lunes, 12 de octubre de 2015

Aquí

En este lugar olvidado
Donde solemnes montañas
Guardan los nombres
De aquellos que sembraron
La vida con su sangre

En este lugar apartado
Donde ríos intermitentes
Nutren la tierra
Con el amor y el dolor
De una raza esforzada

En este lugar ignorado
Donde un sol progenitor
Resguarda la vida
Con pasión silenciosa
De quienes a él se confían

En este lugar renacido
Donde el futuro soñado
Despunta en el horizonte
Alimentando la esperanza
De un pueblo que no renuncia

sábado, 3 de octubre de 2015

Una vida bendecida por Tata Inti

El pueblo de la tierra vive de sus cultivos y de sus rebaños, especialmente de sus ovejas, de las que se aprovecha prácticamente todo. Después de la matanza, siempre rápida y cuidadosa, para infringir el menor sufrimiento posible, viene el momento de carnear la presa. Es una tarea que exige destreza, fuerza, cuidado y experiencia. Cualquier error puede echar a perder la carne, el cuero o las tan preciadas vísceras. Y cuando ya está todo listo y limpio, llega el momento de tender al sol lo que no se consumirá inmediatamente. Por muchos días las diversas presas, la grasa y el cuero permanecerán expuestos al sol, al viento y al frío. Sin importar la visita inoportuna y constante de las moscas, que curiosamente no dañan nada, la oveja ya carneada acompañará la vida de la familia, provocando la salivación nerviosa de perros y gatos, nutriendo la confianza de quien aseguró el alimento para las próximas semanas. Aquí no se bota nada, no se estropea nada, no se desperdicia nada. Tata Inti, Padre Sol, irá procesando el sustento familiar con paciencia y cariño, secando lentamente las fibras, extrayendo hasta el último resto de humedad que podría echar a perder la carne y, así, conservar el alimento para cuando sea realmente necesario. Tata Inti cumple con su misión como fiel protector que es de este pueblo. Unas veces es la carne, otras la oca o el camote, en su época será la quinua y el trigo, el maíz maduro o incluso lo que otros descartarían, como las pepas del durazno. Todo se procesa al calor del sol y éste, como experto y paciente cocinero, va multiplicando el azúcar de uno, el sabor del otro, prepara uno para que dure, otro para que se ablande. El pueblo de la tierra no necesita de electrodomésticos ni de tecnología para producir, conservar y enriquecer sus alimentos, le basta con la acción de su mejor compañero de caminada, Tata Inti.

Desde tiempos ancestrales, Tata Inti fue reverenciado como Padre y Protector, creador de la vida en todas sus formas. A él se le agradece por la vida y por lo que hace para cuidar de ella. Es un hermano, un compañero, el mejor aliado en el camino de la existencia. Inti es fuerza y energía, vitalidad y calor, salud y ánimo. Casi todos los días, al amanecer, hombre y mujeres salen de sus casa, abrigados, en busca del combustible diario. Pacientemente sentados, acompañan el despertar del Tata, recibiendo en su piel el beso cálido de sus primeros rayos. En silencio, a veces preparando ya el primer pijcho del día (de la sagrada hoja de coca), reciben el baño de la primer luz del día. Ese mismo sol los acompañará después en sus tareas diarias, en la marcha con sus rebaños, en el trabajo sobre la tierra o en las labores domésticas. Desconozco qué palabras y sentimientos surgirán en ese ritual mañanero que, sin duda, va mucho más allá de un simple hábito para calentarse. El pueblo de la tierra guarda un profundo respeto y afecto por este Padre Luminoso.

Desgraciadamente, siglos de colonización e imposición cultural y religiosa, demonizando lo que no entendían y persiguiendo lo que no encajaba en su visión reducida del mundo y del ser humano, produjeron un abandono progresivo de este cariño hacia Tata Inti expresado en ritos cotidianos, personales y comunitarios, forzosamente substituidos por otros ritos vacíos de significado. Sin idolatrías, sin panteísmos, sin divinizar nada ni nadie, el pueblo de la tierra sabe que todo lo que existe forma parte de un enorme sistema vivo, dinámico, en constante transformación y en un delicado equilibrio. Y sabe también que cada elemento es fundamental para que todo se conserve y, realizando cada uno su misión específica, puedan enriquecer y colaborar con el todo. Este pueblo no necesitó esperar a la física cuántica para conocer profundamente la realidad. En ese sistema, el sol tiene un papel fundamental, sin él, sin su presencia calurosa y luminosa, simplemente no habría vida. El pueblo de la tierra lo sabe y por eso lo agradece, pues de él depende y a él se encomienda cada día.

Una vez más, el estimado astro preparará la carne de la oveja sacrificada para que la familia pueda alimentarse y seguir trabajando, amando y luchando por una vida digna, en armonía con la Pachamama (Madre Tierra), siempre acompañados y bendecidos por Tata Inti.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

A pocos días del aniversario de Anzaldo

Se acerca un aniversario más de nuestro Municipio de Anzaldo. Un año más de su creación. Una historia corta de 109 años, muy poco tiempo para quien proviene de una ciudad con más de 2000 años de vida como es mi caso. Hablamos, evidentemente, de una historia reciente según las cronologías oficiales y los documentos legales. ¿Hace cuánto tiempo que el pueblo de la tierra vive en esta región, construyendo sus vidas, sembrando su sudor, recogiendo el fruto de sus esfuerzos, levantando la bandera de sus sueños? La ambigüedad de la historia es siempre llamativa. Cientos, miles de años, son olvidados o, cuando menos, omitidos al conmemorar solamente los hechos oficiales de la historia. ¿Qué de nuevo y de bueno trajo a este pueblo la creación del Municipio? ¿Para qué sirve la vertebración administrativa de los pueblos? Especialmente cuando hablamos de pueblos con sistemas de organización propios, bien articulados, sencillos y eficientes para la consecución de sus fines, especialmente para la preservación del bien común.

Bolivia se debate en una contradicción interna de difícil solución. Por un lado se ha refundado el Estado Boliviano como un Estado Plurinacional, reconociendo las particularidades de cada nación, de cada pueblo, respetando su identidad y cultura, su lengua y organización, sus leyes y costumbres. Un Estado que fomenta la diversidad, la educación intracultural, intercultural y plurilingüe, desde los saberes y conocimientos ancestrales de los diferentes pueblos originarios. Por otro lado, seguimos inmersos en un modelo administrativo casi federal, herencia del liberalismo decimonónico, que fomenta el regionalismo, irrespetando los territorios originarios, dividiendo pueblos, homogeneizando las diversas culturas presentes en cada departamento.

En estos días hemos asistido al referendo para la aprobación o no de los Estatutos Autonómicos de algunos departamentos. Mayoritariamente la población ha dicho no a los mismos. Unos lo interpretan como un triunfo del centralismo, otros lo explican desde el desconocimiento y nula participación del pueblo en su elaboración. En cualquier caso se trata de la negativa del pueblo a unos estatutos que fortalecían el regionalismo, reproduciendo en cada Departamento la estructura administrativa y jurídica estatal. Un aparato administrativo duplicado, más funcionarios públicos, más intermediarios, más trámites, ¿será que ese es el mejor camino para la refundación de Bolivia?¿Realmente las estructuras de los estados modernos, occidentales, responden al proyecto de Bolivia: la creación de un Estado nuevo que rescate y potencie la identidad maltratada de los diversos pueblos que lo conforman? ¿No estaremos pretendiendo mezclar agua con aceite, un Estado Plurinacional con una Administración casi federal? ¿Será que sólo existe un modelo de aparato estatal que deba imponerse, incluso forzadamente, en todos los estados?

La historia oficial nos informa que dentro de poco celebraremos los 109 años de historia del Municipio de Anzaldo, pero el pueblo de la tierra lleva miles de años habitando, fecundando, trabajando y cuidando de estos cerros y valles. No lo olvidemos nunca, la política, la administración pública, la legislación, la economía, son sólo mediaciones. El pueblo es el fin, sus raíces e identidad, su vida digna y feliz en armonía con la Madre Tierra, en el momento presente y para las futuras generaciones. No celebraremos aniversarios del pueblo, pero sin él ni los municipios ni los estados existirían. Es al pueblo y a su convivencia armónica con los demás pueblos que nos debemos, para ello trabajamos y por ello nos desvivimos.

jueves, 10 de septiembre de 2015

“Cambia, todo cambia”

El periodo invernal está llegando a su fin. Los durazneros, como rosados algodones de azúcar, los jacarandás con su vestido lila y el intenso rojo de los chillijchis nos anuncian el inminente cambio de estación. Una nueva etapa se aproxima, dentro de este eterno ciclo de la vida. La misma etapa de tiempos pasados, pero renovada, actualizada. Así es el tiempo y la existencia en el Pacha Andino.

Con cada estación la naturaleza se transforma. Con cada decisión, la vida cambia. En cada palabra, en cada gesto, en cada encuentro, nos vamos reconfigurando. Todo nos afecta, nada nos es indiferente, siempre que conservemos nuestro corazón vivo. Con cada error, en cada afrenta, con cada conflicto, nuestras asperezas se van limando, nuestras aristas se suavizan y, si sabemos aprovecharlo, nuestro carácter mejora y maduramos. Nuestros pensamientos, gustos, hábitos, todo puede cambiar para facilitar una convivencia más armónica, para construir unas relaciones más fraternas. Tenemos la tendencia de esclerotizarnos, de aferrarnos a nuestros esquemas como si en ellos fuese nuestra vida, y sin darnos cuenta, el tren de la vida con sus oportunidades pasa a nuestro lado y se marcha. La naturaleza nos enseña una y otra vez que no hay que tener miedo al cambio, a la transformación interior. Las sequías nos endurecen, las lluvias nos vuelven productivos y generosos, el sol nos fortalece, el frío nos obliga a ser más profundos, el calor nos torna agradecidos y afables, la vida nos transforma, si le dejamos, si nos dejamos.

