seres y objetos, con todos los tiempos y todas las dimensiones. Esa energía vital se empeña, una y otra vez, en conservar y restituir, cuando es alterado, el orden o equilibrio de todo lo que existe. Cuando este equilibrio es respetado y la vida cuidada en todas sus expresiones y manifestaciones, el universo y cada concreción suya encuentra la armonía y el sentido pleno de su existencia.

En esta realidad interconectada, todos los elementos son dependientes y complementarios, en una relación de reciprocidad: “saber criar la vida y saber dejarse criar por la vida”. Nada existe de forma aislada o independiente del resto. Nada ni nadie es indiferente frente al resto de la realidad. Este universo (ayllu) está conformado por diversas dimensiones y comunidades, interrelacionadas e intercomunicadas. Existen tres comunidades fundamentales: la de las divinidades, la de la naturaleza silvestre y la humana. Cada una de ellas está abierta a las otras dos, en una mutua relación de cariño, respeto y cuidado, en un equilibrio e intercambio recíproco. Lo mismo ocurre entre todos los seres al interior de cada una de esas comunidades. Este equilibrio e intercambio recíproco se establece o firma mediante los diversos rituales y celebraciones, tan importantes en la vida de este pueblo. 

En la cosmovisión andina es fundamental el concepto de Pacha, palabra primordial de los tiempos antiguos, orientación presente y proyección del futuro. Pacha es toda la existencia universal: mundo, espacio, tiempo, tierra, deidad, señor, piedra, edad, guerrero, creador, pacificador, número, viento, terremoto, mar, el que destruye, el que reforma, el que mueve y anima todo. Pacha es el misterio de la vida, el espíritu generador universal, la totalidad existencial y su potencialidad creadora. Pacha es la memoria y presencia de nuestros antepasados, de las divinidades que nos acompañan y protegen desde su morada en las montañas andinas. Pacha es nuestro mundo y todos los mundos, lo antiguo y lo nuevo a la vez. Sólo en el Pacha el ser y estar alcanza su plenitud, en la relación armónica y recíproca con todo lo que existe. El Pacha es tiempo, materia, espíritu y experiencia transcendental. Todo en el Pacha tiene su papel, su función y su destino existencial. En el Pacha habitan Pachakamaq (el Padre cuidador, amoroso y gratuito, quien ordena, equilibra y armoniza del universo) y Pachamama (la Madre que genera, recría y sustenta la vida de todos los seres). 

Los pueblos andinos viven esa relación profunda y afectiva con el Pacha de forma cotidiana. Conversan con toda la realidad, con todos los seres, escuchan e interpretan las expresiones de cada ser. No necesitan de momentos especiales ni lugares sagrados para entrar en contacto con el Dios de la Vida, con el Padre y la Madre del universo, porque habitan, trabajan, sufren y cantan juntos, siempre. La naturaleza es su templo y su vida una constante liturgia. 

La vida atraviesa toda la realidad, lo penetra todo, porque la realidad es Vida. El desafío consiste en conectar nuestro corazón al corazón del Pacha y al corazón de cada ser que existe, del universo todo y, desde ahí, dialogar para descubrir la verdadera sabiduría de la vida, el saber para el Buen Vivir (Sumak Kawsay). 

Si sintiésemos en lo profundo de nuestro ser esa comunión profunda con todos los seres, con todos los tiempos y con todas las realidades, cuidaríamos mucho más de todo y de todos. Si desarrollásemos esa relación respetuosa y recíproca con todo lo existente, descubriríamos nuestro verdadero lugar y aprenderíamos a ofrecer lo mejor de nosotros para beneficio de todos y de todo. 

Tenemos mucho que aprender de estos pueblos.

viernes, 21 de febrero de 2014

¿Quién dijo que la cultura no tiene olor?

Pido permiso al grupo argentino Arbolito para usar las palabras de una canción suya para titular y vertebrar esta reflexión.

Muchas veces nos han presentado la cultura como neutral, aséptica, universal. Ciertos modelos culturales se han convertido y autonombrado “paradigmas” de la cultura más elevada y desarrollada. Y desde esos mismos modelos se ha juzgado y descalificado la cultura ancestral, popular, indígena, etc. En un mundo tan diverso como el que tenemos, es absurdo que nos creamos todavía que pueda existir un único criterio para definir y clasificar algo tan variado y dinámico como es la cultura. 

Mirando la historia con cierto sentido crítico descubrimos rápidamente que también en lo relativo a la cultura, quien domina, somete y vence, acaba imponiendo su paradigma y expresiones culturales como las únicas válidas. No sólo eso, el desarrollo cultural del poderoso se ha financiado siempre con la sangre, el sufrimiento y el folklore del sometido, porque como bien dice E. Galeano: “Los nadies (…) Que no practican cultura, sino folklore”. La vida indígena cambiada por oro y plata sufragó la naciente banca europea, siempre floreciente en medio de las guerras. La sangre esclava africana pagó la industrialización anglosajona. La agricultura devastadora y saqueadora alimentó una Europa famélica y enferma. La tortura y las desapariciones en tiempos de dictadores sostuvieron las multinacionales que los financiaban. Teatros, óperas, orquestas, cuadros y museos, edificios y palacios, industrias y tecnología, democracias y bienestar… todo lo que ha sustentado y caracterizado a la civilización occidental, se nutre por unas raíces sumergidas en la sangre, la miseria, la explotación y el silencio forzoso de millones y millones de anónimos.