El frío está pasando y las flores engalanan ya el ocre predominante de nuestros paisajes. En pocas semanas llegarán las lluvias y el verde, oculto bajo el polvo del seco invierno, brotará de nuevo alegrando la vista y llenando de esperanza el corazón campesino. Cada estación, cada época, cada día es una oportunidad para el cambio. Cambiemos y dejémonos cambiar, moldeemos nuestros cuerpos, nuestro sentir, nuestro pensar y nuestras relaciones desde el futuro que deseamos. No nos prendamos a cadenas interiores, no carguemos pesos innecesarios, no obstaculicemos el ciclo de la vida que, también en cada uno de nosotros, quiere movilizar las mejores energías para producir los mejores frutos.

“Cambia, todo cambia” dice la canción tantas veces escuchada en la voz de nuestra recordada Mercedes Sosa. Y la misma continuaba: “pero no cambia mi amor…”. Que se transforme todo dentro de nosotros, todo lo que sea necesario, todo lo que nos dificulta, lo que nos problematiza, lo que nos refrena; pero que no cambien nuestras mejores convicciones, nuestros sueños, nuestros deseos más humanos, más altruistas y profundos. Que cambie en nosotros todo lo que nos enfrenta, lo que nos distancia, lo que nos lastima; pero que no cambie nuestro amor, nuestra habilidad para superar los conflictos con abrazos y sonrisas, nuestra alegría y nuestro ánimo, nuestra necesidad de compartir la vida, nuestra capacidad de sentir en la propia piel la piel del otro.

El frío va menguando, la primavera se acerca y la tierra toda se transforma. La Vida nos ofrece una nueva oportunidad para florecer, para abrirnos a una nueva realidad, sin perder la esencia, sin abandonar las raíces, pero transformándonos en nuevos frutos que endulcen el paladar y la vida de nuestros hermanos y hermanas.

jueves, 20 de agosto de 2015

La orgullosa sencillez

En diversos momentos he escuchado a autoridades políticas de nuestro Municipio manifestar sus deseos de que Bolivia llegue, en poco tiempo, a rivalizar con países “del primer mundo”, o de que tengamos aquí el nivel de vida (imagino que se refiere a nivel de consumo) de países europeos, o incluso, que Anzaldo pueda organizar eventos como lo hacen otros municipios pudientes del Departamento. Cuando oigo ese tipo de propuestas y expectativas surge dentro de mí un interrogante: ¿Será que no han entendido todavía que el proyecto de Bolivia es otro? ¿Será que estas autoridades han comprendido y creen en el proyecto liderado, con todos sus defectos y ambigüedades, por nuestro presidente? ¿O será que todavía seguimos mirando a los países ricos y la sociedad del bienestar como modelo, aunque sabemos de sobra que se trata de un modelo excluyente y depredador (para unos pocos y con una perspectiva de futuro muy limitada)?

La realidad de Anzaldo refleja muy bien, como la mayoría de los pueblos pequeños y pobres del país, el proceso de cambio que Bolivia está viviendo. ¿Cómo garantizar la vida digna, los servicios básicos, la justicia social y la sustentabilidad para nuestra gente y para las futuras generaciones, sin renunciar a la propia identidad, al estilo de vida, a la cultura y tradiciones, a la manera de entender la vida, el universo y las relaciones? ¿Cómo hacer para que toda la población alcance ese ideal del Buen Vivir, sin que a nadie le falte lo necesario y asegurando una relación armónica y recíproca con la Madre Tierra? El desafío es enorme: demostrar al mundo que el único modelo realmente universal, en el presente y para el futuro, es la sobriedad como ideal (no la riqueza), la economía al servicio de la justicia social (y no del lucro), la política como herramienta para el bien común (y no como profesión), la educación como laboratorio de la nueva persona y la nueva sociedad (y no como fábrica de piezas para encajarlas en el sistema).

Mientras sigamos aspirando a ser como los que nos depredaron, los que nos expoliaron y después nos abandonaron; mientras sigamos soñando con ser lo que no somos ni podemos llegar a ser; mientras continuemos alimentando sueños de grandeza, de riqueza, seguiremos despreciando nuestra realidad pobre, esforzada, humilde, comunitaria, ancestral, espiritual. Las claves para el futuro no se encuentran entre quienes construyeron su bienestar con la sangre de millones, pues será un futuro para unos pocos, alimentado con la miseria de la mayoría. El modelo no está entre quienes devoran a sus vecinos, lejanos y cercanos, entre quienes se encierran y aíslan, mientras se inmiscuyen sin pudor en la vida privada de personas y estados. El mañana mejor para todos no debe tener el acento de quienes siguen saqueando a los más pobres, de dentro y de fuera, rindiendo culto a un lucro desmedido, antropófago y sin ninguna finalidad fuera de él. 

En Bolivia estamos reinventando el modelo. No tenemos todas las respuestas y, mucho menos, las soluciones a todos los problemas de hoy. Sin embargo tenemos claras algunas cosas: como que la felicidad no se mide por el nivel de consumo; que la riqueza, en un mundo de recursos limitados, nunca podrá ser para todos; que la economía debe satisfacer las necesidades y no crearlas para vender lo que se produce sin necesidad; que la justicia social debe ser la primera meta de cualquier proyecto político o económico; que vivir con sencillez, en solidaridad con los semejantes y en armonía con la Madre Tierra, debe ser motivo de orgullo de quienes todavía resisten y se rebelan contra el modelo único.

miércoles, 5 de agosto de 2015

El retorno

Con el frío en la piel, el sol en la mirada y la tierra en el corazón. Dejando atrás sus casas, sus campos, sus afectos y sus esfuerzos. Cansados por el trabajo compartido, por la colaboración espontánea en los quehaceres domésticos y agrarios. Cansados pero felices, con sus rostros resplandecientes, iluminados por una sonrisa llena de esperanza, de futuro, de vida. Ascendiendo por los cerros o descendiendo por las quebradas, recorriendo kilómetros de tierra y roca, cargando unas pocas cosas para enfrentar la semana. Así van llegando nuestros niños, niñas, adolescentes y jóvenes a su segundo hogar, al internado donde residen, donde juegan, estudian y crecen. Juntos aprendemos a construir una gran familia, enfrentando conflictos, compartiendo alegrías y fracasos, emociones y afectos, trabajos y conquistas.

Cada viernes es para ellos un retorno al trabajo duro, a la vida esforzada, al hogar humilde, al calor familiar. La cocina de leña, el humo en el alma, el jergón compartido, las ovejas amigas, el perro fiel y vigilante, unas pocas familias vecinas, un mundo pequeño y conocido que se lleva en la sangre, una comunidad que es referencia, raíz y savia en la vida de cada persona de esta tierra. Volver a casa es regresar a la tierra propia, a “mi lugar” como aquí le dicen, a la cuna de la identidad propia, al útero donde se forjaron los valores, las emociones, los sueños y las esperanzas. En su lugar cada persona encuentra a su gente, alimentando la memoria con historias y aventuras, con sufrimientos y luchas, con amores y cantos. En su lugar la gente se siente comunidad, pueblo, raza. 

Cada domingo llega el retorno al internado, a la vida organizada, a los horarios establecidos, a los hábitos obligados. Es el tiempo de reencontrarse con las amistades, con quienes no son tan cercanos, con quienes hay que aprender a convivir, con quienes surgirán conflictos, forjando las actitudes necesarias para la construcción del bien común. Volver al internado significa salir del pequeño mundo familiar y comunitario para abrirse a una enorme familia, con las grandezas y las miserias de cualquier familia, pero a lo grande. Aquí se descubren y educan las actitudes personales, el carácter de cada quien, los mejores y peores hábitos. Todo queda a la vista cuando tenemos que enfrentarnos a una convivencia tan intensa y multitudinaria. El internado es para muchos una segunda casa, sin la precariedad del hogar familiar, sin los contratiempos de quien vive al día, sin los sobresaltos de quien no tiene asegurado el sustento básico. Aquí no falta nada, ni alimentación, ni lo necesario para la higiene, para el estudio o, incluso, para el juego y el tiempo libre. Todo en su justa medida, sin excesos, sin derroches y sin carencias. Se trata de una sobriedad que educa, exigiendo el cuidado por parte de cada uno, el uso adecuado para que a nadie le falte.

La vida de nuestros niños, niñas y adolescentes es un constante retorno. También lo será, para ello trabajamos, su vida después de la escuela y del internado, cuando vuelen hacia nuevos destinos para continuar su formación. Cuando elijan volver a sus raíces para ofrecer lo que recibieron, lo que construyeron, lo que desarrollaron en otros lugares. Un retorno para vivir y trabajar en su tierra, con su gente y al servicio de su pueblo.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Las omnipresentes ovejas

Bien tempranito, cuando el sol apenas asoma por encima de los campos, desperezando con calma su ardiente cuerpo, los rebaños de ovejas comienzan a atravesar las calles del pueblo, dirigiendo sus lanas hacia los pastos frescos de los cerros y pampas.

En todas las comunidades rurales, así como en muchas casas del pueblo, los animales comparten destino con las familias, en una convivencia perfecta, recíproca, respetuosa. Ovejas, burritos, toros, a veces chivos, forman rebaños multirraciales, armónicos, respetuosos de las diferencias. La persona que los pastorea, normalmente una mujer con sus perritos, no necesita de muchas herramientas ni de muchos esfuerzos para orientar tan variado rebaño. Una piedra arrojada aquí o allá, una voz que rompe el silencio y los animales reorientan sus pasos a voluntad de quien los guía. Y siempre en las manos pastoras, una rueca acompañando los pasos, girando obsesivamente para formar el hilo de lana que, posteriormente, tomará vida en el telar.

La oveja y el toro son, quizás, los animales importados que mejor se han adaptado a la vida de este pueblo. La primera ofrece lana, leche, cuero y carne, convirtiéndose en fuente fundamental de materias necesarias para la vida. Hasta sus pezuñas sobreviven para acompañar la música y las danzas en las fiestas más tradicionales. El toro, por su parte, es fundamental en el trabajo de la tierra. Su fuerza no tiene igual. Pero cuando llega el momento de la necesidad, su carne puede alimentar por muchos y muchos días. De su cuero se fabrican las mejores cuerdas que existen, metros y metros extraídos mediante un certero corte en espiral.

Durante el día, pequeños rebaños de ovejas pueblan los caminos, las pampas y los cerros. Cada día recorren kilómetros y kilómetros, buscando el pasto más fresco y el agua más clara. Siempre acompañados por quien los pastorea, en silencio, a distancia, confiando en su docilidad, pero siempre atento a cualquier señal de que algo puede pasar. Tal vez sea un zorro en las proximidades, o un gato salvaje merodeando, e incluso, en los parajes más cálidos, un aterrador puma. Los perros ayudan en la tarea, adelantándose al rebaño para oler peligros u observando desde la retaguardia para guardar las espaldas. Sin prisa, con la cadencia y el cuidado que produce la conciencia de caminar sobre la Madre, la pastora guía su rebaño, en silencio, hilando la lana que abrigará a la familia, pijchando la coca que le da la fuerza. Y junto a ella, si las tiene, las wawitas, correteando con los perritos o durmiendo feliz en el aguayo materno cuando las fuerzas escasean. 

Es verdad, la ovejas tienen una gran responsabilidad en el proceso creciente de desforestación y desertificación de nuestra tierra. Pero es verdad, también, que las ovejas son media vida para nuestra gente. Como en todo lo humano y en todo lo que los humanos tocamos, la ambigüedad se hace presente. Lo que favorece la vida del pueblo, al mismo tiempo le perjudica, quizás no de forma inmediata, aunque ya ahora sufrimos los efectos de siglos y siglos de pastoreo. Las mismas ovejas que nos alimentan y abrigan, son las que producen hambre y sed al pueblo que las cuida. Realmente, en este mundo no existe nada totalmente bueno, ni nada totalmente malo. Y cuando intentamos juzgar la realidad desde esa bipolaridad, acabamos cometiendo las mayores injusticias y creando los más terribles fanatismos.

Las omnipresentes ovejas nos evocan que somos ambiguos. Los rebaños multirraciales nos reafirman la necesidad y la riqueza de la diversidad. Y las mujeres que los pastorean nos recuerdan que en este planeta la Tierra es Mujer y Madre, y que la vida procede de ella, aunque la historia la sigamos escribiendo los hombres.

viernes, 1 de mayo de 2015

La wathya

La cosecha de los frutos de la tierra comienza temprano, con la familia o la comunidad reunida en actitud agradecida en torno a la vida sembrada, cuidada y ahora ofrecida por la Pachamama, como un regalo inmerecido, como un gesto maravilloso de amor de la Madre hacia sus hijos e hijas de este pueblo.
Inmediatamente después del ritual de agradecimiento y bendición a la Pachamama comienza el trabajo. Mientras la mayor parte se dirige a extraer su futuro del vientre materno, otro más reducido comienza a construir el horno de piedras para la tradicional wathya con la que repondrán las fuerzas después de la dura jornada. El proceso es lento y exige del máximo cuidado. No caben en este momento las prisas ni las improvisaciones. Las manos inexpertas deben colaborar acarreando piedras, de diferentes tamaños y formas, para que las manos adiestradas puedan levantar con una facilidad y destreza impresionantes el horno que cobijará el alimento del día.

Piedra a piedra, alrededor de un pequeño hoyo excavado en la tierra. Las grandes abajo para soportar el peso y sustentar a las más débiles. Cada piedra tiene su función: las cuadradas para dar sustentación, las alargadas para ir cerrando la cúpula, las pequeñas para cerrar los huecos y conservar el calor, las planas para sujetar a las más irregulares y dar estabilidad. No hay una piedra que no tenga su misión, su sentido y su finalidad en este pequeño universo que las manos morenas van formando. Bien ajustadas, apretadas, formando un único cuerpo, un único ser, para soportar el calor que vendrá, para asegurar el sustento de quien, con cariño y esperanza, seduce cada día a la tierra, fecundándola con su sacrificado sudor.

Una vez que el horno está construido, lo suficientemente fuerte para soportar sobre su lomo el peso de una persona, llega el momento de encender su fuego interno. Como si de un enamoramiento se tratase, palito a palito, ramita a ramita, se va conformando el nido que acogerá la pasión, la fuerza y la explosión de vida fruto de esta unión perfecta del pueblo con la tierra. El fuego tiene que ir aumentando, armoniosamente, cuidadosamente, seduciendo cada piedra, besándolas con timidez primero, con ardor después y con arrebatada pasión al final. Y como un útero fértil, las piedras van acogiendo el calor creciente, sacrificando su frialdad y su rudeza, exponiéndose a una explosión fatal, renunciando a su aspecto recio y cubriéndose lentamente del negro hollín, sucumbiendo para gestar el alimento necesario. Fuego y piedra se abrazan, se entrelazan, se fortalecen mutuamente para acoger los frutos de la tierra que llegarán.

Cuando el interior del horno se vuelve totalmente negro, hay que apresurarse, reuniendo más ayudantes para la etapa final en la preparación de la wathya. Con sumo cuidado, con decisión y energía hay que abrir el horno desde arriba, haciendo caer hacia fuera el mayor número posible de piedras. Una vez abierto el seno fértil, ardiente, dispuesto, se colocan los diversos frutos extraídos de la tierra. Papas, habas, camote, zapallo, lo que la tierra haya ofrecido generosa. También puede entrar una olla llena de la que será una de las mejoras sopas que hasta hoy comí. Una vez colocadas la olla y las papas, hay que apretar de nuevo las piedras más grandes, sobre ellas los frutos menores, las piedras pequeñas y, finalmente, la tierra, cubriendo completa y perfectamente el útero ardiente. No puede salir ni un poquito de humo, no debe escaparse ni un respiro de calor. Y sobre la tierra bien apretada una piedra plana que anunciará que la cocción ha culminado, que el alimento está listo, que la fiesta de la cosecha y la fraternidad tendrá un final feliz, cuando la familia o la comunidad extraiga del seno de la tierra su sustento.

Ahora es necesaria la paciencia. El fuego, las piedras, la tierra deben realizar su trabajo. El esfuerzo anterior ha servido para que sepan cuál es su función y la cumplan sin error, sin reclamo, sin riesgo. Se espera trabajando, como siempre, arañando la tierra, recolectando el futuro, alimentando la esperanza. Y cuando menos se espera, alguien avisa que la piedra está mojada, que el tiempo se ha cumplido y comienza la fiesta. En ese instante se detiene el trabajo, todos se reúnen alrededor de la ubre ardiente y, con cautela y agilidad extrema, se retira cada capa de tierra y de piedras hasta llegar al corazón, donde aguarda el alimento listo y dispuesto.

Después del esfuerzo del día, del sol abrasador, del polvo asfixiante, de hormigas enfurecidas y espinas traicioneras, ha llegado el tiempo del descanso, compartiendo el almuerzo caliente, sabroso, con olor a fuego como la piel de este pueblo, con sabor a tierra como el corazón de esta gente, abundante para poder invitar a quien pase o viva cerca, porque no hay mayor alegría para el pueblo de la tierra que poder ofrecer un copioso plato de comida a quien lo visita. La chicha, las risas y los cuentos pondrán el broche de oro a este antiguo ritual, anticipación del banquete universal y eterno al que somos invitados todos los pueblos, todas las razas, comiendo el fruto de nuestro trabajo, sin nadie que pase necesidad, sin nadie que se guarde lo innecesario.

martes, 10 de marzo de 2015

Nuevos aires

Una brisa fresca me detuvo hoy en mi camino. No podría definirla ni por el aroma, ni por la fuerza, ni por alguna otra característica llamativa. Sin embargo, traía algo diferente, alguna noticia importante portaba, algún propósito especial tenía. Parado en medio de la calle, con los ojos cerrados y los pulmones llenos, parecía un enamorado suspirando por su amor perdido o un loco de media noche contemplando la belleza de su compañera la luna. 

Más tarde, con la tranquilidad del trabajo hecho, en un momento de descanso y paz, retomé el sabor de aquella brisa. Muchas ideas, experiencias, rostros, nombres y sonrisas pasaron por mi memoria afectiva. Pero no terminaba de encontrar la clave para descifrar tal enigma.