Respondiendo a la pregunta que nos hace Arbolito, realmente la cultura tiene olor. La que nos han inyectado por todas partes huele a muerte, a abuso, a despilfarro, a exclusión, a indiferencia, a amargura, a privilegio, a depresión. Huele a carrera frenética sin rumbo ni razón. La cultura occidental, paradigma de desarrollo y civilización, transmite un aroma fétido de engaño y manipulación. Desde ella nos han mirado a los demás, a los diferentes, a las minorías irreductibles y a las masas explotadas como excepciones, como atrasados, como ejemplo de la humanidad defectuosa que debe ser extirpada.

La cultura del pueblo, del Sur, del excluido huele diferente. Los limpios y perfumados occidentales nos dirán que huelen mal, porque no saben percibir más allá de la superficie, no tienen ojos ni nariz para descubrir el corazón de la realidad. La cultura de este pueblo huele a sacrificio, a esfuerzo, a sudor derramado para construir una vida digna a pesar de los de siempre. Esta cultura huele a sobriedad, a trabajo comunitario y alimento compartido. Huele a alegría descontrolada cuando es fiesta y a solidaridad silenciosa cuando la muerte lo visita. Huele a sencillez y humildad, a inocencia ingenua y a rebeldía contenida. Huele a vida y huele a muerte. Huele al humo de la cocina de leña, donde siempre hay un plato listo para el cansado visitante, sea familiar o extraño. Huele al ser humano auténtico, en sus virtudes y en sus defectos, en sus certezas y en sus miedos. Huele a un mundo donde el pájaro, la piedra, la montaña y el río son de la misma familia. Huele a un universo hermano, donde todos los seres son necesarios y las generaciones presentes comparten el mismo espacio con las pasadas y las futuras.

La cultura tiene olor, ciertamente. Sólo espero que con la educación que ofrecemos no estemos extinguiendo los buenos olores de este pueblo y de su rica cultura, imponiendo ingenuamente los olores inmundos de la cultura dominante.

jueves, 13 de febrero de 2014

Se están ahogando nuestros sueños

Sinceramente, creo que exageramos nuestros pedidos para que viniese la lluvia. Tanto así que las fuerzas de la naturaleza nos han respondido con más de tres semanas de intensas y constantes lluvias, colocando en riesgo la vida y el futuro de muchas familias, comunidades y regiones enteras.

Hace más de veinte años que no llovía como lo hace ahora. Pareciese que toda el agua de Amazonas se hubiese puesto de acuerdo para ascender la cordillera, caminar por sus cumbres cubriéndolas con un blanco manto y llegar hasta estas tierras bolivianas, descargando aquí su equipaje. El Valle Alto y Bajo de Cochabamba, junto a su región tropical, los Departamentos del Beni, Pando y Santa Cruz, así como el norte de La Paz están transformándose en el tan soñado mar boliviano, sólo que con agua dulce y embarrada. Ríos que durante el año permanecen ocultos, arrastrándose sigilosamente por las profundidades de la tierra, afloran ahora con una fuerza irrefrenable, arrasando lo que encuentran a su paso, provocando terribles derrumbes, arrollando animales, personas, casas… El agua ha querido adueñarse de esta tierra y, de momento, lo está consiguiendo. 

La papa crecida, el trigo todavía wawa (bebé), el choclo (maíz) cuando estaba casi a punto, han tenido que aprender a sobrevivir en medio de una profunda crisis de identidad al descubrirse cada día en su nueva realidad de plantas acuáticas. El sueño de la llegada, a tiempo y en la cantidad precisa, de las lluvias se ha convertido ahora en una pesadilla que parece no querer terminar nunca. El agua anega los campos y ahoga las papas. En el llano, ahora transformado en un gigantesco pantano, los animales intentan sobrevivir agrupándose en las zonas más elevadas. En los valles dominan los ríos, incontrolables, impetuosos, arrancando de la roca todo lo que la cubría, arrastrando en su corriente todo lo que parecía inmóvil. 

Durante muchos milenios la humanidad ha intentado, con todos los medios posibles, dominar la tierra, la naturaleza, las condiciones ambientales. Sin embargo, la Pachamama tiene sus propias leyes que no acabamos de comprender. A lo largo de todo ese mismo tiempo, la naturaleza nos ha demostrado una y otra vez que no se deja dominar, que su destino está unido al nuestro, que cuando la destruimos, nos suicidamos. Ella no quiere ser sometida, sino respetada. No se dejará controlar nunca, porque su vida es la nuestra, su futuro es nuestro presente, su sufrimiento es nuestro dolor. La Pachamama sufre silenciosa, pero su afrenta no se olvida ni perdona. Antes o después su lamento se transforma en rebeldía, no para castigarnos, sino para que entendamos de una vez por todas, para que descubramos cuál es nuestro lugar y nuestro papel en este universo de vida y muerte, en esta tierra fértil pero delicada. Pachamama quiere vivir una historia de amor con todos sus hijos e hijas, por eso nunca permitirá que uno de ellos, la humanidad, someta, torture y extermine a sus propios hermanos y hermanas. 