Recuerdo ahora que estamos en un periodo de cambio profundo en nuestro colegio y en nuestro municipio, reflejo de ese otro cambio mayor que vive el país desde hace unos años. En pocas semanas tendremos un nuevo gobierno municipal y, poco después, un nuevo director académico en nuestro querido Calasanz de Anzaldo. Estoy seguro de que serán cambios transcendentales. En este momento lo que menos necesitamos son políticas conservadoras, decisiones continuistas o estilos trasnochados. El país, Anzaldo, el Calasanz necesitan de alguien que lidere un verdadero cambio, profundo, radical. Comenzando por las estructuras sociales, económicas, culturales, y llegando hasta las conciencias, los paradigmas morales, los valores y las actitudes. Parece que el país, a pesar de sus limitaciones y defectos, ha encontrado ese líder, con un proyecto de Estado digno de ser divulgado en este mundo tan acostumbrado a destacar las estupideces e ignorar las cosas realmente importantes. El mundo, especialmente occidental, ignora a propósito lo que en este país se está construyendo, pero no escatima esfuerzos para difundir cualquier error, extravagancia o chiste de nuestros gobernantes y de nuestros pueblos. El mundo occidental está ciego de prepotencia y terminará ahogándose en su propia soberbia.

A nivel local, en mi humilde opinión, carecemos de ese proyecto y de esas personas que caminen y hagan caminar, con el corazón en la tierra, la mirada en el horizonte y las manos junto a otras manos, construyendo un municipio próspero (para garantizar la vida digna de toda su población), donde se respeten los derechos de los más vulnerables (las mujeres, los niños y niñas, las personas ancianas), priorizando la producción, la justicia social, la educación, el desarrollo sostenible y la inversión ecológica. Dentro de pocos días elegiremos alcalde y concejales. Personalmente no creo en las siglas ni en los colores, creo en las personas, en sus vidas, en su ejemplo y en sus luchas. Espero que nuestro pueblo sepa elegir.

También nuestro colegio vive la expectativa del cambio de director. No sabemos todavía cuáles serán las decisiones del Ministerio de Educación para el nombramiento de directores, pues el primer intento no ha dado los resultados necesarios. Independientemente de cuáles sean estas decisiones, como entidad titular del Colegio Calasanz, los escolapios clamamos por una persona utópica, idealista, que sueñe y trabaje por una revolución educativa, que se atreva a arriesgar, a crear, a inventar. Desde hace unos años venimos realizando esfuerzos considerables para que nuestros educadores y educadoras puedan conocer otras experiencias educativas, para que puedan abrir su mente y quebrar sus paradigmas. Ahora falta que todo esto se transforme en un virus institucional que infecte la estructura organizativa del colegio. ¡Bonito y necesario desafío!

La educación católica lleva demasiado tiempo apostando por modelos educativos comerciales, elitistas, conservadores, con fines únicamente económicos o de engrandecimiento del nombre, buscando prestigio y éxito en el desalmado mundo de la competitividad educativa. La educación católica no puede seguir bendiciendo y garantizando una sociedad excluyente, origen de todas las violencias. Gracias a Dios en Bolivia es posible responsabilizarse de colegios sin que pierdan nada de su esencia pública, gratuita, popular. Sin embargo, aquí tenemos otras tentaciones que enfrentar y superar. 

Una brisa fresca me besó el rostro mientras caminaba por la calle. Son tiempos de cambio. No sé si era eso lo que quería anunciarme, no sé si su intención era despertar mi esperanza o alertar mi conciencia. Lo cierto es que me detuvo en medio del camino, elevó mi alma más allá de la tierra, me hizo olvidar por un momento los lodos y las piedras, oxigenó mis sueños de un futuro mejor para todos y fortaleció, aún más, mi vocación de educador revolucionario. Porque si no educamos para revolucionar el mundo, ¿qué falta hacemos?

miércoles, 4 de marzo de 2015

Agradeciendo la cosecha

Secado de la carne de oveja al sol para su conservación.
Este año está siendo fecundo. La tan difícil combinación de sol y lluvia ha sido muy productiva en este verano. La papa grande y abundante, el choclo crecido y prometedor, el durazno copioso y dulce, el trigo en pleno crecimiento y rebosante de verde, las habas y arvejas bonitas, la quinua enorme, todo son señales de que las cosechas de este año están siendo abundantes.

Nos han visitado, sin embargo, algunas granizadas con su estruendo destructor, pero afortunadamente no han sido tan terribles como otros años. La sabiduría popular dice que cuando cometemos alguna falta muy grave, cuando una comunidad o alguna persona realiza algún acto aberrante, la naturaleza nos castiga con su ira de granizo, para que todos sepan que hay algo que reparar, que hay un desequilibrio moral que restablecer. Lo cierto es que no han faltado granizadas, pero sus efectos no han sido tan desastrosos como en otras ocasiones. 

Es hermoso circular por los caminos de nuestro municipio, contemplando el paisaje vivo, brillante, vibrante. El verde colorea todos los rincones, cerros, quebradas. Los ríos muestran sus mejores gestos, una sonrisa plateada y mansa o un rostro enfurecido y turbio cuando la lluvia arremete en los cerros. Hierbas y arbustos, cactus y árboles, todos se suman a la fiesta veraniega y se visten de gala en esta multitonalidad de verdes.

En esta explosión de alegría es necesario volver la mirada a quien nos da la vida, a nuestra Pachamama que nos sustenta y cuida, a Tata Inti que nos protege y vivifica. Y a través de ellos a nuestro Tata Dios, quien mantiene el equilibrio de este delicado y maravilloso universo, quien atraviesa todos los seres y se manifiesta en todas las cosas, quien se nos revela en cada abrazo, en cada esfuerzo, en cada canto, en cada rostro.

El pueblo de la tierra sabe rogar y agradecer, celebrar y llorar, amar y sufrir. Hoy es momento de elevar los ojos al sol, de prolongar el corazón hasta el horizonte, de ofrecer lo mejor a la tierra y agradecer por el fruto del trabajo, por el alimento garantizado, por la vida compartida.

lunes, 16 de febrero de 2015

En los pies, la vida

Disfrazados de tierra
Heridos de esfuerzo
Engalanados de orgullo
Curtidos de espera
Quemados por la rabia
Bendecidos por el amor

Así son los pies de este pueblo
Así es la vida de mi gente

En cada paso, un llanto
En cada semilla, un sueño
En cada esfuerzo, un ruego
En cada fruto, un canto
En cada abrazo, un cielo
En cada muerte, un verso

Así son los pies de esta raza
Así es la vida del pueblo de la tierra

domingo, 1 de febrero de 2015

Reiniciando el camino

Un nuevo año escolar comienza. El internado que durante este tiempo de vacaciones parecía triste y abandonado, se llena de nuevo de gritos, carcajadas, música y correrías. Es emocionante ver el rostro de quien llega por primera vez. Una mezcla de miedo, desconfianza y curiosidad brota de su mirada ingenua y exploradora. En pocos días abandonarán los recelos y se sumergirán en la rutina del estudio, el juego y la convivencia con más de doscientos iguales.

Llegan con poco peso, en la mochila y en el cuerpo, con las manos y los pies llenos de horas y días de trabajo, llenos de tierra, de esfuerzos, de vida. Su piel, curtida por el sol del verano, refleja los paisajes ocres de nuestra tierra andina. Llegan con la ilusión del reencuentro con las amistades, a quienes sólo ven en este pequeño mundo del internado. Con ellas construirá sueños, enfrentará conflictos, alimentará confidencias y, sobre todo, crecerá como persona. Llegan con la expectativa de un nuevo curso escolar, de nuevos profesores y nuevas materias, con toda la carga de temores y prejuicios que los inunda por dentro. No es fácil sacar adelante los estudios en este ambiente de carencia, de falta de estímulo y de limitaciones económicas. Padres y madres saben lo importante que es el estudio para sus wawas, especialmente quienes no pudieron recorrer más que unos pocos años por la escuela de su tiempo. Sin embargo, todos comprendemos que la vida escolar, no digamos la universitaria, es como un viaje a otro planeta para la mayoría de nuestros pequeños campesinos y de nuestras niñas pastoras.

En plena temporada de lluvias, con la papa crecida y prometiendo copiosas cosechas, con el trigo recién sembrado y el choclo iniciando la floración, todo a nuestro alrededor tiene olor a vida. Aunque no siempre todo es bueno o beneficioso. En medio del calorcito del verano (tenue en estas alturas) y de las bienvenidas lluvias, de vez en cuando nos visita el granizo, con su amenazante estruendo y una luminosidad engañosa, bajo la cual acontece la tragedia en las chacras y los campos. Así es todo en esta vida, toda cara tiene su cruz, toda luz crea su sombra, todo parto provoca un inmenso dolor. Este pueblo sabio y humilde me ha enseñado que la verdadera sabiduría consiste en aceptar la ambigüedad de la realidad, hasta llegar a entender la lógica de este universo vivo y dinámico, que se reproduce en cada ser y en cada persona.

Un nuevo año escolar, una nueva familia de más de doscientos hijos e hijas, un nuevo desafío que enfrentar, con la certeza de que valdrá la pena si lo vivimos con el corazón en las manos y el amor en los labios.

domingo, 9 de noviembre de 2014

El ciclo de la vida

En medio de estas poderosas cumbres, cada ser, pequeño o grande, se percibe como un insignificante eslabón de una infinita corriente de vida. Y en el corazón de este flujo eterno de vida hay un pueblo que ha aprendido a leer los signos, a interpretar las claves y armonizar las voces de un universo hermano y de una tierra madre.

En ningún otro lugar, de los muchos que he recorrido en esta mediana vida, he podido descubrir con tanta claridad esa corriente de vida que lo atraviesa todo, poniéndolo en comunicación íntima y profunda, como un eterno ciclo, no cerrado sobre sí mismo, sino abierto a la sorpresa, a la improvisación, a la creatividad. Lo identificaría con una espiral tridimensional, formada por una infinidad de pequeñas espirales, todas ellas reproduciendo la figura materna, pero cada una de manera original y única. Un infinito movimiento circular abierto, en avance continuo, en construcción constante. Un ciclo de vida donde todo vuelve a su origen, todo se repite, pero nunca de la misma forma.

Vuelven las estaciones y con ellas las prácticas agrícolas, pero cada año es una sorpresa inesperada. Vuelve la vida en cada nacimiento, pero indescifrable en cada ser. Vuelve la muerte inevitable, pero en formas y efectos impredecibles. Vuelven las fiestas, con sus ceremonias y ritos, pero siempre en un presente nuevo y para un futuro solamente deseable. Vuelven los fenómenos cósmicos y atmosféricos, pero exigiendo interpretaciones actualizadas.

También en la vida personal el ciclo se impone. Las experiencias que me configuraron parecen volver una y otra vez, pero siempre con aromas nuevos, con nuevas voces, con formas diferentes. Hasta la salud, tan enraizada en la vida emocional y social, parece retomar constantemente los antiguos males cuando ya parecían superados. Las emociones que me edificaron continúan ahí plantadas, nunca desaparecen, nunca se superan, solamente van transformando los acordes en los que se expresan. Los conflictos van cambiando, pero sus raíces son siempre las mismas; solamente que cada nuevo conflicto bebe de una determinada raíz y no de otras. Arrancarlas, sería desgarrar mi más profunda identidad. Aceptarlas, un difícil pero necesario paso para la paz interna.

Hasta el trabajo obedece a este tirano y, al mismo tiempo, tolerante ciclo de la vida. Nuevos proyectos, creativas soluciones a antiguos problemas, deseos eternos y esfuerzos intensos para construir un ambiente más solidario, más pacífico y fraterno. Toda esa novedad no es sino una lectura actualizada de lo que la vida nos enseñó a lo largo de esta “espirálica” historia. Cambian los contextos y los lenguajes, pero no hacemos sino repetir, de forma creativa, lo que nuestros ancestros y nuestra gran maestra la naturaleza llevan milenios realizando.

Llegó el tiempo de la siembra, después de haber empujado con esfuerzo e ilusión el arado, después de haber preparado con caricias y oraciones el seno fértil de la Pachamama. Las lluvias nos han bendecido en estas semanas. Nuestros difuntos nos han visitado para transmitirnos la fuerza de la vida y la sabiduría de la muerte. El ciclo se completa, pero no es el mismo ciclo de ayer. Mañana será como siempre, un nuevo desafío al que nos enfrentaremos con el corazón abierto y los puños cerrados, aprendiendo del pasado, agradeciendo por esta vida que nos inunda, dejándonos llevar, de forma creativa, por esta corriente infinita de comunión, amor y eternidad.

viernes, 22 de agosto de 2014

Herederos de San José de Calasanz

En unos pocos días, nuestro colegio se vestirá de fiesta para conmemorar un aniversario más de San José de Calasanz, fundador de las Escuelas Pías, Patrono Universal de la Escuela Popular Cristiana y quien da nombre a nuestra Unidad Educativa. Y en estos momentos surgen en mi mente y en mi corazón (cuando consigo dedicar un tiempo para que se encuentren y dialoguen) dos sentimientos que pueden parecer contradictorios: orgullo y temor. 

El primero nace al recordar una historia apasionante de entrega a favor de la educación, especialmente de la infancia más pobre y olvidada. Son muchas personas, en diversos lugares del mundo, que día a día y durante muchos años, se han dedicado a los más pequeños y necesitados, siguiendo la intuición y audacia de nuestro fundador. Calasanz descubrió que la educación es, con palabras prestadas de Gabriel Celaya, “un arma cargada de futuro”. Mirando cara a cara la exclusión existente en la Roma de su tiempo (siglo XVI y XVII), Calasanz no se deja llevar por la inmediatez, sino que apuesta por un futuro más digno, más justo y en paz, especialmente para las víctimas de la miseria y de las violencias que surgen por su causa. La caridad asistencialista, tan predominante en aquel tiempo, dará paso en Calasanz a la educación transformadora y liberadora. Aquellos que la sociedad usa y elimina, serán para nuestro fundador los protagonistas de un futuro prometedor para todas la humanidad. Los excluidos, ignorados, explotados y descartados, serán para Calasanz semilla de un mundo mejor, en el que no existan más estas injusticias, en el que todas las personas puedan vivir con la dignidad de quien se sabe hijo/a de Dios, con libertad para elegir y construir la vida que quieran, con igualdad para que a nadie le falte lo básico, con confianza para esperar lo mejor de sí mismo, de los demás y de la vida.

Siento orgullo por ser continuador de una historia surgida en un corazón revolucionario, en una mente visionaria, en un espíritu rebelde y una voluntad inquebrantable. Calasanz me llena de orgullo por atreverse a soñar, por romper estereotipos, por transformar sus palabras y deseos en proyectos eficaces y coherentes, por enfrentar oposiciones y calumnias con paciencia y firmeza en sus convicciones. 

Sin embargo, el orgullo no viene solo. Junto a él, de la mano, llega caminando el temor. No me refiero al miedo, muchas veces paralizante o provocador de reacciones insensatas, viscerales. Hablo del temor como respeto o precaución por el exceso de responsabilidad que conlleva esta misión. Siento temor al descubrir la actualidad y urgencia de aquella intuición primera. Siento temor al saber que la historia me preguntará qué he hecho por este mundo como escolapio, como heredero de Calasanz. Siento temor al saber que la vida presente y futura de cientos de niños, niñas y adolescentes depende, en gran medida, de mi audacia, de mi entrega, de mis decisiones y de mis indecisiones. 

Muchas veces usamos palabras aprendidas, convertidas en tópicos institucionales, sin meditar en su significado profundo y, sobre todo, en sus consecuencias para nuestra vida personal y comunitaria. “Educar es liberar”, “educamos para transformar el mundo”, “educando transformamos vidas”… y tantas otras que expresan el corazón de la misión escolapia. Las repetimos, escribimos, publicamos, pero ¿realmente tienen su reflejo en nuestra práctica diaria, en el desempeño de nuestras responsabilidades en la misión escolapia? ¿Efectivamente es eso lo que promovemos con nuestras decisiones, actitudes y palabras? 

Siento temor al percibir cuánto nos falta y qué lento caminamos para llegar al horizonte soñado por Calasanz. Desconfío cada vez más de proclamas, manifiestos, propagandas y declaraciones institucionales que, después, no se traducen en decisiones, en opciones claras y atrevidas, en proyectos coherentes, en relaciones transparentes y sinceras.

Orgullo y temor, dos sentimientos que caminan de la mano al acercarnos a la fiesta de San José de Calasanz. Dos sentimientos que no me dejan acomodarme ni perderme en la búsqueda de un prestigio superficial y falso. Dos sentimientos que me obligan a estar alerta delante de las tentaciones narcisistas y egocéntricas que tanto daño están causando a la Iglesia en estos tiempos de incertidumbre y transformación. Dos sentimientos que me ayudan a permanecer fiel a pesar de las muchas infidelidades institucionales y personales, porque nuestra vocación escolapia tiene hondas raíces y un hermosísimo horizonte por delante.

martes, 5 de agosto de 2014

Día de la patria

Estamos ya en las vísperas del día de Bolivia, la gran fiesta de un pueblo que son muchos, de un estado creado artificialmente (como los son la mayoría, por no decir todos), de un país nacido en medio de invasiones, esclavitudes, rebeliones, ejecuciones, explotaciones, guerras, dictaduras... Un estado “plurinacional” (paradigma político pionero en el mundo entero) bautizado, alimentado y madurado con sangre.

El día de la patria es una bonita oportunidad para recordar una historia sufrida, para traer a la memoria las hazañas libertadoras de quienes se rebelaron contra la dominación extranjera, de renovar el espíritu libertario que transformó esta tierra oprimida y explotada en un estado soberano, dueño de su proprio destino, responsable de su presente y constructor de su proprio futuro.

Sin embargo hoy, la celebración de este día me lleva a otras reflexiones de carácter mundial, internacional, histórico. Hablar del día de la patria me provoca un sentimiento ambiguo. Por un lado, como decía anteriormente, surge la memoria agradecida de quienes dieron la vida por conquistar la libertad y la autodeterminación, desterrando de sus tierras al invasor, opresor y explotador. Por otro lado, mirando la historia de nuestra humanidad, surge un sentimiento de rebeldía contra el concepto mismo de “patria”. La historia de los pueblos y naciones de la tierra es una historia de sometimientos, de invasiones, de opresiones, explotaciones. Los más fuertes siempre subyugaron a los más débiles, los más evolucionados militarmente impusieron su raza sobre las demás, los más ricos exterminaron a sus rivales para no perder sus privilegios, los más poderosos transformaron sus costumbres (culturales, religiosas, económicas…) en la única verdad.