Unos meses atrás fueron sembrados en esta tierra dura muchos sueños y esperanzas, el futuro de un pueblo, el alimento de una raza acostumbrada a sufrir. Hoy el agua ahoga sin compasión sus ahorros, sus proyectos, su sustento… Pero este es un pueblo que no se rinde nunca. En sus oraciones ruega a Pachamama que cese en su escarmiento, que nos dé una nueva oportunidad para construir un mañana mejor. Pero no todo se queda en plegarias. Este pueblo sabe que la palabra debe ir acompañada de la mano, que los pies deben encaminar los ruegos y el corazón debe alimentar los sueños. Este pueblo se levantará de nuevo, piqueta y azadón en mano, para acariciar la tierra, para moldear su torso duro, sabiendo que Pachamama es agradecida con quien la trata con cariño. Este pueblo se repondrá de las dificultades, como siempre ha hecho, y enarbolando su wiphala multicolor, donde están representadas todas las razas, todas las regiones, todas las dimensiones y todos los tiempos, gritará al mundo que somos de la tierra, que nos debemos a ella, que con ella debemos vivir o con ella moriremos. 

Se están ahogando nuestros sueños con tanta lluvia, pero nunca conseguirá extinguir, ni ella ni nadie, la esperanza incrustada en las manos callosas, en los pies curtidos, en el rostro tallado del pueblo de la tierra.

domingo, 12 de enero de 2014

¡A sacar la papa!

Después de unas casi perfectas combinaciones de sol y lluvia, de calor y frío, las pampas y lomas que rodean nuestro pueblo se vistieron de color morado, con las pequeñas flores de la papa. También el choclo (maíz) ha crecido y se muestra ahora altivo, con su esperanzador verde intenso. Otras plantas también se suman a la fiesta del verano en esta tierra que, por estas fechas, celebra su particular carnaval de colores, pero ninguna destaca tanto como la papa en flor. Su tamaño reducido, su flor minúscula, su apariencia humilde y pobre, para nada manifiestan el gran tesoro que ocultan bajo sus raíces, en las entrañas de su madre, aguardando la mano hábil y agradecida del campesino.

En esta tierra fría y dura, donde la piedra invade todos los campos y rincones, donde el agua es un bien escaso, la mano encallecida y el pié curtido saben que su vida depende de ese fruto subterráneo tan simple, tan básico, tan común como es la papa. Si la lluvia se prolonga y encharca los campos, o si el granizo hace una visita inesperada cuando la planta está apenas brotando, o si el laqato (oruga enorme amante de la papa) se adueña de la cosecha antes de sacarla, o si llega cualquier otro elemento casual indeseado, el trabajo de semanas y la esperanza de los próximos meses serán como polvo arrastrado por el viento de la escasez.

Pero en estos días los campos están morados. El cansancio, el sudor, el esfuerzo de familias enteras comienza a transformarse en alegría. La esperanza de una cosecha abundante invade los cuerpos de grandes y chiquitos. Si la flor es señal de lo que se oculta bajo la tierra, este año será bueno. El paisaje teñido de lila nos anuncia que habrá para comer, para vender, para intercambiar, para vivir los próximos meses con un poco de tranquilidad.

Está llegando la hora de sacar la papa, de extraer del seno de la Madre Tierra el fruto de sus entrañas, la papa necesaria para el día a día. Podrá faltar el pan y la chicha, la carne y la verdura, pero que no falte la papa en el plato de este pueblo. El pueblo de las alturas es también el pueblo de la papa o, mejor dicho, de las papas, porque en realidad hay una infinidad de tipos de papas, con tamaños, colores, sabores y formas diversas, y cada una con su manera propia de cocinar y comer.

La papa es, en su sencillez y en su diversidad, un verdadero tesoro para este pueblo, todo un símbolo de ese otro mundo con el que soñamos y por el que trabajamos cada día. Un mundo en el que a nadie le falte lo necesario, la papa de cada día; en el que la diversidad sea respetada y valorizada; en el que los humildes sean privilegiados; en el que se reconozca la maternidad de la Tierra y sea tratada con el cariño propio de un hijo; en el que nadie viva del esfuerzo y sufrimiento de otros; en el que todos puedan reconocerse como hermanos y hermanas; en el que la vida de cada persona sea más importante que el mercado, el lucro y el consumo.

La papa está florida. No podemos descuidarnos y dejar que nuestros sueños se pudran en el olvido. ¡Es tiempo de sacar la papa! ¡Es tiempo de construir el futuro! ¡Es tiempo de transformar el presente!