Fueron muchos los argumentos, banderas, causas y justificaciones que auspiciaron guerras, invasiones, exterminios, esclavitudes… pero desde hace tiempo un concepto se impuso a los demás: la patria. En su nombre se han sacrificado generaciones, se han aniquilado pueblos y culturas, se ha destrozado la naturaleza y se han manipulado las conciencias. Debo reconocerlo, la sola palabra patria me da miedo, me provoca rechazo, me predispone negativamente.

¿Cuál es la patria de tantos pueblos divididos por fronteras artificiales? ¿Qué puede significar la patria para quienes son explotados o marginados por sus propias autoridades? ¿Qué color tiene la patria para quienes nunca fueron reconocidos como pueblo? ¿Qué decir de patrias creadas por la fuerza bruta y que hoy siguen exterminando pueblos enteros para evitar que construyan su propia patria? ¿Qué es la patria para las minorías ignoradas o para las mayorías invadidas?

Me resisto a conmemorar la patria, sea cual sea. No me identifico con ninguna patria y por ninguna de ellas daría la vida. En mi ya mediana vida me he sentido vasco, español por obligación, me hice venezolano, brasileño, ahora boliviano y ¿mañana? Seguiré siendo del mundo, esa es mi patria, esas son mis fronteras, la humanidad toda es mi paisana. Sólo ella, la humanidad, merece el sacrificio de la propia vida. Únicamente ella y su derecho a vivir con dignidad, con justicia y en paz, merece que le entreguemos nuestros mejores talentos y esfuerzos. Solamente por la familia humana, pasada y futura, celebraré que un día, en un rincón de este maravilloso planeta, se desterró, al menos por un tiempo, la opresión…

miércoles, 23 de julio de 2014

Revolucionando la educación

Parecía un sueño, un proyecto ilusorio, distante, irreal. Sin embargo, hasta los sueños se hacen realidad cuando las voluntades se juntan y los esfuerzos se coordinan. 

El año pasado por estas fechas hablábamos de transformar Anzaldo en un referente nacional en materia educativa, organizando un Congreso Internacional de Educación en nuestro humilde, pequeño y desconocido pueblito. Soñábamos con un espacio de reflexión, para mostrar y compartir experiencias diversas, alternativas, algunas más locas, otras ya veteranas. Queríamos ofrecer unos días de aprendizaje, de diálogo, con la nueva ley de educación boliviana como desafío y con un horizonte claro: reinventar la educación.

Después de mucho trabajo, desvelos, alegrías y frustraciones, conseguimos realizar nuestro sueño. El nombre de Anzaldo aparecía en radio, prensa escrita, en la red… este pequeño y maravilloso pueblo se transformaba en unos días en un laboratorio de educación. Educadores/as venidos de diferentes lugares del país compartían con nosotros sus inquietudes, sus esperanzas, sus miedos y sus aprendizajes. Invitados/as llegados de nuestro país y de países vecinos para los diversos talleres y conferencias nos mostraban su trabajo, sus vivencias y luchas, sus sueños y desafíos en esta aventura apasionante de la educación. Todo ello en un ambiente de serena complicidad, de miradas brillantes y emocionadas, de sana y motivadora envidia, de diálogos sinceros y espontáneos. La excesiva formalidad, tan acostumbrada entre autoridades y profesores/as, cedió al trato amigable, cercano, respetuoso por el afecto y no por los títulos, confiado por la sintonía mutua y no por el protocolo. Y no podemos olvidar la contribución humilde, silenciosa, sonriente y cariñosa de toda la población anzaldina, en las calles, en la cocina (haciéndonos degustar en abundancia los mejores platos de nuestra región) o en los diversos servicios, para que todo estuviese listo en el momento oportuno.

Gracias a todo esto, conseguimos hacer de este Congreso un momento especial, con una expresión que, poco a poco, fue invadiendo el ambiente: necesitamos urgentemente “revolucionar la educación”. Como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, esas palabras comenzaban a dominar el verbo en las conferencias y talleres, en momentos formales y en diálogos informales, en presentaciones y en conclusiones. No se trata de reformar, adaptar, mejorar o afinar. El mundo actual está pasando por una transformación profunda y rápida, y desconocemos todavía cuál será el destino de este veloz viaje, pero sí que vamos detectando algunas pistas que nos deben ayudar en el camino. 

Está claro que este mundo necesita un cuidado integral, de hombres y mujeres que se sientan parte de todo lo que existe, en comunión armónica y recíproca con la naturaleza, con el tiempo y el espacio que nos toca disfrutar. Este cuidado integral, de todos/as y de todo, debe llevarnos a reinventar los modelos de vida, personales y sociales, superando la visión consumista de la vida, de la economía, de la política y de la educación. Vivir para vender y comprar, para especular y lucrar, para tener más, para agotar, es garantía solamente de una cosa: la extinción definitiva y rápida de la humanidad y de la vida en este hermoso planeta.

Somos herederos de una historia de guerras y luchas intestinas para controlar los recursos naturales, las vías comerciales o los territorios, imponiendo el pensar o el creer de un pueblo sobre los demás, dominando la vida y el trabajo de las otras personas en beneficio propio. Y después de tantos siglos de derramamiento de sangre inocente, el mundo que contemplamos hoy no ha cambiado en casi nada. Debemos garantizar unas relaciones interpersonales, sociales e internacionales basadas en la paz, el diálogo y la solidaridad, de lo contrario simplemente sucumbiremos con la explosión de la última bomba. No basta con la creación de organismos internacionales, normalmente viciados por los intereses de quien más tiene y más puede. No basta con tratados, acuerdos, etc. que solamente sirven para garantizar los privilegios de élites inter e intranacionales. No es posible continuar diseñando un mundo, y cada país por su parte, sacrificando generaciones completas, presentes y futuras. 

Vivimos en un mundo dominado por una cultura comercial cínica, criminal, cruel e insensible. El beneficio monetario inmediato es sagrado y en su nombre se sacrifican personas, pueblos, recursos, seres vivos, paisajes y hasta el futuro mismo. No concebimos que sea posible vivir sin ese afán de lucro, de ganancia desmedida, de acúmulo innecesario, de competencia salvaje. Cada persona tiene que encajar en el rompecabezas del mercado, no importa si para ello deba renunciar a sus mejores capacidades y sueños, a su talento único e, incluso, a su felicidad profunda. Como borregos compramos el modelo de la clase media, de la sociedad del bienestar, del individualismo consumista y depredador. Y así lo único que conseguimos es colocar nuestro granito de arena (o nuestra roca de granito) en la destrucción de nuestro planeta y de nuestra humanidad. Los pueblos, las sociedades, las comunidades, las familias, todas las personas sucumben delante de este modelo único. 

¡Un nuevo mundo es posible, necesario y urgente! Y solamente con una nueva educación será factible. Nuestras leyes de educación (exceptuando casos como el de Bolivia), nuestros proyectos educativos, nuestras escuelas en su organización y gestión, nuestro quehacer diario en el aula, nuestros ambientes físicos y humanos, no son sino garantía de continuidad. Consciente o inconscientemente seguimos inmersos en la cultura comercial, individualista, competitiva, depredadora y consumidora. Enseñamos (no me atrevo a decir “educamos”) para ello, preparamos para salir bien en la lucha por la supervivencia, para estar entre los primeros, para ser los mejores entre los iguales. Para ello eliminamos las peculiaridades personales, homogeneizamos los ritmos, los planes, las capacidades y los resultados exigidos. Estamos reproduciendo el mundo que tenemos, estamos acelerando este suicidio planetario.

La educación para un mundo diferente tiene que surgir de una verdadera revolución, removiendo los fondos existenciales del tiempo presente, avivando las tenues llamas del Espíritu en cada ser, sembrando en el corazón y en la convivencia diaria los valores que nos garanticen el futuro: la solidaridad, la justicia y la paz.

¡Revolucionemos la educación! ¡Reinventemos la escuela! ¡Quebremos los paradigmas que fundamentan este modelo único! ¡Atrevámonos a soñar y comencemos a realizar nuestros sueños!

miércoles, 16 de julio de 2014

Se acerca la fiesta

Hace unos días comenzaron a retumbar los primeros cohetes en el, normalmente, tranquilo y silencioso ambiente anzaldino. Su estruendo anuncia algo que todos conocen y esperan, con la ansiedad del cumpleañero al abrir su regalo. ¡La chicha está saliendo! En estas fechas cada casa se transforma en una fábrica de chicha, elaborada con cariño, con cuidado, con la sabiduría ancestral transmitida en cada familia, con la responsabilidad heredada de ofrecer la mejor chicha posible a amistades y visitantes.

En una semana las calles de Anzaldo se llenarán de gente, de vecinos del municipio y de extraños venidos de lejos, de anzaldinos residentes en otras ciudades y de personas devotas de Tata Santiago. En los días de la fiesta, Anzaldo se transforma en un pequeño zoológico humano. Todos los colores, todos los sombreros, todas las polleras, todos los peinados… Existen otras fiestas igualmente importantes o incluso más que la fiesta patronal, como los carnavales, el día de difuntos, etc. Sin embargo, Tata Santiago tiene un poder de atracción único. El Señor de las tormentas y poderoso protector del pueblo, congrega en estos días chunchus y diabladas, morenadas y caporales, tinkus y salays, con sus mejores galas y sus pasos milimétricamente ensayados, con sus bandas animando las diversas danzas y con la chicha bañando la Pachamama que los recibe y bendice.

Los excesos y despilfarros son parte inherente a la fiesta. Es necesario botar la casa por la ventana para que la fiesta sea grande y, así, poder retornar a la vida cotidiana con energía suficiente para completar el año.

Estamos todavía en los días de preparativos y ensayos. Los cohetes saludan a la chicha recién nacida. La música ya invade algunas casas y calles, donde las diversas fraternidades anzaldinas preparan sus danzas en homenaje a Tata Santiago. Las calles se han ido asfaltando, cumpliéndose así la promesa de la Alcaldía. El pueblo está cada vez más bonito y las familias más ansiosas. Tata Santiago lustra ya sus botas camperas y se adornan las crines de su blanco corcel. La fiesta grande se acerca y todo se transforma.

¿Y si consiguiésemos hacer de la vida una fiesta permanente? ¿Por qué no podemos vivir, trabajar, relacionarnos, jugar, amar cada día como si fuese un día de fiesta? ¿Por qué restringir a unos pocos días lo que tan bien nos hace: la carcajada, la fantasía, la generosidad, la danza, la oración devota y el abrazo fraterno?

Que Tata Santiago nos ayude a construir, en la gris rutina de cada día, una profunda y compartida felicidad, para que el pueblo de la tierra conquiste para siempre la alegría que no se borra, la justicia que no se extingue y la paz floreciendo en cada gesto.

jueves, 3 de julio de 2014

Enfrentando nuevos desafíos

Ni modo, nos encanta enfrentar desafíos. Creo que está en nuestra sangre escolapia, como bien nos recordaba en estos días nuestro Superior General, la audacia y la persistencia. Con ambas actitudes inscritas en nuestro código genético, no puedo imaginarme tranquilo en la monotonía, satisfecho en la rutina repetitiva, ni orgulloso de la estabilidad conquistada. Me quema por dentro, como a un viejo aventurero, el llamado de los nuevos horizontes, de las nuevas jornadas de marcha, sin saber qué paisajes encontraré y sin importar los esfuerzos que deberé realizar. 

Vivimos en un mundo en transformación, veloz y descontrolada, y muchas veces me pregunto si no será moda ese deseo irrefrenable de cambiar, de innovar, de transformar lo que somos y hacemos. Puede que sea moda o, simplemente, un dejarse llevar por la corriente dominante, sin embargo estoy convencido de que sólo desde esa dinámica podremos responder a los desafíos de este mundo, sin quedarnos relegados al pasado, congelados en un mundo imaginado que ya fue y no será más. 

Desde este pueblito pequeño, rural, pobre se observa el mundo como desde lejos, como el espectador de una carrera automovilística, viendo como cada acontecimiento se acerca y pasa, sin él darse cuenta, sin tomar conciencia, sin reparar en los detalles. La vida de ese espectador, por el contrario, es pausada, tranquila, monótona, sin acelerones ni virajes arriesgados. Instalado en su querida tierra deja que el mundo corra, vuele, se revuelque y se accidente, triunfe y celebre, como si nada de eso fuera con él. 

Esta actitud de vida tiene sus luces y sus sombras. Por un lado la vida es más saludable, sin los apretones del estrés de la vida moderna. Por otro lado, queda la sensación de estar siendo dejado de lado, de haber sido olvidado por el resto del mundo, de no ser tomado en cuenta. Ser ignorado es actualmente sinónimo de ser marginado. 

No me interesa la publicidad, ni la fama, ni el prestigio. En la tierra anónima del pueblo se vive mejor, lejos de las luchas crueles de vanidades, celos y orgullos narcisistas. Sin embargo, creo que ha llegado la hora de darle la vuelta al espectáculo, dejar de ser espectador y mostrar al mundo que este pueblo humilde, esta tierra desconocida, estos paisajes agrestes tienen voz y quieren vez en el futuro que entre todos/as construimos. No queremos ser más espectadores en un mundo dominado por intereses egoístas y manos manipuladoras. Queremos encontrar nuestro lugar y correr nuestra propia carrera, a nuestro ritmo, con nuestros valores, con nuestra gente. 

Como educadores/as tenemos la apasionante responsabilidad de recrear el mundo, en cada persona, en cada relación, en cada vida cuidada y acompañada. Tenemos la obligación de mirar siempre más allá de lo que somos y hacemos, insatisfechos y críticos. Sólo así podremos crecer, respondiendo a los desafíos del presente, diseñando un futuro mejor para todos/as, cuidando hasta que florezca la semilla existente en cada corazón. 

Quien tema los nuevos desafíos y renuncie a reinventar las prácticas y los hábitos, quien no quiera “perder” tiempo soñando y sembrando esos sueños, creo que no vale para la educación. Quien se sienta feliz en el silencio impuesto y en la disciplina despersonalizadora, quien busque uniformizar las almas y los deseos, queriendo transformar la escuela en cementerio o en cuartel o en fábrica, que abandone por favor los ambientes escolares y busque su espacio natural, porque ciertamente la educación no lo es. 

Quienes se sientan y deseen crecer cada día como educadores/as, no pueden perder una sola oportunidad para plantearse nuevos retos e iniciar nuevas aventuras. No por moda o esnobismo, sino por fidelidad vocacional de quien ha decidido dedicar su vida a cuidar de las otras y construir con ellas un mundo más humano y fraterno. 

Nosotros, mientras tanto, seguiremos enfrentado cada día un nuevo desafío, ni modo.

sábado, 14 de junio de 2014

El frío del sur nos visita

Un viejo amigo ha vuelto a casa y se ha instalado entre nosotros. Se trata del invernal frío quien, poco a poco, ha ido espantando las suaves temperaturas, adueñándose sin misericordia de amaneceres, atardeceres y noches. Empujado por los vientos del sur, arrastrándose por las cimas nevadas, acariciando las heladas rocas andinas, el frío va llegando, lentamente, sin pausa. Y el paisaje se va transformando en una metamorfosis cíclica y necesaria. El verde veraniego, los campos floridos, la exuberancia vegetal van cediendo frente al empuje del ocre, desnudando troncos y ramas, descubriendo piedras y campos, sacando a la superficie los fondos de los ríos que, como venas abiertas y secas, atraviesan los campos con el agua sólo en la memoria.

El invierno nos va dominando, paralizando, arrugando, obligándonos a ocultar nuestra vida abajo de chompas, ch’ullu, ponchos, mantas y chalinas. La natural timidez andina se refuerza en estas fechas con las sucesivas capas de lana, en la tenaz tentativa de alejar el frío. 

El viento sur transforma climas, cambia paisajes, altera ritmos de vida, adorna de blanco las montañas, amenaza especies y cultivos, azota pueblos. En estas alturas australes se percibe el poder del viento sur con toda su crudeza y pasión. 

Y mientras me arropo y abrigo, animado con el pijcho de coca, comienzo a divagar sobre estos fenómenos. Hace mucho tiempo que todas las verdades, todos los saberes y todas las leyes nos han ido llegando del norte de este mundo asimétrico. Culturas, ejércitos, religiones, paradigmas… todo lo que se consideraba válido, moderno, civilizado, provenía del norte. Nada de lo que forma parte de la vida humana en el sur se juzgaba respetable. Todo en el sur debía ser superado, modernizado, purificado, en definitiva, occidentalizado.

Ahora, sintiendo el frío sur en mi rostro, pienso: ¿No habrá llegado ya el tiempo en que el sur del mundo (y también el sur del norte) como frío vendaval se levante, azote y haga temblar a esta humanidad adormecida? ¿Hasta cuándo habrá que seguir aguantando tanta humillación, desprecio y olvido, por parte de quienes siempre se creyeron el ombligo del mundo? 

En este Sur geográfico, sociológico y humano, está surgiendo un nuevo horizonte, comunitario, solidario, digno, universal, superando los modelos únicos generadores de exclusión, de miseria, de muerte. En este Sur ignorado hay un pueblo que sueña con una vida digna y ecológica. Un pueblo que trabaja y produce para vivir, no como esos otros que viven para trabajar y poder consumir lo que innecesariamente se produce. En este Sur explotado hay una esperanza sembrada en cada hijo/a, muchas veces reventada a golpes machistas, pero siempre creciendo en medio de la carencia. 

En este Sur subversivo hay un frío que lo invade todo, invitándonos al rebujo hogareño, compartiendo la sagrada coca, soñado con nuevos amaneceres y desde la cálida sencillez campesina, agradecer por cada fruto obtenido y rogar por cada semilla depositada con esfuerzo en el seno de la Pachamama. 

El frío del sur nos visita pero no nos vence. Hoy más que nunca, el chicote invernal nos espolea para que mantengamos viva la esperanza, reafirmando nuestras convicciones y construyendo con orgullo nuestro futuro.

jueves, 22 de mayo de 2014

Los dorados campos otoñales

 El sol ha estampado su rostro en el paisaje anzaldino. Cuando el verde comienza a perder su hegemonía, cediendo terreno frente al ocre invernal, los campos de trigo alcanzan su apogeo, engalanando el paisaje andino, mostrando en el esplendor de su brillo el cálido rostro de Tata Inti (Padre Sol).

Pasó ya la cosecha de la papa, el maíz también sucumbe al golpe de la mano campesina, surtiendo de choclo las despensas familiares y ofreciendo sus cañas para sustentar el ganado en la escasez invernal. Tunas, arvejas, habas, todas ya abandonaron sus plantas madres, recompensando el esfuerzo de quien sembró esperanzado. Ahora es el tiempo del trigo, alimento típico y básico del pueblo anzaldino. Las cargadas espigas se elevan vanidosas sobre hierbas y arbustos, dejándose mecer por el cada vez más frío viento. En su danza colectiva, se acuestan y levantan, se balancean y encrespan, se abrazan y empujan, un pequeño mar áureo agitándose armoniosamente en medio del polvo y las piedras.

Sin embargo, su presente dorado tiene los días contados. La mano que sembró y cuidó se prepara ya para la siega. Las hoces comienzan a despertar del letargo, afilando sus dientes para la dura jornada que se aproxima. Su esplendor es efímero, sus días de grandeza pasajeros, pero suficientes para alegrar la vista del viajero. 

El trigo es un maravilloso aliado del pueblo de la tierra. No es exigente con el suelo ni con el clima, no precisa de grandes cuidados, sabe retribuir con abundancia los esfuerzos invertidos. Humilde en su opulenta apariencia, se ofrece por entero en cada espiga, en cada grano. Y aunque la cosecha es dura, la recompensa siempre vale la pena. 

En esta ocasión no consigo asemejar el trigo a nuestra misión educativa, más bien al contrario. En la educación son necesarios los esfuerzos, los cuidados, prestando atención a cada detalle, al suelo en el que se educa, al clima que se crea, al cariño y la exigencia, al riego constante y a la vigilia protectora. Los escasos brillos que a veces se producen, no deben cegar los ojos educadores, pues es en la sombra y en la monotonía donde los corazones se transforman y los afectos se cimientan. Y si la expectativa es recoger una copiosa cosecha, recompensando desvelos y cansancios, la frustración será grande y el fracaso cierto. Quien se deja, cada día, la piel educando sabe que no existen cosechas, ni frutos, ni espigas, ni dorados galardones. La educación se alimenta a sí misma con cada encuentro, cada sonrisa, cada conflicto superado, cada conquista realizada, cada fracaso analizado, cada sueño vislumbrado. En educación se debe enfrentar la tentación de quedar fascinado por el brillo de la masa, por la danza uniforme de uniformados anónimos, por el dorado resplandor de la homogeneidad sincronizada. Para el educador de corazón, cada ser es único, cada espiga es un mundo, cada grano un misterio. ¡Que cada ser construya su propia danza, inspirado por lo que el corazón le dicta, sin entorpecer la danza de los otros, sin aprovecharse del esfuerzo ajeno, contribuyendo de forma única al tesoro de la complejidad, respetando la diferencia y procurando la armonía plural y diversa!

Los campos de trigo resplandecen en el horizonte, pero su pompa se extinguirá rápidamente. Mientras tanto, en la opaca y desapercibida cotidianidad, continuaremos educando, alimentando sueños, alentando esfuerzos, despertando conciencias, transformando vidas. 

El sol grabó su rostro en el paisaje anzaldino, temporalmente. Su fuego, sin embargo, lo sembró para siempre en el corazón humano.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Educando a todo vapor

Este año está siendo frenético. Infinidad de proyectos nuevos y ambiciosos. Una ley de educación en pleno proceso de implantación. Una serie de propuestas pedagógicas innovadoras. Un colegio semiderruido aguardando ansioso la nueva construcción. Un grupo significativo de nuevos/as educadores, joven e ilusionado. Una comunidad escolapia pequeña pero con una vida intensa compartida y disfrutada. Más internos/as que nunca, formando una familia llena de vida y, como no, también de conflictos que resolver y de necesidades que atender. Un grupo de educadores/as voluntarios/as en el internado colaborando, acompañando, compartiendo nuestros sueños y trabajos. Demasiadas cosas que terminaron por alejar, definitivamente, la tranquilidad…

Y en medio de este ritmo acelerado, la agradable sensación de estar reinventando la educación. En este mundo en permanente y acelerada transformación, la escuela debería ser la institución más innovadora, viviendo en constante evolución, inventando y reajustando constantemente sus propuestas y actividades, reflexionando de forma crítica y creativa su papel en el mundo actual y sus ofertas concretas para estudiantes y familias. El mundo se transforma aceleradamente y la escuela, sin embargo, se arrastra pesada, lenta, como un dinosaurio a punto de expirar. Es imposible que una escuela esclerotizada pueda ser agente de transformación de las personas y de la sociedad. 

Cada modelo educativo existente tiene sus fundamentos antropológicos, filosóficos, sociales, económicos, etc. Al mismo tiempo, cada uno tiene sus objetivos, sus resultados esperados, sus consecuencias. Sería ingenuo (o idiota) pensar que, juntando palitos de fósforos podremos construir una casa para habitar en ella. Sin embargo, una y otra vez, hacemos eso en el campo de la educación. Usamos términos y escribimos documentos con bonitas intenciones y mejores formulaciones, pero la práctica cotidiana continúa siendo la misma de siempre o, en el peor de los casos, radicalmente contraria a la teoría utilizada. Hablamos de educación "holística", ahora está de moda, pero ¿sabemos realmente lo que eso significa? Nuestras disciplinas académicas continúan siendo áreas independientes, cerradas sobre sí mismas, desconectadas de la vida, abstractas y nada significativas para el sentir y el pensar de los/as estudiantes. Usamos el término “integral” para definir nuestra propuesta educativa, pero a la hora de la verdad, lo que realmente nos interesa es el desempeño individual en pruebas estandarizadas, para las cuales se debe entrenar y dominar la técnica de la prueba, vomitando una serie de contenidos intelectuales engullidos anteriormente, sin reflexión, sin crítica, sin elaboración propia. Poco nos interesa el afecto, los significados que cada persona va dando a lo que vive, sus sueños, sus miedos… Nada de eso es importante para acceder a la universidad, para convertirse en un profesional, para garantizar el futuro (solamente desde el punto de vista laboral y económico, como si sólo en eso consistiese la vida). Repetimos expresiones sin contenido, como la tan bonita “educación personalizada”, pero nuestra práctica reduce las personas a números, a resultados cuantitativos, a comparaciones y clasificaciones unidireccionales (porque sólo tienen en cuenta un único criterio para evaluar a personas diferentes, multifacéticas, con capacidades diversas, con destrezas únicas). 

Al final, los rankings de “calidad educativa” son más importantes que la calidad y calidez de nuestras relaciones, de nuestras valoraciones de cada persona, del respeto y cuidado a lo que es propio de cada ser. Enseñamos a repetir, a competir, a examinar, a conquistar notas, pero nos olvidamos de enseñar a pensar, a aprender, a crear, a relacionarse con afecto y efecto humanizador, a quererse y cuidarse mutuamente, a sentir compasión y a ser solidarios. ¿Qué calidad estamos buscando? Desgraciadamente nos interesa más lo que los/as estudiantes dejan a la escuela (sus puntuaciones en pruebas comparativas con otras escuelas), que lo que nosotros dejamos en la vida de cada estudiante. Los/as alumnos/as dejaron de ser un fin en si mismo para convertirse en un medio a servicio del nombre, la fama, el éxito de la institución educativa.

“Holístico” significa, entre otras cosas, que no hay nada más sagrado ni más valioso que la conciencia y el corazón de cada persona, porque desde ahí nos conectamos con todo lo que existe, encontrando nuestro lugar propio, desde donde mejor podremos contribuir con la Vida de todo y de todos/as. “Integral” significa que afectamos todo, todas las dimensiones de la persona, sabiendo que el verdadero motor existencial es el “sentipensar” armónico, coherente, unificado. “Personalizado” significa que cada ser es único, con un mundo por explorar y un tesoro por descubrir, y por eso la educación se adapta a las necesidades, capacidades, posibilidades y potencialidades de cada ser. Y, por último, “educación transformadora” significa que por medio de la educación estamos transformando el presente, a través de la vida de quienes hoy ya son alguien, haciéndoles experimentar los valores, las actitudes y las relaciones que queremos sean la brújula de nuestra sociedad presente y futura. No transformaremos nada ni nadie haciendo lo que todos hacen, repitiendo modelos comprobadamente fracasados (porque sólo sirven para aumentar las diferencias, las distancias entre personas y pueblos, la exclusión y la violencia).

Podemos seguir usando esos términos y otros parecidos en nuestros documentos y discursos, pero no nos engañemos. Preguntémonos y respondamos con crítica sinceridad: ¿Qué propuestas nuevas hemos implantado en nuestras instituciones educativas y hacia dónde van orientadas, hacia un mayor protagonismo de los/as estudiantes, una mayor creatividad, una creciente autonomía en su proceso de crecimiento personal, unas relaciones más solidarias y fraternas, o hacia un camino radicalmente opuesto? ¿A qué damos más importancia, a la imagen pública de nuestra institución en la dura competencia comercial de los rankings de educación, o la felicidad de quienes conforman nuestra comunidad educativa; al recto y estricto cumplimiento de funciones y normativas cosificadoras o al amor real en cada encuentro, en cada reunión, en cada sonrisa de buenos días?

El ritmo frenético de este año en nuestra misión escolapia en Anzaldo me ha hecho desvariar, llevándome por caminos inesperados y por reflexiones imprevistas. Sin embargo, todas ellas habitan en mi corazón desde hace mucho tiempo, gestándose y fortaleciéndose a partir de las experiencias vividas en esta vocación y profesión educadora. Hoy, finalmente, brotaron espontánea y apasionadamente. 

¡Que no se detenga este ritmo frenético de inventar, crear y recrear, probar y corregir, analizar y responder, para que nuestra propuesta educativa no sea una más entre muchas iguales, sin novedad, sin alternativa, sin futuro! ¡Ay del día en que sienta que trabajar en un colegio es sólo repetir acciones, cumplir metas y elevar resultados de pruebas! Ese día habré matado el corazón de la educación.